El paraguas
Cuando uno observa en un museo objetos humildes que pertenecieron a alguien (una brocha de afeitar, una estilográfica, unas gafas, una camisa, un bastón, un reloj) se da cuenta del cambio que se ha producido en nuestra relación con las cosas. En un mundo donde gran parte de nuestra vida ocurre en las pantallas y en el que tratamos con entes virtuales, y donde, por otra parte, los objetos son de usar y tirar, diseñados para una corta duración y que, cuando duran más, se quedan obsoletos, las cosas no son sino aquello de lo que pronto nos desprenderemos para sustituirlo por algo más actual. Cojamos al azar un libro de Azorín y veremos cómo mira lo ordinario, lo familiar, lo pequeño. Ese gusto por enseres cotidianos, esos “primores de lo vulgar” (Ortega) reflejan la manera que tenían nuestros antepasados de acercarse a su entorno. Un peine podía durar toda la vida, y en sus púas se enredarían los fuertes pelos juveniles, y luego los más débiles de la madurez, y las canas de después, y habría acompañado a la persona en distintas viviendas y ciudades y quizá países, y de algún modo recordaría la mano vigorosa que lo sostuvo recién estrenado y la temblorosa mano que lo sostiene en la vejez. Pensemos también en los libros, con un nombre y una fecha, que al sacarlos del anaquel nos devuelven dos tiempos ya idos, el de la historia contada y el de nuestra propia historia cuando compramos o nos regalaron ese volumen que acariciamos con la mirada perdida en pretéritas lejanías; comparémoslos con los libros digitales, leídos todos sobre la misma superficie de seis pulgadas.
Pero yo quería hablar hoy de otro de estos humildes objetos: el paraguas. Las lluvias que habíamos olvidado y que ahora regresan nos han llevado a abrirlos. A diferencia de otras cosas que conservo desde hace más de cuarenta años, mis paraguas sabían que cambiarían pronto de manos porque los perdería. Así que más que de los míos, me acuerdo de los literarios. El del comienzo de Niebla de Unamuno (otro comienzo, como aquellos que comentábamos en el artículo del mes pasado) lo llevo conmigo desde la adolescencia: “Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedándose un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo frunció el entrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto”. Y Augusto reflexiona sobre el uso de las cosas: “Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas—pensó Augusto—; tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en El. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males”.
Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard. La imagen de este filósofo contiene su paraguas, y él mismo cuenta que una vez, en medio de una tormenta terrible, “solo y abandonado por todos”, se le fue volando. Dudó si dejarlo ir por su deslealtad. Lo apreciaba tanto que lo llevaba aunque hiciera sol. Y aquí unas palabras que lo relacionan con ese principio de Niebla: “De hecho, para mostrar que no solo lo amo por su utilidad, a veces camino arriba y abajo del salón y me imagino que estoy fuera, me apoyo en él, lo abro, apoyo mi barbilla en su empuñadura, lo acerco a mis labios, etcétera”. El catálogo de la subasta de los enseres de Kierkegaard nos dice que tenía tres paraguas: uno de seda verde, otro de seda negra y uno pequeño. Objetos tan humildes como personales.