El día que sentí tu nombre
Siempre recordaré aquella mañana, perfumada de flores, en la que febrero había dejado su compás ceniciento, pintando con la luz más brillante a Orippo, que transitaba tranquila. Nunca olvidaré aquellas gratas emociones que calaron en mi alma, aquella explosión de alegría nacía para, una vez más, dejar sentir en mí la confianza. La esperanza que nunca me había abandonado, ese compás que late sumergiendo su voz en lo profundo, y que tiende su mano cuando ya parecía que no era posible conseguir aquel sueño.
Notar ese espacio azul donde el corazón puede experimentar el equilibrio entre la imaginación y la realidad, los sueños y la certeza, allí donde se abre un sendero de emociones. Donde es posible soñar y a la vez deleitarse en un compás donde la vida permanece andando de puntillas sobre una alfombra de cálidas pisadas. Nunca podré borrar esas sensaciones, que parecían haber surgido de golpe, y, sin embargo, recorrían el camino como a cámara lenta. Como una danza suave de ritmos sosegados, de versos declamados sobre un papel de azúcar.
Aquella mañana había ido escribiendo en mí su lira más templada, más dulce y más etérea como un chifón liviano, que cae suavemente. Dónde sentir tu nombre como la espuma donde el mar se deshace, o en el amanecer de los sentidos donde empiezan los sueños. Dónde hallar tanta alegría y a la vez tanta calma que, como un suave riachuelo entona melodías sosegadas. Dónde notar el acento de gruta, de manantial sonoro, que pasa regando la tierra con bendiciones de paz. Y sentir en las rocas el murmullo del Cielo. Jamás podré olvidar aquel momento que me llevó a emocionarme cuando comprendí que aquel día de febrero, no era casualidad, no era un decimoprimer día cualquiera, era el día de su Nombre, tomé conciencia en seguida, de lo que realmente ocurría. No era un día escogido al azar, era el día señalado, el día del encuentro. El día donde la ternura y el amparo habían acompañado mis pasos, de un blanco inmaculado y un azul celeste, se deshizo la dulce sensación que había inundado mi alma, para plasmarse dentro. Y comprendí tu Nombre y comprendí las rosas de tus pies que en dorados destellos representan tu imagen. Y conseguí por fin el anhelo de un sueño.