Plaza de toros de Orcera

27 mar 2026 / 08:27 H.
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En muchos pueblos de España —y de manera muy especial en la Sierra de Segura— existe un grupo de edificios emblemáticos en los que, de una u otra manera, se ha venido normalizando la vida colectiva. Un triángulo que algunos quizás percibamos con más claridad en la memoria que en los mapas: la iglesia, el castillo y la plaza de toros. Precisamente los tres únicos edificios en los que cabe todo el pueblo. Pero a veces se suman también las ermitas, desplazando el centro hacia un lugar sagrado más primitivo. No son casualidades urbanísticas sino más bien una forma de entender el mundo. El castillo representaba la defensa, la guerra, la supervivencia frente al enemigo que —lo queramos o no— siempre existirá. En la iglesia se buscaba —y se seguirá buscando— la trascendencia y la relación espiritual con lo eterno y el más allá, que —tampoco en esto nos engañemos— también es una necesidad. Y en la plaza de toros, un hombre se convierte en héroe al enfrentarse —cara a cara— con el misterio de la vida y de la muerte, manteniendo un rito ancestral celebrado también en común unión en el que el toro aparece como elemento central. No es extraño por eso que los oficiantes principales de estos lugares sean los únicos que tienen el privilegio de vestir de oro en el ejercicio de sus funciones: Los curas, los toreros y los militares.

Sucede también que —en ocasiones— estos espacios acaban fundiéndose. Cosos junto a santuarios, ruedos que ocupan viejos patios de armas, o plazas de toros edificadas sobre las ruinas de un convento, como es el caso de Orcera que nos ocupa. Y no se trata de una superposición casual, sino que tiene una razón de continuidad, ya que mucho antes de ser cristianos, aquellos lugares ya eran sagrados. Y porque donde hoy se alza una ermita, ayer hubo un santuario pagano. Celtas, íberos, romanos y cristianos han ido sucediéndose en el tiempo, transformando los ritos, pero siempre con el toro totémico en el centro: ya fuera para adorarlo, ofrecerlo, lidiarlo o sacrificarlo. Porque, como dice mi hermano, solo se sacrifica aquello que es sagrado. El derrumbe de una parte de la plaza de toros de Orcera puede entenderse como un simple episodio de deterioro arquitectónico, provocado tanto por razones meteorológicas como de mantenimiento. Y es lógico que se demande una intervención urgente para su restauración. Pero sería un error quedarse sólo en eso, porque la plaza de toros de Orcera, como la de Segura, es bastante más que un recinto público con su ruedo, sus toriles y sus gradas. Se trata de un lugar cargado de memoria, de liturgia y de significado. Allí no solo se han corrido o lidiado toros. Allí, según la tradición, apareció y quiso su ermita la Virgen de la Peña. Y allí mismo, en el monasterio franciscano del mismo nombre, en el año 1580, se reunieron los representantes de las villas y lugares de Segura para redactar las Ordenanzas del Común, con el fin de regular eso precisamente, la vida en común, reafirmando claramente una identidad comarcal hoy devaluada. Allí, en cierto modo, se reconoce Orcera en sí misma. Y no solo Orcera, sino la Sierra de Segura entera. Y por eso su conservación no debería abordarse sólo como una cuestión técnica o administrativa, sino como un compromiso cultural de primer orden. Restaurar sus muros es importante, sin duda. Pero más importante aún es comprender lo que representan.

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