Por el bien común, los mejores
La visión de su mapa de ferrocarriles dice mucho de un país. El nuestro puede —o podía— presumir de ser uno de los mejores del mundo a la hora de viajar en tren. Pero el mismo mapa ofrece también la imagen de su estructura económica y social. Los huecos ferroviarios de Extremadura o la cobra del AVE ladeando Jaén reflejan también otra injusta realidad. Tras el terrible y desgraciado accidente de Adamuz surgen serias dudas sobre si, después de inaugurar, se sabe cuidar o se cuida lo inaugurado; si se invierte bien en el mantenimiento —ojo también con montes que pueden arder o presas que pueden reventar— y si en los puestos de responsabilidad tenemos al personal más adecuado. Si son los mejor formados los que controlan la maquinaria del estado o si para su selección cuenta más la lealtad que la capacidad, el conocimiento y honradez personal. Y con la que está cayendo hay elementos más que suficientes para reflexionar, porque a la vista de los últimos inquilinos tampoco hay que salir del mismo ministerio para hacerse una idea. El borde de Paco Umbral, en los tiempos del primer AVE dijo muy mordaz, que no entendía lo de gastase el dinero en un tren de alta velocidad para ir a un sitio (Sevilla) donde nadie tiene prisa. A lo mejor no se trata de correr más sino de mantener el ritmo adecuado para no descarrilar y sin olvidar a la España callada que sufre el agravio de los que mandan y el desprecio de los que chantajean a los que no quieren dejar de mandar. Y quizás lleve razón Umbral, porque las cosas buenas, despacio. Que correr es de ladrones y de malos toreros.
La primera vez que subí a un tren —no tendría más de trece años— fue en Linares-Baeza. Era uno muy largo que venía cargado de “laborales”, que así nos llamaban a los estudiantes —todos internos y todos becarios— que estudiábamos en cualquier Universidad Laboral de las veintiuna que en los años cincuenta se montaron. De lo mucho y bueno que allí aprendimos no es cuestión tratar ahora, pero sí de recordar el detalle significativo de que aquel tren con destino a Córdoba había salido de Bilbao viajando de norte a sur, recogiendo chavales de diferentes edades y regiones, a la vez que otros cuantos hacían lo mismo transportando estudiantes desde el sur y cruzando España hacia Santiago, Bilbao, Gijón, Cheste o Tarragona. El tren paraba antes de llegar a Córdoba y en la misma vía, desde donde —arrastrando los acartonados y bien atados maletones— subíamos el terraplén para mirar en qué habitación y con qué gente te habían colocado. Nos ubicaban mezclados de tal manera que en una misma habitación podíamos estar —y de hecho estábamos— un catalán, un vasco, un cordobés, un sevillano, un asturiano y dos de Jaén. Una especie de erasmus interregional del franquismo —otro era el de la mili— que merecería la pena estudiar en profundidad. De esos centros se llevaban los alemanes promociones enteras dada la fama y la excelente formación que allí se daba. Una formación técnica pero también humana. La gestión educativa la llevaban con celo y con rigor los dominicos. Gente culta, liberal y humanista de verdad. Y en el edificio del paraninfo —que es a lo que voy— destacaba en la portada un inmenso mosaico sobre “La Creación y el Trabajo” con una leyenda de Séneca que también viene pintada al caso: “Para bien de todos trabajan y combaten los mejores”. A ver si es verdad.