Cuentos chinos alcalaínos XXX

    18 feb 2026 / 11:16 H.
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    Carnaval, tú te vienes y te vas como una carcajada que estalla en mitad del invierno y, cuando más falta haces, decides despedirte enterrando la sardina. Llegas sin pedir permiso, nos pintas la cara de colores y nos recuerdas que la vida, aunque seria, también sabe bailar. Durante unos días nos permites ser otros: piratas con hipoteca, reinas con ojeras, superhéroes luchando contra el lunes. Tus últimos coletazos tienen algo de melancolía. El martes se estira como las serpentinas. Las máscaras ya no ocultan, sino que revelan el cansancio feliz de quien ha vivido más deprisa. Bajo la purpurina late la certeza de que la fiesta no es eterna y menos mal. Si lo fuera, perdería su magia. Entonces asoma el Miércoles de Ceniza, serio pero no cruel, recordándonos —con un suave golpecito en la frente— que somos polvo... aunque polvo con sentido del humor. Y la Cuaresma llega como una invitación a ordenar el alma igual que se ordena el salón tras la fiesta. Cambiamos el exceso por intención y el ruido por silencio. Porque al final, Carnaval, te vas, pero nos dejas algo más que confeti en los bolsillos: la certeza de que la alegría también puede ser profunda, y que incluso en la ceniza cabe una sonrisa.

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