Y sigue lloviendo

    31 ene 2026 / 09:31 H.
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    En una tierra tan seca como la jiennense, plantada de olivos resistentes a la sequía, vivimos unos días extraños. El agua corre por las calles de nuestros pueblos, forma charcos enormes en el campo, incluso inunda algunos terrenos. Miramos las predicciones para los próximos días y tenemos que frotarnos los ojos para asegurarnos de que no estamos en Galicia. Los ríos crecen, los pantanos se llenan, los acuíferos rebosan y la vida asoma tejiendo un tapiz verde sobre la tierra y las rocas. No se habla de otra cosa, con la vecina de enfrente, con la compañera de trabajo o el frutero. Da igual si apenas conocemos a nuestro interlocutor porque este diluvio capta la atención de todo el mundo y, en cierta forma, nos une. En cambio, nuestro ánimo se desploma, nos sentimos tristes, subimos las persianas y miramos a lo lejos, como si pretendiéramos atisbar un rayo de sol en la distancia, pero solo encontramos nubes agitadas por un viento que no cesa, y que ya nos ha dado muestras de su violencia, arrancado de cuajo numerosos árboles y arrastrando contenedores. No quisiera decir esto, pero hay días que echo de menos al anticiclón de Las Azores, ese que, cuando había sequía, se instalaba a sus anchas en nuestra piel de toro.

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