La cara oculta
Siempre me fascinó el concepto de la relatividad. La coyuntura dispar desde la que somos capaces de percibir e interpretar el tiempo y su misteriosa consecuencia. Sabemos que, al mirar el cielo, contemplamos estrellas que dejaron de existir hace millones de años, siendo probable que desde alguna lejana galaxia la contemplación de los cuerpos celestes apenas dé noticia de la presencia de nuestro planeta, con todo lo que, sin embargo, presume de mostrar en excelentes ediciones con fotografías a color el vendedor de enciclopedias. Apenas adentrar la mente por las cábalas del pensamiento relativista, supone aceptar un precipicio emocional que prende la mecha de las grandes preguntas de la existencia humana. Podemos despegar en un avión desde Budapest envueltos en la euforia por el derrocamiento, a través de las urnas, del régimen oscuro, autócrata y ultra de Orbán, que durante dieciséis años ha esquilmado los derechos y libertades del pueblo húngaro y aterrizar apenas tres horas después en Madrid, donde las encuestas mantienen al alza los exabruptos del odio, la pólvora quemada del racismo y la preocupante seducción por un estado policial que devolviera al país a sus décadas más oscuras. En lo que dura uno de aquellos míticos largometrajes del Cinemascope, nos encontramos con dos maneras de entender la urgencia moral de la supervivencia: a un lado, unas fuerzas de progreso que renuncian a concurrir a los comicios para que la concentración del voto ayude a salvar al país de las garras de un tirano y, en la otra cara del reloj, el narcisismo electoralista de quienes parecen no temer el pendulazo populista que ha llevado a buena parte de nuestra sociedad a ese postulado arracional que, sin apenas diatriba programática y con el único propósito de “echar a Sánchez”, ha emprendido un camino sin retorno hacia la trumpización de España, incluso en una posición difícil de explicar cuando se intenta someter y coaccionar desde el exterior la soberanía política y ética de nuestra nación en un momento tan delicado para el futuro de las relaciones comunitarias y el sentido de la justicia en el reparto de los recursos. En poco tiempo la esperanza concita vertientes antagónicas en los coletazos de una masa atmosférica cargada con el mismo aire.
Estos días en que la nave Orion ha estado cruzando el vacío, sostenida solamente por el influjo de los más precisos cálculos gravitatorios, me hubiera gustado estar en el pellejo de los astronautas de la Artemis 2, para saber cómo se percibe la realidad desde esa privilegiada distancia. Qué se siente cuando no se escucha desde ahí la vergonzosa ovación a nuestro rey emérito en la Maestranza, con petición de oreja para según qué corruptela imperdonable de las élites que siempre acaban salvándose a sí mismas del merecido escarnio público, con la complicidad exculpatoria de sus apesebrados cronistas. O cuando nada hace presagiar el ensordecedor ruido de los misiles, en una madre Tierra que apenas parecía inmutar su grandeza mientras Donald Trump coqueteaba con aniquilar a una civilización entera en una sola noche y el disciplinado arsenal de Netanyahu asesinaba en Beirut a la poeta libanesa Khatoun Salma Kershe, junto a su marido, mediante un bombardeo que, en apenas diez minutos, acabó con la vida de trescientas personas: toda una lección de relativismo entre lo evitable y lo ineludible en la maltrecha conciencia del siglo XXI.
Es de suponer que sería una sorpresa indescriptible para la expedición encontrar en la cara oculta de la Luna la enorme despensa de versos, tribulaciones y sueños que la gran tragedia del hombre ha ido encadenando al preciado satélite. Allí, todavía fresco sobre la inédita superficie lunar resplandece el aliento de la poeta eliminada: “La luna no me nombra, / pero me reconoce en los restos. / Recojo lo que queda de mí / como si aún pudiera ser un todo...”. Ojalá este hallazgo quede sepultado en la discreción de los principios relativistas. Ante tanta barbarie se agradece el silencio cósmico. Y la belleza.