España vaciada: el eco de los pueblos que murieron en silencio

    17 abr 2026 / 08:48 H.
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    En la Sierra de Segura, donde el silencio no es vacío sino memoria, el tiempo parece haberse detenido... pero no por elección, sino por abandono. Hubo un tiempo en que sus calles respiraban vida. Las puertas permanecían abiertas, no por descuido, sino por confianza. Las risas de los niños corrían más rápido que el viento entre las montañas, y cada amanecer traía consigo el sonido de los rebaños, el olor a leña y el murmullo de una tierra que latía con fuerza. Allí, en cada rincón, había una historia; en cada piedra, un recuerdo; en cada mirada, un futuro. Hoy, ese futuro se ha ido apagando. Las casas, antes cálidas, se enfrían en soledad. Las ventanas, que un día miraron al mundo con orgullo, ahora observan en silencio cómo la vida se aleja. Los caminos, que tantas veces fueron recorridos por generaciones enteras, se cubren de olvido. Y en medio de todo, queda un eco... un eco que no grita, pero duele.

    Duele ver cómo se marchan los jóvenes con la maleta llena de sueños y el corazón dividido. Duele escuchar a los mayores hablar de lo que fue, con una mezcla de orgullo y tristeza, sabiendo que tal vez no habrá quien continúe lo que ellos comenzaron. Duele, sobre todo, ese instante en el que una madre o un abuelo se queda mirando cómo desaparece por la curva del camino el coche que se lleva a su gente, a su sangre, a su razón de quedarse.

    La despoblación no es solo un fenómeno. Es una herida abierta. Es el silencio en la plaza donde antes había fiestas. Es la escuela cerrada, con los pupitres esperando a niños que no volverán. Es el campo sin manos que lo cuiden, la tierra fértil que ya no escucha canciones ni pasos. Es la pérdida de identidad, de raíces, de historia viva. Pero incluso en ese dolor... hay algo que resiste.

    Resiste la tierra, que sigue siendo generosa. Resisten los que se quedan, los valientes que cada día encienden la luz de sus casas como quien enciende una llama contra la oscuridad. Resisten los recuerdos, que no se dejan borrar. Y resiste, sobre todo, una verdad profunda: que estos lugares no están vacíos... están llenos de todo lo que fuimos y de todo lo que aún podríamos ser. Porque la Sierra de Segura no pide lástima. Pide oportunidad. Pide que volvamos a mirar hacia ella no como un lugar perdido, sino como un lugar por redescubrir. Pide manos que trabajen su tierra, mentes que imaginen su futuro, corazones que decidan quedarse o regresar. Pide que entendamos que en cada pueblo que se apaga, se apaga también una parte de nosotros. Y quizás, solo quizás, la verdadera pregunta no es por qué se vacían estos lugares... sino por qué hemos permitido que se vacíen. Aún estamos a tiempo. Aún hay caminos que pueden volver a llenarse de pasos. Aún hay casas que pueden volver a encenderse. Aún hay historias que esperan ser contadas, vividas, continuadas.

    Porque mientras quede alguien que recuerde, alguien que ame, alguien que crea... la Sierra de Segura no estará perdida. Solo estará esperando. Aún estamos a tiempo... dicen. Pero esa frase, repetida tantas veces, empieza a sonar como una despedida disfrazada de esperanza. Porque la verdad —la que nadie quiere decir en voz alta— es que hay pueblos de la Sierra de Segura que ya no esperan. Ya no sueñan. Ya no resisten. Simplemente... se están apagando. Uno a uno. Sin ruido. Sin titulares. Sin despedidas dignas. Se apagan las luces de las casas como se apaga un corazón cansado.

    Se cierran puertas que ya nadie volverá a abrir. Se borran nombres de buzones, se olvidan apellidos, se desvanecen historias que nadie escribió porque pensaban que siempre habría alguien para recordarlas. Y no lo hay. ¿Quién contará cómo olía el pan recién hecho al amanecer? ¿Quién sabrá los nombres de los caminos, de las fuentes, de los árboles viejos? ¿Quién recordará las voces de quienes lo dieron todo por un lugar que ahora... ya no tiene a quién dárselo?

    La despoblación no mata de golpe. Mata despacio. Con una crueldad silenciosa. Arranca primero a los jóvenes, luego las risas, después la vida... y al final, hasta la memoria. Y cuando la memoria muere, no queda nada. Ni siquiera tristeza. Solo vacío. Un vacío tan hondo que ni el eco se atreve a regresar. Y entonces, un día, sin que nadie lo anuncie, sin que nadie lo llore como merece... ese pueblo deja de existir. No en los mapas, no en los papeles, sino en lo único que realmente importa: en el alma de la gente. Y lo más doloroso no es que ocurra. Lo más doloroso... es que nos estamos acostumbrando. Nos estamos acostumbrando a perderlo todo sin luchar, a mirar hacia otro lado, a aceptar que hay lugares condenados al olvido. Como si fueran menos. Como si no importaran. Como si nunca hubieran sido el hogar de alguien. Pero lo fueron. Fueron todo. Y ahora... no son nada. Ese es el verdadero final si no hacemos nada: no habrá lágrimas suficientes, porque ya no quedará nadie para llorar.

    JUANFER RUIZ LÓPEZ / Jaén

    Noventa años sin república

    En tan gran como explicable silencio ha pasado el aniversario de derrota política y victoria genocida de monárquicos contra republicanos, totalitarios contra demócratas, ricos contra pobres y fanáticos religiosos contra los demás. Porque todavía tenemos una España en la que reina una monarquía francesa, eliminada allí hace siglos, a unos cada vez más ricos que los más pobres y todos, incluso los de la ya mayoría no católica, pagaremos pronto la visita de un papa que, apenas elegido, aún ha declarado “santos” a otros “mártires de la Cruzada”.

    MARTÍN SAGRERA CAPDEVILA / Madrid

    Baeza y la Guardia Civil

    Hace unas semanas conocimos, a través de esta rotativa, la noticia de que la Academia de Guardias de la Guardia Civil en Baeza acogerá el próximo curso a 3.240 alumnos para su formación. La ciudad baezana, Patrimonio de la Humanidad, sigue siendo todo un referente en la preparación formativa de los futuros guardias. La oferta de empleo público convocada por el Ministerio del Interior vuelve a batir récords. Ya el año pasado se alcanzaron máximos históricos con 3.118 plazas. Sin lugar a dudas, es una estupenda noticia para la economía y el dinamismo local y, por supuesto, para el resto de la provincia de Jaén. Por ello, es fundamental que el Gobierno de España continúe apostando por Baeza y, cómo no, que siga incrementando los efectivos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en todo el territorio nacional. Hoy más que nunca, la ciudadanía reclama un mayor refuerzo en la seguridad de nuestros pueblos y ciudades. Ojalá algún día vuelvan a abrir las casas cuartel de las zonas rurales jiennenses. El desmantelamiento o cierre de estas instalaciones desde los años noventa ha ido claramente en detrimento de la tranquilidad de los vecinos de la Jaén vaciada.

    JUAN LIÉBANA / JaéN

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