La jubilación de un compañero
Hace unos días me llamó desde la feria de Sevilla, casi ná el nombre universal y español y a la verita del río Guadalquivir, lo que le agradezco profundamente. Nunca renunció a sus raíces granadinas como no es fácil dejar en el tintero del olvido mi encuentro profesional con la ciudad de la Alhambra, una maravilla de la arquitectura nazarí, o un encaje de bolillos llevados a la arquitectura más sublime y sabia. Fernando Romacho dejó el ordenador y la tipografía de las páginas de este periódico a las que mimaba como a las niñas de sus ojos. Nuestro periódico era el pan sagrado de su vida y quería a esta casa tanto como queríamos a Cuqui, una perra entrañable que sabía hasta latín y conocía al personal solo con entrar en la puerta de esta Redacción, de la que formó parte un largo trayecto de su vida. Fernando Romacho era un manitas cuando abría su ordenador para darle forma y contenido a las páginas comerciales y literarias diarias de este informativo que tiene a toda gala ensalzar los valores de esta provincia a veces ninguneada por los políticos de turno. Ahora, que ya está en el merecido descanso de la jubilación, le rubrico y firmo mi amistad duradera, que no es quebradiza, ya que lo bueno siempre perdura como es recordar a este profesional como la copa de un pino que tantas cosas me enseñó relativas al arte de la letra impresa. La jubilación de Fernando no ha evitado que una furtiva y sincera lágrima empañe mis mejillas.