J. Eslava, presencia y remembranza

19 abr 2026 / 13:21 H.
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Era octubre de 1987, cuando viajaba hacia Valencia con Manuel Urbano y el encargo de valorar una colección de arte moderno ofrecida a la Diputación Provincial, a la sazón, presidida por Cristóbal López Carvajal. El trueque no era otro que convertir la donación en museo de la ciudad nativa del aquel donante con residencia y florecientes negocios en la ciudad del Turia. De pronto, Urbano me facilitó esta noticia: “a tu amigo Juan Eslava le van a conceder el “Planeta”... Quieres decir, a tu amigo, le contesté. En efecto, conocía a Juan Eslava, pero no lo suficiente para barnizarme con su prestigio de escritor y su amistad. No todavía. Menos taxativo, Manolo me fue desmenuzando su información que no era otra que la procedente de los mentideros que acarreaban premios con el prestigio de aquellos “Planetas”. Conversación en torno a temas derivados de aquel presente enhebrado al último decenio de España, pero también de cuanto para mí había supuesto la ciudad valenciana cincuenta años antes. Remembranzas un tanto deshilvanadas a través de un paisaje que corría hacia nosotros avivando recuerdos hasta alcanzar la habitación reservada en la primera planta del Hotel Lauria, situado a tiro de piedra del Reina Victoria, en cuya planta inferior y rodeado de actrices, alojaron a don Jacinto Benavente durante los últimos meses de la Segunda República. Esto es, a doce kilómetros de Rocafort, donde Antonio Machado con su familia, ocupaba un chalecito que hoy es historia.

La tarde caía tras salir del hotel y, al pasar junto a la escalinata de Correos, sentí de nuevo aquel clima sombrío que la habitaba cuando, de modo absolutamente confidencial, daban noticia del asesinato de Kennedy. Nuestro itinerario continuó de manera pausada hasta el barrio del Carmen donde, en “Pintor Fillol”, hacía comercio la taberna “Los Viñales”. Todo no consistía en recibir ayuda alimenticia, estaba también el deseo de reavivar aquel recuerdo, un tanto proustiano, en el que, entre los artistas valencianos, estaba Antonio Fillol, de cuya mano, parecía figurar alguna tela entre las que, el siguiente día, nos disponíamos a ver. El paseo nos llevó a reflexiones entreveradas de literatura y pintura que nos acompañaron hasta el regreso a “Lauria”, donde nos citamos con Paco Baños para que nos acompañase a valorar el contenido de aquella colección que había marcado el motivo de nuestro viaje.

“Lauria” había sido lugar de tertulia con amigos del oficio, escritores poetas y, en ocasiones, también Raimon. Los “Viñales”, lugar de vivencias para quienes estudiamos Bellas Artes. No obstante, en aquel espacio de clima manchego tomé contacto con el universo literario de Vicente Blasco Ibáñez a través de un ejemplar, ya muy ajado, de su “Araña negra”, procedente de las inundaciones de 1957, y otro de “La Barraca”, obra argumentada en Alboraya, donde yo pasaba los fines de semana, sesenta años después de que aquel escritor, amigo de Sorolla, no dudase en encontrar acomodo al costado de los habitantes de aquel territorio netamente huertano, dibujado por Fillol para las páginas de la primera edición de la novela citada; cuyo aliento deja trenzado un itinerario, para mí aún no agostado, en cuanto hace al corazón de la literatura. Especialmente a la novela moderna, cuyo pulso, modas aparte, comienza a desarrollarse con don Miguel de Cervantes. Viaje literario que, obtenida la información pertinente, al abandonar el hotel, las páginas de “Las Provincias” confirmaban la sospecha de Manuel Urbano: efectivamente, Juan Eslava había ganado el Premio Planeta con la novela “En busca del unicornio” con la incuestionable incorporación al más alto nivel de la novela de historia, cuya exploración experimental tendría lugar cuatro años después con “Catedral”.

Desde entonces y sin abandonar su condición de Catedrático de Enseñanza Media como lo hiciese el gran historiador sevillano Antonio Domínguez Ortiz, el prestigio del escritor no ha dejado de crecer, al tiempo de robustecerse la sencillez de este jiennense con quien, ahora sí, no tengo empacho alguno en barnizarme doblemente, al tiempo que me place abrazar al amigo y felicitarlo por conseguir a fuerza de tenacidad y talento literario que, de modo irreprochable y sin par, figure su nombre en el “IPE” de Jaén, cuya provincia, de una u otra manera, siempre anda prendida en el corazón de su literatura que es, no lo dudemos, el alma de este querido paisano más que grande, grandón en todo, incluida la generosidad de quien como él, recuerda a don Miguel de Cervantes (sin olvidarse de Shakespeare y, de otro modo , también de Gracián) su más que avezado maestro, a quien nos acerca en su obra “Asesinato en casa de Cervantes”). Fuente de reflexiones tan profundas y sencillas como ésta: “Yo sé quién soy”. Con todo, mi más que reconocido y admirado amigo, recibe mi honda felicitación y, como era costumbre entre caballeros, “póngame a los píes de su señora”, a quien también sé emboscada en tareas cervantinas de próxima publicación.

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