Bienvenido al cielo
Aconsejo tener siempre distintos recipientes para la basura que, inevitablemente, generamos nosotros, y genera nuestro entorno. Y el caso es que la gente me hace caso y me llena de mierda a poco que me ponga a tiro llamándome a beber en copas doradas extractos de lisonja con algún toque de adulación inmerecida. Es entonces cuando despierta el diablo herido que duerme a mi lado cuando no duermo y me insiste, en plena madrugada, para que tire la basura antes de que pasen los camiones para que no se quede sola un día entero al sol y al pendenciero análisis de cualquier acerero borracho. Y mi basurero diablo, concienciado, se levanta de mi cama y me grita diciendo que clasifique la basura. Que no le dejo dormir. Que no deje caer el amor en el cubo del desamor. Ni le hable de alegrías a quien solo espera penas. Que no le muestre rencor a quien está lleno de odio. Pero cierro los ojos y espero a que me arañe la espalda y haga salir de mí luciferinas manchadas de lágrimas basura. Amanece entonces y la Esperanza se vuelve azul un día más. Pero yo sigo dormido al abrigo del recuerdo de la bondad de las buenas personas que ya no están. Esa que no cabe en ningún camión. (Yo sé que mis padres se alegran de que te vayas porque te están esperando.