Renne Nicole Macklin Goods

23 ene 2026 / 08:32 H.
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En el centro comercial Bonaire no había cadáveres. Después de horas de angustia alimentada por personas de mala fe que copan de noticias infundadas lo más jugoso de la parrilla televisiva, cuando los buzos entraron en aquel parking anegado no encontraron por fortuna a ninguna de las decenas de víctimas que estos personajes de perfil ultra aseguraban que permanecían allí atrapadas tras la dana del 28 de octubre de 2024 y que evidenciaban la inacción del Gobierno ante el desastre. Fue un alivio, pero a la vez una lección de hasta dónde son capaces de llegar los agentes de la desinformación con tal de conseguir un objetivo tan inflamable, hasta el punto de que Pedro Sánchez tuvo que salir escoltado de Paiporta ante la turba de los vecinos y voluntarios. Un año después, gracias a la instrucción judicial sabemos que, mientras la gente se ahogaba, el presidente de la Generalitat valenciana permanecía en un reservado bajo la orden de no ser molestado, mientras la consejera Salomé Pradas se desesperaba tratando de recibir la autorización para enviar una alerta a la población que, quién sabe, habría salvado a alguna de las víctimas. También que había tenido, a preguntas del presidente de su partido, según se desprende de sus conversaciones, más preocupado por la salvación del relato que por las consecuencias de la terrible tragedia humana, una interlocución directa y colaboradora con los miembros del Gobierno central.

Con el desolador accidente ferroviario asistimos a la misma escena. Las redes ardían desde la misma noche del funesto descarrilamiento. Mientras las noticias iban confirmando el peor de los presagios, sin conocer las causas del siniestro, ya había quien volvía a inflamar el relato con vídeos, informes sesgados y argumentos manipulados para aprovechar el drama. Más allá de las responsabilidades que habrá que exigir a quien corresponda cuando se conozca el resultado de la investigación, resulta desalentador el panorama que nos asiste, que ya no permite de un lado y otro ni un margen para el duelo y el respeto y nos arrastra y nos empuja hacia una arena que muchos ciudadanos no estamos dispuestos a pisar, como si alguien en la sala de interrogatorios de algún aeropuerto quisiera arrancarnos el pasaporte de la belleza.

Supongo que pertenezco a una militancia silenciosa que se siente horrorizada ante los últimos desvaríos de Trump, que se sabe consciente de la deriva autoritaria de ese chavismo que terminó por acatar con EE UU el saqueo de su propio país, que se retuerce recordando la integridad de Allende cuando fue sometido también a la peor elección. Que se encoge ante la humillación de Corina Machado poco menos que deshaciéndose del Nobel ante el magnate que despreció su capacidad de influencia en el país venezolano. Una militancia que volvería a paralizar una carrera ciclista contra los bombardeos que sigue infligiendo el ejército israelí, a pesar del alto el fuego, sobre los refugiados palestinos y que nunca dudaría en descalificar el terror de la acción criminal de Hamás, que celebra las revueltas de Irán contra el régimen de los ayatolás pero cuya esperanza se ha desangrado en los viejos bazares de Teherán cuando la CIA ha asomado la figura del Sha en el diezmado horizonte moral de la sociedad iraní.

Pertenezco a la militancia de Renne Nicole Goods, asesinada a balazos por un agente del ICE mientras se retiraba compasivamente del hostigamiento con que este cuerpo policial ejerce su impunidad en las zonas de dominio demócrata. A esa militancia que pide al Partido Socialista una alternativa al cesarismo de Sánchez, cuyo oportunismo malvive en el descrédito de su supervivencia política. Un socialismo cuya única fortaleza que le queda ante esta ola de neofascismo es la reorganización horizontal de sus clases populares, abandonados los barrios, las fábricas, los campos, los hospitales, las escuelas, los libros. Y abandonada la belleza. La belleza renacida en ese joven sin zapatos que con su quad fue rescatando de los amasijos a gente sin otra ideología que la restitución de esa vida que siempre exhala al oído, como en el poema de Renne Nicole: “Deja lugar al asombro”.

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