Sin azúcar

    30 mar 2026 / 08:25 H.
    Ver comentarios

    Hasta el siglo XVII beber agua era tan peligroso como cruzar a día de hoy la calle sin mirar, por lo que la gente sorteaba el cólera gracias a la cerveza o al vino. Fue con la llegada del café que París se llenó de intelectuales que podían mantener la mente clara, con un pie en el colonialismo y la mano en el pomo de la Ilustración. Una lectura materialista de la historia nos muestra que la casualidad es una forma de negar la gravedad, y no podemos ocultar el sol con un dedo ni que nuestros derechos derivan de nuestro consumo. Existe una atmósfera fascinante, como una niebla, en sentirse suficiente, y una parte de ello consiste en pensar que no necesitamos más que un café en la rivera del río, un abrazo que termina un poco después de empezar el siguiente. ¿Lo que sentimos después de comprar algo nuevo son endorfinas o morfina? El verdadero poder no reside en el metal o en la tela, está en la mente que lo concibe como un deseo, porque sin deseo no hay movimiento, y al progreso le encanta ese movimiento constante que no conduce a ningún sitio, siendo cada parada del viaje un puedo y no quiero. ¿Nos pertenecen nuestros deseos? Quizá lo que queremos es un subproducto de una cadena de montaje, pero aún estamos a tiempo de encender la cafetera, de que lo que necesitemos quepa en una taza, en un momento en el que la conversación nos salvará del cólera y la quietud de una vida ausente.

    Articulistas
    set (0 = 0)