El precio de Semana SDanta

    31 mar 2026 / 08:30 H.
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    Vuelve el período procesional. Un despliegue de bordados de oro, mantillas, sedas, varales de plata, coronas... Todo ello acompañado de un cortejo de cofrades, clérigos, política local y comitiva nazarena; una escenografía que se repite cada año, como si la tradición necesitara exhibirse para existir. Este espectáculo fue antaño accesible a toda la ciudadanía. Hoy, sin embargo, parece reservado a quienes pueden pagarlo o tienen estatura suficiente para ver por encima de los tablones que sostienen las tribunas instaladas en el centro. Estrados que ocupan el espacio público de la ciudad y lo transforman en un recinto acotado; inutilizan bancos donde se sientan nuestros mayores a ver pasar la vida y anulan terrazas de restaurantes durante semanas. A este menoscabo se suma el riesgo de resbalones por la cera derretida en el pavimento, que obliga a mirar al suelo más que al paso. En definitiva, calles intransitables. Este exceso de exhibición vetusta, hiperbólica, recuerda más a los cuentos de Rodríguez Almodóvar que a otra cosa, ya. La pregunta es: ¿qué tiene que ver la divinidad con todo esto? Tal vez nada. Dios es sinónimo de silencio.

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