La ciudad de Praga

    16 feb 2026 / 08:44 H.
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    Hace muchos años, cuando todavía existía Checoslovaquia y yo no tenía la vista ni el alma tan cansadas como ahora, junto con dos amigos, por casualidad, arribé a Praga. El primer día, dejándonos llevar, desembocamos en un barrio sin turistas. A la hora de comer, entramos en una taberna popular, repleta de obreros y jubilados. Nos sentamos en una de esas mesas corridas y compartidas. A nuestro alrededor se generó un prudente silencio que enseguida quebramos, ofreciendo tabaco por doquier e invitando a varias rondas de cerveza. El recelo se disipó y las sonrisas se expandieron por la sala. A pesar de la barrera idiomática (allí nadie hablaba inglés, incluidos nosotros), pudimos mantener con aquellos tipos diversas conversaciones, o algo parecido. Recuerdo que, a mi izquierda, un anciano de aspecto bonachón mencionó risueño a Butragueño y a otros jugadores. En uno de los numerosos brindis que compartimos, atisbé en su antebrazo izquierdo el tatuaje de unos números azulados desgastados por el tiempo. Se lo señalé y murmuró: Treblinka. Nuestra risa se congeló y nos dimos un abrazo, medio borrachos los dos. Hoy veo las noticias y pienso que el mundo, por desgracia, no ha cambiado mucho. Y que los alemanes siempre me han caído como el culo.

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