Me voy

    01 feb 2026 / 09:19 H.
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    Yo puse los puñales en su boca,/ ardiente de cenizas escondidas,/ olvidadas, azules y perdidas,/en el paño raído que la toca./ Les di esa libertad que se equivoca./Permití que me diera las mordidas/ que, antaño, yo ya diera por perdidas./ Y cayendo la sangre por mi toca, /llegué a sentir latidos de corazón/ con burbujas por dentro que bailaban/ a la vuelta de la piel un tropezón./ Y, de pronto, noté perder la razón./Los sueños de una vida ya marchaban/ sin haber conseguido ni un perdón./// Es habitual que en los momentos cercanos a la muerte hagamos resumen del tiempo pasado en este mundo. Más que habitual yo diría que inevitable. Lo hacemos, creo, que, por una parte, intentar volver a vivirlo todo en unos momentos sin que nada se nos pase y, por otra, tratar de corregir los seguros errores cometidos con sus correspondientes perdones y disculpas, sin dejar atrás las aseveraciones, las convicciones y, por supuesto, los amores. Muchos o pocos, uno o dos, los que sean obligan al moribundo a recordarlos de manera especial. Tanto es así que intenta el casi muerto darle la vuelta a la tortilla y culparse de lo que fue su culpa, encaramándose a su razón. Claro. Nadie quiere morir equivocado pues para esa vida, mejor la que viene, aunque eso nos lleve a la condenación eterna que, al fin y al cabo, solo es otra forma de vida. Y, quién sabe, igual nos encontramos a los amores perdidos en el infierno.

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