El viento ha desatado su furia
El día despertaba somnoliento, desperezándose sobre las montañas, el sol recién amanecido, se ocultaba escondido, no se dejaba ver, o más bien, eran las nubes las que lo cubrían con sus grises, como si una manta espesa lo quisiera encerrar. Qué lejos estaban aquellos días azules donde la luz reinaba en el celeste y dejaba sentir sus caricias iluminando casi todos los rincones. Qué lejos los paisajes brillantes, los caminos luminosos, los árboles refulgentes. Los días han perdido claramente esas sensaciones donde la claridad pintaba con sus matices de caricias posadas en ciudades, campiñas, cerros y montañas.
El olivar brillante resplandecía sobre la tierra que lo acoge, lo siente, lo vela, lo guarda. Las calles amarillas con el sol en sus aceras, las torres cubiertas por la luz del invierno, por el sol que dormido se acostaba en ellas formando sombras sobre las piedras que las sostienen. Qué lejos esas sensaciones de sentir el frío en una orilla de la calle y un amable calor en el otra, buscando siempre el sol para paliar el gélido de estos días de invierno. Ahora el viento ha desatado su furia, sus rachas iracundas golpean con fuerza, como si quisiera destruirlo todo. Hacer volar en su rabia todo lo que encuentra en su camino.
No se apiada de nadie, ni de nada, no le importa la vida, ni tiene compasión, su enojo brutal se expande y sus gritos ululantes, de intrigantes bramidos, abren la puerta al terror que se hace sentir cuando sus voces silban en medio de la noche. O en la mañana azotando las calles que tiemblan asustadas. Los jardines desolados, lloran heridos y rotos con un largo llanto de gotas diminutas. El vendaval se cuela entre las altas ramas verdes, en los árboles que han perdido sus vestidos y muestran sus esqueléticas formas. Los sacude sin piedad, los arrastra hasta romperlos, agitando con fuerza, obligándolos a bailar una danza zaouli, sin ninguna clemencia. Se hace sentir en los caminos levantando la tierra, encrespando sus ondas. Si pudiera pararte y detenerte, si pudiera menguar tu estrepitosa furia, y hacerte suave, agradable, como el céfiro que susurra melodías tranquilas, con adagios que cantan sin estridentes notas. Ahora el viento ha venido, se desató su auténtica furia.