Cuentos chinos alcalaínos XXXIII
En Alcalá la Real, vísperas de Semana Santa, el pueblo empezaba a latir a otro ritmo. Las campanas marcaban las tardes de Cuaresma y el aire era más tranquilo. En muchas casas las abuelas abrían las arcas antiguas donde esperaban, dobladas con cuidado, las túnicas y mantillas que solo veían la luz una vez al año. El olor a jabón, alcanfor, a ropa recién planchada y a madera cincelada envolvían a las cofradías. Los hombres se reunían para preparar los pasos, ajustar la madera, revisar los faroles y ensayar con veneración cómo llevarlos por las calles empedradas. El silencio compartido cargaba con la cruz de cada uno. Las cocinas olían a potajes con bacalao, borrachuelos y empanadillas. No había carne los viernes, recordando a todos el tiempo de recogimiento. Por las noches, el pueblo parecía distinto. En la iglesia se rezaban viacrucis y algunas familias acudían juntas, caminando despacio por las calles. Los niños miraban con curiosidad y respeto los preparativos, mientras los mayores recordaban cómo lo vivieron de pequeños. Así, entre tradición, fe y trabajo compartido, Alcalá la Real se preparaba, para la llegada solemne de la Semana Santa, no solo se esperaba... se sentía en el corazón.