Vendedores ambulantes

    10 ene 2026 / 08:50 H.
    Ver comentarios

    Recordar el pasado es buscar una juventud que desgraciadamente no tiene retorno. Se buscaban la vida como podían, o sea, a trancas y barrancas. Aquella miserable época no estaba para dispendios ni tirar cohetes. Majoletas, con el canuto incluido para tirar los huesos con la boca, madroños, piñones, memencinas (pequeñas dulces bolitas del Almez), gamboas, higos chumbos, manzanas marraneras (con ellas se hace la sidra asturiana), castañas asadas, serbas, cerolas, piñas de maíz o de pino, granadas, moras de zarza y otros frutos silvestres, eran vendidos por unos hombres y mujeres que eran pobres y sin recursos económicos para vivir como Dios manda. Su uniforme era blanco como un copo de nieve o de impoluto armiño. Arrastraba el carrillo del helado, en tanto su pregón publicitario hacía de reclamo, con su graciosa terminación: “El que lo prueba repite, si el bolsillo se lo permite”. Aquellos vendedores ambulantes no se me van de la memoria, seguramente porque esta es duradera e indestructible. Se me olvidaba, había otro alimento que no se vendía, como era el pan pastor, una flor del Olmo que, a golpe de tiro de piedra, caía al suelo pero con un ojo puesto en el ramo y el otro por si venía el guarda de la Alameda, que por cierto tenía malas pulgas.

    Articulistas
    set (0 = 0)