El precio de Semana Santa
Vuelve el período procesional. Un despliegue de bordados de oro, mantillas, sedas, varales de plata, coronas... Todo ello acompañado de un cortejo de cofrades, clérigos, política local y comitiva nazarena; una escenografía que se repite cada año, como si la tradición necesitara exhibirse para existir. Este espectáculo fue antaño accesible a toda la ciudadanía. Hoy, sin embargo, parece reservado a quienes pueden pagarlo o tienen estatura suficiente para ver por encima de los tablones que sostienen las tribunas instaladas en el centro. Estrados que ocupan el espacio público de la ciudad y lo transforman en un recinto acotado; inutilizan bancos donde se sientan nuestros mayores a ver pasar la vida y anulan terrazas de restaurantes durante semanas. A este menoscabo se suma el riesgo de resbalones por la cera derretida en el pavimento, que obliga a mirar al suelo más que al paso. En definitiva, calles intransitables. Este exceso de exhibición vetusta, hiperbólica, recuerda más a los cuentos de Rodríguez Almodóvar que a otra cosa, ya. La pregunta es: ¿qué tiene que ver la divinidad con todo esto? Tal vez nada. Dios es sinónimo de silencio.