Si yo fuera o fuese...
Si yo fuera, o fuese, un escritor, un político, un tertuliano, o me dedicara a una de esas profesiones que viven de la opinión propia y de la ajena quizá me habría enfrentado a unas Jornadas de intercambio de ideas, posturas o posicionamiento más o menos ideológico con la mano abierta y no precisamente para dar un revés con ella en el rostro del contrario. No solo en este último episodio que aún colea nos hemos enfrentado a una polarización extrema que ha impedido incluso que se confronten ideas, se dialogue o se pongan sobre la mesa posturas distintas o contrarias. En esta ocasión se trataba de un tema que, lejos de haberse apaciguado debido al tiempo que ha transcurrido desde su finalización, sigue presente en determinados círculos: la Guerra Civil. Casi un siglo después, el recuerdo —incluyendo a los que ni la vivieron ni tienen especial vínculo con lo sucedido— sigue alimentando un ambiente de escasa o nula posibilidad de encuentro. De algún modo siguen flotando chispas dispuestas a encender hogueras sempiternas según, eso sí, en función de quien enarbola la “bandera” de la memoria, el recuerdo o la mera composición ideológica. ¿Hubo en nuestra historia “reciente” alguien más franquista que Manuel Fraga? ¿Hubo alguien más comunista y enemigo del “régimen” que Santiago Carrillo? ¿Compartían el más mínimo resquicio ideológico? La respuesta es obvia: no. Y, sin embargo, el uno presentó al otro en una conferencia de amplia repercusión. Sin problemas. No olvidamos, claro, sus avatares políticos, sus cesiones o el viejo arte de aparcar determinadas cuestiones para conseguir puntos de acuerdo. De ahí nacieron las bases de la democracia que hemos podido disfrutar después. ¿Es posible algo parecido estos días? Pues repetimos. La respuesta es obvia: no. Compartir mesa, atril o pantalla con un “opinador de lo contrario” parece ser algo que dinamita cualquier opción de confrontar pareceres.
En una ensoñación nostálgica de tiempos de verdadero esfuerzo por aunar, Así, sin apellidos, me recuerdo absorto, con el calendario recién llegado a mi segunda década, disfrutando con los debates de José Luis Balbín en los programas de “La Clave”. Allí, en sillas Wassily, personajes de uno y otro bando, por llamarlos de algún modo, es decir, políticos de izquierdas y derechas, investigadores, escritores, incluso actores o artistas de las más dispares posiciones ideológicas hablaban, discutían y, aunque no llegaran a acuerdos en ocasiones, eran capaces de hilvanar conversaciones esclarecedoras. Lógicamente los planteamientos de unos me eran más cercanos y los otros algo menos, pero se trataba de ver y aprender de discusiones educadas y no excluyentes.
Si yo fuera o fuese alguien que ha recibido la invitación a participar en una conferencia, debate o encuentro en el que se trataran temas que generan controversia, y no solo la Guerra Civil, me aprestaría a defender mis opiniones. ¿Debería huir de comentar, discutir o argumentar mi posición ante planteamientos contrarios? ¿Acaso debería plantearme la no asistencia si tenía conocimiento de que tendría que confrontar mi visión con la de otros? Sinceramente creo que no. Y menos teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, se habla de una etapa que, supuestamente, ya se ha superado, o al menos eso debería haber sucedido tras este florecimiento democrático en el que hemos crecido, mejorado y adquirido tanto libertades como derechos ganados con el esfuerzo compartido.
Si yo fuera o fuese alguien en esos encuentros, generaría debate, expondría mi visión y no dejaría al resto la exclusividad del relato. ¿Dónde quedarían, en caso contrario, el dialogo o la confrontación de ideas? Hablemos, cotejemos, refutemos y conjuguemos todos los verbos posibles al respecto. En ese careo está la esencia del progreso, de la democracia, de la libertad. La cerrazón nunca nos acercará a buen puerto. Hay que aprovechar la templanza de las aguas y navegar hacia un encuentro fructífero. En mitad de la tempestad nada es posible.