El abismo de la indiferencia pulveriza todos los avances de la humanidad

    11 abr 2026 / 09:34 H.
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    La sociedad contemporánea debe ahondar sobre el sentido de su savia, a través de la acción solidaria de servicio, adquiriendo una conciencia cada día más dispuesta de los derechos inviolables y universales del nacido. Restablecer relaciones mutuas más justas y adecuadas a nuestra propia decencia, es un buen auxilio. Por desgracia, muchos seres humanos viven en un desapego total, entre lo que piensan, lo que saben y lo que sienten. La pasividad suele empedrarnos el corazón, viviendo en una inacción egoísta, a pesar de estar bien informados, pero rehuyendo la realidad de los demás. La compasión es lo opuesto a esta atmósfera indiferente, que nos deja sin sentimientos; y, lo que es peor, sin energía para luchar contra el descarte y el despilfarro.

    En efecto, hoy más que nunca, atormenta pensar en cuánta gente se aleja sin clemencia alguna de ancianos, niños, trabajadores, discapacitados...; además, por si esto fuera poco, resulta escandaloso el derroche de las cosas. Más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la desgana ante las situaciones críticas, exijamos opciones políticas que enlacen el progreso con la equidad, el desarrollo con la sostenibilidad inclusiva, de manera que nadie se vea privado del buen aire que le alienta¸ del agua que tiene derecho a llevarse a los labios del alma o de los alimentos con los que tiene la obligación de disfrutar. Nos urge, por tanto, activar una cultura que fomente el culto a la cercanía. El calor de hogar hemos de universalizarlo, si en verdad queremos fraternizarnos, y sentirnos entre sí como familia.

    Por ello, no sólo las personas estamos llamados a hacer gestos concretos con los habitantes más frágiles, también los Estados y sus diversas instituciones, con sus gobiernos al frente, hemos de trabajar unidos para proteger la dignidad, la justicia, la igualdad y los derechos de toda la ciudadanía. Con voluntad política y espíritu fraterno debemos hacer presente las aspiraciones de la Declaración Universal para todos los sujetos, sin distinción, exclusión, restricción o preferencia por motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico. Desde luego, para plasmar una sociedad más humana y digna, es necesario asimismo revalorizar el auténtico amor en la memoria social, haciéndolo norma constante y suprema de la acción.

    El amor y el no a la guerra ha de ser rotundo. Esto debe reanimarnos el afecto, amando todos los ámbitos de la vida, extendiéndose igualmente al orden internacional. Únicamente, una humanidad en la que reine la entrega generosa, podrá gozar de una paz auténtica y duradera. En este sentido, el espíritu cooperante y colaborador, debe ser nuestro lenguaje como sujetos donantes y pensantes, que es lo que garantiza el desarrollo integral de cualquiera y su aire solidario hacia el bien colectivo, estampándonos serenidad. Sin sentimientos nos deshumanizamos totalmente, no sólo siendo indiferentes al sufrimiento de los otros, también seremos incapaces de acoger el nuestro. De ahí, la importancia, de querernos y de querer a los demás, para buscar el camino de la concordia.

    Estar desolados, como hoy nos sucede a la mayoría de los moradores, nos impide crecer y avanzar. La conducta dispuesta, que todo lo comparte y lo parte, es una relación innata viviente que nos vivifica y entusiasma. Frente a las dificultades, por consiguiente, nunca desanimarse, sino afrontar la prueba con decisión, escuchándonos más y mejor internamente. Salgamos, pues, del estado de inapetencia, que nos abate, siempre. Por otra parte, no es de justicia, sembrar odio y venganza con una retórica incendiaria. No olvidemos que somos una civilización de amor, no de poder y dominación, que se destruye a sí misma, sin decoro alguno. Además, tampoco dejemos que desfallezca el nombre humanitario, tendiendo la mano y extendiendo el camino del diálogo y la diplomacia perpetuamente.

    VÍCTOR CORCOBA HERRERO

    ETA: el refugio de los mediocres

    Las derechas son incapaces de hacer política sin invocar a ETA. No por memoria, sino por insolvencia. Catorce años después de su derrota a manos de los demócratas, siguen desenterrando su sombra con una insistencia obscena. No es justicia; es necrofagia política. Utilizar a la banda como comodín delata un discurso vacío. Cuando falta un proyecto de futuro y el programa se limita a proteger privilegios, se azuza el miedo y se llena el aire de insultos para ocultar carestía de ideas. Convertir el dolor en un eterno presente no es pedagogía; es manipulación emocional y una ofensa a las víctimas.

    El ciclo de la Comunidad de Madrid —“ETA es presente”— es el máximo exponente de esta irresponsabilidad. No buscan que los jóvenes universitarios aprendan historia, sino imponer un relato conveniente. Quien resucita a una banda muerta para ganar un debate demuestra que no tiene nada que ofrecer a los vivos. Basta de mercadear con las cenizas. Superar el terrorismo exige rigor democrático, no una dependencia enfermiza.

    MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON / MADRID

    De treinta monedas a un millón

    No hay duda que, catalán y todo, me equivoqué. Licenciado en teología, tengo la foto de un papa lavándome los pies; pero siempre laico y doctorado después en filosofía en París con mi libro “Mitos y sociedad”, compruebo que costará un millón dar la mano al nuevo papa yanqui (besarlo, por lo de Judas, no). ¡Y después dirán que el catolicismo no progresa!

    MARTÍN SAGRERA CAPDEVILA / MADRID

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