La alegría de Madre Chon
Recuerdo el día que naciste, mi prima pequeña, el revuelo de tus cinco hermanos y mi madre feliz —un paréntesis en su recién estrenada viudedad—; para ella fuiste —lo has sido toda tu vida— una bendición. Muy pronto, “tu colegio” y las buenas madres de los Desamparados de San José de la Montaña despertaron tu vocación, te hiciste monja; llevabas aprendido el servir a los demás y así has gastado tu vida. En cada residencia los mayores fueron tu única razón de ser, con optimismo y disponibilidad absoluta; todo lo llenabas de alegría, para que supieran que el amor de Dios es alegre; bien lo comprobé en Martos, allí los ancianos no tenían tiempo de aburrirse, eras un torbellino de ideas divertidas. Pusiste la guinda en Colombia, los más necesitados disfrutaron el optimismo y gozo que irradiabas y el testimonio misional. Regresaste herida de muerte para volver a tus orígenes; aquí has seguido tu vía dolorosa con la sonrisa siempre en los labios, más preocupada de los demás que de ti misma, haciendo felices a todos. Llevaste tu procesión por dentro, guardando tu sufrimiento hasta el final, por eso, tu Padre que ve en lo escondido ya te lo ha recompensado. ¡Madre Chon, ruega por nosotros!