Lecciones de barro y tiza

16 mar 2026 / 08:27 H.
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El aprendizaje comienza mucho antes de que la escuela abra sus puertas. Antes de la tiza está el barro. Antes de la pizarra están el viento, la tierra y las manos de los abuelos enseñándonos a mirar el mundo. Las abuelas y los abuelos llegan antes que las maestras y los maestros. Porque hay lecciones que se aprenden con la piel, con los sonidos de las aves, con el sabor de la leche recién ordeñada, con la imagen de la abuela rajando la tierra con un golpe seco de la azada. José María González Palacios aprendió del frío del barro entre los dedos siendo solo un niño cuando, en la huerta de La Torrecilla, esperaba el avance del agua. Recuerda todavía aquella tarea diminuta de vigilar el surco, seguir con la mirada el hilo de agua hasta alcanzar el final. Avisaba al abuelo Marcelino, quien hundía la azada y el agua cambiaba de rumbo hacia la siguiente línea. No parecía gran cosa, pero en ese instante surgía la magia del aprendizaje. El niño aprendía de paciencia y de trabajo en equipo.

Hubo un tiempo, en los pueblos de la Sierra de Segura, en que la infancia se construía así: con encargos pequeños que ayudaban a desvelar el mundo. El olor áspero de la mejorana, el crujido de las ramas bajo las botas, las noches en el chozo donde el silencio del campo parecía abarcarlo todo. José María recuerda aquel refugio de ramas como uno de los momentos más nítidos de su infancia. Bajo el cielo estrellado, la familia se recogía en un espacio sencillo donde el universo se detenía en lo esencial: el calor de los suyos. Un día encontró un nido de pájaros entre la maleza. Lo observó a diario durante algún tiempo. Vio a los polluelos crecer y aprender a volar hasta que una mañana el nido quedó vacío. Comprendió que cuidar necesita esfuerzo y la generosidad para aceptar que las crías no te pertenecen. Deben buscar su propio camino y continuar el ciclo de la vida.

El niño se convirtió en maestro y la mayor parte de su trabajo la desarrolló en Siles. El trabajo en la escuela se pareció mucho al de la huerta del abuelo. Cambió la azada por la tiza, pero la tarea seguía siendo parecida: ayudar a que cada cual encontrara su propio camino y siguiera su cauce, como el agua del surco. José María sembraba ideas y preguntas en las aulas. Algunas se perderían, pero otras germinaban. La mayoría tardaban años en dar su fruto. La enseñanza tiene algo de esa paciencia campesina de la Sierra de Segura. A veces un antiguo alumno lo para por la calle o lo saluda tímidamente. Comienza un nuevo curso, llegan alumnos nuevos y, sin embargo, los apellidos le resultan conocidos. Descubre al hijo de alguien a quien enseñó hace veinte años y nace un vínculo entre alumno y maestro. Es entonces cuando entiendes que enseñar no consiste solo en explicar cosas. Consiste en dejar algo dentro de cada alumna y alumno que te ha escuchado. Eso es sembrar futuro.

Un día José María tuvo que jubilarse. Pero él no sabía quedarse quieto y empezó a investigar los archivos municipales de su pueblo —Torres de Albanchez—, de Siles, de Orcera... Comenzó a buscar las historias de quienes habían vivido antes en la sierra, como una forma de acercarse a sus antepasados. A su abuelo. En esos documentos aparecían vecinos que discutieron con el ayuntamiento, personas que defendieron lo que era de todos, hombres y mujeres que intentaron mejorar la vida del pueblo en tiempos muy complicados. Historias que explicaban cómo se forma un lugar. Porque un territorio no se entiende solo por su paisaje, sino también a través de la vida de quienes lo habitaron. Sus hijos viven lejos, como ocurre con tantas familias de la sierra, pero hay lugares que no desaparecen de uno mismo. Se quedan dentro, como una raíz.

La Sierra de Segura conserva todavía ese carácter que nace de la vida pegada a la tierra: la hospitalidad, la sencillez en el trato y el respeto por el paisaje que se habita. Pero los pueblos no sobreviven solo por sus montes o por sus calles. Sobreviven porque alguien sigue contando su historia, porque alguien sigue enseñando a los que llegan detrás. Mientras eso ocurra, la memoria de la sierra seguirá corriendo como aquel hilo de agua que avanzaba despacio por los surcos de La Torrecilla. Y siempre habrá un niño mirando atento el curso del agua, esperando el momento justo para avisar al abuelo. Porque aprender —en el fondo— siempre ha sido eso: meter las manos en el barro del mundo y abrir un surco para que la vida siga su camino.

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