Las buenas noticias
Las buenas noticias no venden, quizás porque no dan lugar a encarnizadas tertulias donde un nutrido grupo de opinantes, que sabe de todo, pero que no es experto en nada, se insulta y degrada hasta límites insospechados. Son escasas, apenas ocupan unos minutos en los telediarios, casi siempre al final, como si los periodistas quisieran que nos fuéramos con un buen sabor de boca, algo casi imposible después de que los ojos se nos hayan inundado por el sufrimiento ajeno y en la garganta notemos el sabor acre de la sangre inocente, porque hay demasiadas guerras en el mundo. Las buenas noticias nos suelen llegar de nuestro entorno más cercano y son las que nos permiten levantarnos cada mañana con ilusión. A veces, son pequeñas cosas: la sonrisa de una amiga mientras te cuenta que va a ser abuela, los saltos de felicidad de tu hijo porque ha aprobado ese examen tan difícil que le traía de cabeza o la alegría de tu perro cuando sabe que lo vas a sacar a pasear. Otras veces, tienen más envergadura, la plaza de policía que consigue tu sobrino o la de maestra que, tras muchos años de recorrer Andalucía, por fin logra tu sobrina, o cuando el oncólogo te dice que todo va bien y que no tienes que volver hasta dentro de seis meses, eso sí que es una buena noticia.