Juan Guzmán: Caricaturas

02 feb 2026 / 08:21 H.
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A Carmen Bermúdez.

Bajo este título se esconde una cartografía de nombres y hechos que constituyen el germen vivencial de uno de los nervios que atraviesa la constante de esta ciudad, siempre perezosa y contemplada a modo de hurtadilla: vamos, como para que no se note demasiado. Se trata, tómese solo a modo de proemio para alguna empresa de mayor altura, de acercarnos a un hacer colectivo mediante reflexiones relacionables con el tiempo y la ciudad: Jaén. Peripecia que transita por vericuetos poco explorados, cuya constante recibe ahora las consideraciones insertas en el soberbio catálogo editado por el Instituto de Estudios Giennenses. La primera, escrita, a modo de sucinta introducción biográfica, firmado por Rafael Guzmán, hijo del artista; la segunda, pertenece al escritor Juan Manuel Molina Damiani, cuya mirada, siempre escudriñadora y veraz, sitúa ciertas presencias, pero también ausencias no fáciles de justificar para un Jaén, debería ser así, respetuoso con su propia historia o, por si alguien desease desertar de tal alcance, de esa intrahistoria a la que, en tantas ocasiones, ha recurrido el respetado escritor Juan Eslava Galán. Nos referimos, sí, a ese manantial de extensión local al que, obviamente, se acercan poco los falsos eruditos. Tarea, en fin, de no fácil acarreo en la trayectoria, de una u otra manera, del arte jiennense correspondiente a un tiempo no demasiado luminoso. Aquel que vivió Juan Guzmán compartiendo tertulia e inquietudes con quienes, por sensibilidad, también la compartían con este creador de imágenes. Criaturas gráficas, construidas desde el análisis que le prestan instantáneo carácter al efigiado mediante un tratamiento de construcción y deconstrucción de unas formas y colores que, al margen de Baudrillard, existen sin otro aditamento que, en el caso de Juan Guzmán, el de su propia entidad.

Andadura, claro que sí, derramada en no menos de medio millar de ejemplares que, en gran medida, han sido donados al Instituto de Estudios Giennenses por la familia. Tal es el núcleo estético del que parte la selección ahora mostrada, contemplable hasta el día 15 de febrero en la sala del Antiguo Hospital de San Juan de Dios, acompañadas de una soberbia publicación que, con los textos antes referidos, adensa y pone de relieve la figura y la obra de Guzmán, al tiempo que facilita y allana el acercamiento a la brega artística de aquellos días contemplables desde el palpitar local y sus entrelazamientos con una singularidad que, de una u otra manera, hacen posible el arte realizado en fechas en las que Juan Guzmán alcanza presencia a través de la narrativa de su mundo gráfico. Bien, claro es, que vertebrado en el entorno de intereses compartidos y, cierto también, que desde miradas muy desiguales entre sí. Tal es el ruedo y tal la corrida; cuyos espadas bebieron su vino, codo con codo, en el entorno de aquella y esta tribuna, siempre actualizada, que tanto tiene que ver con nuestra santa semana. Siempre compartida en el cantón o cantones de Jesús, en sus aledaños, justo al lado de aquel candoroso “Cañuelo de Jesús”. Esto es, muy cerca del lugar donde Carmen Bermúdez escribía “Sentada a la puerta” para las páginas de Diario Jaén. Calendas por las que conocí a Juan Guzmán, dinámico y espumoso, separado del troquelado de los pintores del Jaén de aquellos días, cuya indagación conduce por senderos que, paradoxalmente, como gustó decir Ortega (sabido es que Ortega solo hay uno), no han sido precisados. Diferente es la componente narrativa de taberna y siesta que pudo haber fortuna de todo esto. Legado que, en no pocas ocasiones, ha dejado personajes y miradas tomadas tan torcidamente que reclaman una contemplación crítica y, de ser posible, heurística.

Mas, aquel Jaén, también crecido junto a los cantones, tuvo su lugar de cita en dos talleres, el del escultor Damián Rodríguez Callejón, y, ciertamente, el del estudio del pintor y restaurador Francisco Cerezo. Ambos ubicados en el antiguo Convento de San José. El de Cerezo, un espacio de marcado clima romántico, un tanto ajado, ciertamente, mas lugar cálido a donde, junto a las cuatro personas asiduas en calidad de alumnos, acudimos los jóvenes pintores a modo de tertulia siempre improvisada, mas aderezada por un café de “pucherillo” que sabía a gloria. Tal fue, creo recordar, el encuentro con Juan Guzmán y la sorpresa de sus caricaturas. Como observaría después, tan reciamente afortunadas como las que ilustran las páginas de “La memoria veranea”, libro de González Ruano, de cuya autoría no tengo noticia, si bien me sigue acompañando el referido volumen. Años después conocería en París las del amigo Andrés Vázquez de Sola ilustrando las páginas de “Le Canárd enchaîne”. Dos creadores que, al margen de la estética de los dos egregios paisanos siempre recordados, han podido dejar huella en el quehacer gráfico y diverso de Juan Guzmán, tan variado en sus vertientes creativas como puede colegirse tras acercar nuestra mirada a tres obras como, por ejemplo, las que presentan y representan a Francisco Cerezo, Santiago García Aracil y Oscar Wilde.

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