Y llovió arroz...

03 may 2026 / 08:40 H.
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Como bien decía el romance: “Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando los enamorados van a servir al amor”. Cierto. Fue por mayo, mañana, aquel sábado 3 de mayo de 1986, cuando el cielo pareció abrirse y, entre vítores de cariño emocionado, llovió arroz sobre aquella pareja que salía, nerviosa, de la iglesia de San Félix y que, misteriosamente, veía el Gran Eje y, en general todo lo que se ponía frente a ellos, con un halo que, mirando hacia atrás, se diría de felicidad pero que en el momento en que todo sucedía no era sino una mezcla de ansiedad vestida de inquietud dentro de una burbuja aislada del mundo y que parecía tener, como en un planeta literario, solamente dos habitantes que se abrían paso ante ese futuro que empezaba allí mismo.

Y de aquel diluvio pasaron cuatro décadas. Cuarenta años de vellón que han ido cargando, vaciando y recargando la mochila de lo cotidiano, reorganizando idas y venidas, asumiendo progresos y dificultades, pero englobándolo todo con el manto que, echando mano de la cursilería, podríamos llamar Amor con mayúscula. Ese sentimiento, sensación, impresión o percepción que aúna las miradas en una dirección consensuada y hace que el transcurso de la vida tenga un sendero por el que caminar juntos, a la vez, pero con el gps diferenciado y ajustado a la meta que se pretende alcanzar.

Amor es compañía, respeto, entrega, pasión, luz incluso devoción y, por supuesto, estima. Cargando todos esos sustantivos que, en ocasiones pueden funcionarnos como adjetivos o verbos, dentro de la bolsa de viaje, el trayecto deja de ser anodino, cansado, rutinario, para permitir que cada despertar sea el aviso feliz de una nueva etapa cuya meta volante no es otra que ver, sentir, que hay unas manos, un corazón, una mirada que se te ofrecen al mismo tiempo que te ofreces para avanzar y crecer si no al unísono, al menos con la confianza de una huella cercana y unos pasos, casi latidos, que acompañan, guían y seducen.

Aquel sábado terminó en un cinco estrellas y durante los quince días siguientes se extendió por una Italia soñada que no hizo sino ir añadiendo estrellas, pero no de las intangibles que pueblan el universo conocido. Estrellas de las que se prenden con el hilo rojo de los cuentos en el alma, en el corazón, o donde pensemos que se almacena el combustible que nos hace vivir. Tal cantidad de esa sustancia llenó nuestros acumuladores que todavía hoy, 14.600 días después, sigue impulsándonos sin apagones, fotovoltaicas, nucleares o eólicas. La energía que proporciona el saber que hay alguien contigo en cualquier circunstancia no tiene parangón en el mapa de las recompensas.

Como tampoco lo tiene el descubrir una miradita pequeña, recién nacida, que primero tiene nombre de hija y más tarde de nieta. He ahí el verdadero sentido de todo, quizá de Todo con mayúscula.

Esa pareja, que por mayo era por mayo, esos Ana y Pedro que se encogían bajo la lluvia de arroz, continúan, continuamos, dibujando futuros en las hojas de los calendarios, obviando dioptrías despistadas que nunca impidieron reflejarnos en los ojos del otro y haciendo ofrendas a la diosa Salud a la espera de su benevolencia para añadir mil y un días, mil y una noches, a aquella aventura que comenzó un 3 de mayo...

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