Memoria de ojos nuevos

    12 ene 2026 / 08:25 H.
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    Los niños, las niñas, esos ojos dados al descubrimiento, esas manos de actividad continua, esa lengua que acuña vocablos nuevos para los que, acaso, necesitaríamos un diccionario, esos pasos balbuceantes al inicio e inasequibles al desaliento después, esa mirada que todo lo atesora como sillares que van construyendo una identidad mientras investigan a su alrededor sin cansancio ni pausa... Los niños, las niñas, son capaces de ir reinventando la realidad a la vez que la hacen suya y, quizá por eso, el día que viven es reformulado solo por ellos y para ellos dejando resquicios en los que vamos apareciendo los demás como piezas de ajedrez para el tablero. Los niños, las niñas, como afirmaba recientemente Juan Manuel de Prada, tienen una actitud “inaugural” ante la vida. Todo se les va revelando a cada paso, a cada despertar. Un día nunca es igual al siguiente. Una noche tampoco se parece nada a la anterior. Cada vivencia se enroca a golpe de latido virgen para generar asombro, sorpresa y un deslumbramiento que los que ya solo somos niños mirándonos muy hacia dentro, hemos olvidado.

    Crecemos y el tiempo nos crea una capa acomodaticia en la que todo sucede tal y como debe, como creemos que debe ser, como nos han sugerido que ha de pasar. Quizá nunca debimos olvidar ese deseo de que cada minuto nos depare un desconcierto querido, un estupor deseado, una búsqueda ansiosa por ser, estar, crecer y madurar sin dejar de considerar lo que fuimos aprendiendo a golpe de descubrimiento. Quienes hemos dedicado toda la vida, toda, a mirarnos cada mañana en los ojos recién despiertos de tantos y tantos niños y niñas, alumnos y alumnas de aula compartida, tenemos quizá más “en carne viva” ese sentimiento de quienes nos observaban desde sus mesas con ánimo de apropiarse inocente y poderosamente de los conocimientos, valores, ideas o conceptos que flotaban entre ellos y nosotros en un camino de ida y vuelta. Dentro de un aula no solo aprenden los alumnos, también lo hacen los maestros, los “profes”, los docentes, en suma, que crecemos a la vez que esos chavales que nos dejan parte de su concepción vital.

    Pero hay un ámbito más íntimo y cercano en el que esa mirada nos remueve, conmueve, alborota y redescubre. Cuando los ojos que te observan son los de un hijo o, llegado el momento, de un nieto, el valor de ese hecho tal vez intrascendente aumenta en progresión infinita. ¿Qué somos capaces de escudriñar en los ojos despiertos de, pongamos, por ejemplo, mi nietecilla Siena? ¿Qué desearíamos que descubra a cada paso? ¿Qué errores ansiamos que no cometa? ¿Qué valores pretendemos que haga suyos con el paso del tiempo y el aprendizaje al que siempre añadimos las pistas que creemos necesarias e imprescindibles? Y todo ello sin marcar caminos, sin forzar voluntades, solo con el ejemplo del día a día, con ese estar seguros de que ella, ellos, son únicos e irrepetibles, que sus descubrimientos solo a ellos les pertenecen. Es complicado obviar la nostalgia que nos envuelve al verlos, al ver a Siena e identificar momentos de ese pasado que fuimos. Con razón decía José Luis de Vilallonga que la nostalgia es un error. Sin embargo, el niño que fuimos nos acecha y no nos abandona. Claro que ¿acaso queremos olvidarlo?

    Decía Paulo Coelho que “un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a saber exigir con todas sus fuerzas aquello que desea”. “Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz decía alguien”. No podemos negarlo. Otra cita famosa al respecto dice algo así como que “si llevas tu infancia contigo nunca envejecerás”. Miro a los ojos a Siena y me parece que es un excelente consejo. Sí, de “niño grande” a niña dispuesta a mirarlo todo, a recordarlo, a alimentar una memoria de “ojos nuevos” de la que quiero, queremos, formar parte.

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