El rey de bastos
He aquí un nuevo rey, sin trono, sin corona y sin atributos reales: pero sigue siendo el rey, como dice la canción. Me refiero a Donald Trump, claro. El The New York Times, en su entrevista con él, este autoproclamado rey sin corona se retrata como un rey de bastos en estado puro: manda porque puede, porque quiere y porque nadie a su alrededor osa decirle que no. Afirma que su poder como comandante en jefe está limitado únicamente por “su propia moral” y “su propia mente”, declaración que lejos de tranquilizar suscita dudas inquietantes sobre su equilibrio mental. Desestima el derecho internacional como un freno real: dice que no lo necesita y que él decide cuándo aplica. Sostiene que la fuerza militar —y no las leyes, tratados o convenciones— debe ser el factor decisivo para acuerdos. Afirma que la OTAN es esencialmente inútil sin Estados Unidos y admite que podría tener que elegir entre preservar la alianza u obtener Groenlandia. Califica las normas del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial como cargas innecesarias para una superpotencia, entre otras lindezas. El problema no es solamente su delirio de poder, sino el círculo de aduladores que le impiden ver que va peligrosamente desnudo.