Civilización o barbarie

    07 mar 2026 / 09:13 H.
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    Según el artículo publicado por el historiador e investigador Dov H. Levin en la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh, Pensilvania, titulado “Partisan electoral interventions by the great powers: Introducing the PEIG Dataset”, solo en el periodo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta el año 2000 Estados Unidos intervino al menos en 81 ocasiones de forma conocida, abierta o encubierta, en elecciones extranjeras. Si contabilizamos los golpes de Estado en los que ha intervenido, se pueden contar hasta 58 desde el final de la Segunda Guerra Mundial. No hay que irse muy lejos, se puede echar un vistazo en la web oficial del Congreso de Estados Unidos, para leer que hay cientos de casos en los que este país ha usado sus fuerzas militares en el extranjero en conflictos militares o potenciales conflictos para promover sus intereses, sin contabilizar operaciones encubiertas, o despliegues como fuerzas de ocupación, operaciones de entrenamiento militar o de asistencia de seguridad mutua o por acuerdos.

    La historia se repite una y otra vez con las mismas pautas. Lo primero es esconder los verdaderos intereses de Estados Unidos e inventar el relato que legitime la intervención. Puede ser la supuesta defensa de la democracia y los derechos humanos, la defensa del orden internacional, la lucha contra las drogas, contra el terrorismo y un largo etcétera. El argumento de la defensa del orden internacional no deja de ser paradójico cuando todas esas intervenciones se realizaron de espaldas a la legislación internacional y, a veces, incluso de la suya propia mientras se cometían crímenes de guerra, se torturaba o se mataba de la forma más atroz a cientos de miles de personas. No olvidemos que en 1998 fue el único país que se negó a adherirse al tratado que establecía una jurisdicción mundial para juzgar los crímenes de guerra, los de lesa humanidad y genocidio. Lo mismo sucede con el argumento de la supuesta defensa de la democracia y los derechos humanos cuando consideran amigos a regímenes autoritarios o se interviene en otros países y se apoya a tantísimos dictadores como a Pinochet en Chile, a Suharto en Indonesia, a los militares argentinos y a otras dictaduras centroamericanas o a monarquías absolutas como las del Golfo Pérsico. Estados Unidos no se ha privado de intervenir contra gobiernos que incluso fueron elegidos democráticamente cuando los consideró una amenaza por no alinearse con sus intereses e intentaron regular los capitales extranjeros, o trataron de redistribuir la riqueza más equitativamente o cuando intentaron nacionalizar sus recursos mineros, petrolíferos, de la banca o sus tierras. Los ha intervenido con operaciones encubiertas, golpes de Estado, guerras o con sabotajes económicos desestabilizadores o presiones diplomáticas en los mejores casos.

    La muerte de centenares de civiles y la aniquilación de líderes políticos sin juicio previo en el ataque contra Irán no es más que otra brutal vulneración del derecho internacional y un crimen. Uno más en la larga serie de intervenciones en las que el uso de la fuerza pisotea las reglas que en teoría deben regir la convivencia entre países. Cuando esas leyes solo se aplican a los menos fuertes se convierten simplemente en instrumentos de poder y dominación injusta. Se tolera la excepcionalidad para ciertos países y se permite que la fuerza de estos sea el argumento y se aplican así unos principios jurídicos con doble rasero. Y esto es ya estructural, no puntual. La inestabilidad, el caos, el sufrimiento y el resentimiento se presentan como seguridad mientras se destruye de forma sistemática el derecho internacional, se desprecia la diplomacia y se legitima la violencia como algo preventivo.

    Es brutal la muerte de tantísimos civiles inocentes y también lo es el silencio de aquellos millones de personas y sus gobiernos que guardan silencio. Unos por haber aceptado como inevitable y natural lo que no se debe tolerar, y otros por conveniencia política o cálculo estratégico. Todos callan, no denuncian y van en contra de los principios que dicen defender.

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