Aguas altas

20 feb 2026 / 08:29 H.
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Buscábamos la casa donde Ezra Pound vivió sus últimos años. Se nos hizo de noche mientras intentábamos hallar la discreta placa conmemorativa que, dicen, corona su dintel. La calle Querini se estrechaba de manera misteriosa y cínica hacia una oscuridad que desembocaba de nuevo en una plaza con canales y turistas. Volvimos a la mañana siguiente, con la luz de lo vigente y ni rastro de lo que aseguraban los mapas. Otras fuentes hablaban de la calle San Gregorio, pero para eso había que cruzar en góndola al otro lado del Paraíso. Hay momentos en que el aqua alta no permite transitar por los límites de la ciudad y las embarcaciones se balancean amarradas a un vértigo que no precisa altura y con cuya esmeralda trapichean las cúpulas bizantinas y los avispados arlequines del Adriático.

Los periódicos comprimen el espacio para las palabras. Las tertulias se envilecen con retóricas de argumentario y en el ovillo donde se ningunea la humana voluntad de entendimiento y de justicia, propios y ajenos se afanan en derogar los principios inalienables de la conciencia. Como cuentas de un rosario apócrifo, impedimos con el pulgar, en ráfagas digitales, absortos en reels inconexos, que la visión alcance los matices de la verdad, la belleza de sus claroscuros, el corazón asambleario con que, codo con codo, fuimos desafiando los preceptos del odio. Frente al ruido de las consignas, frente a la calculada estética de quienes señalan con el dedo y receban el abrevadero de la bestia que cualquiera de nosotros podemos llegar a ser, resuena el cascabel de Whitman en la eterna reconstrucción de un ser en ruinas. Aunque toda forma de poder trate de disuadirnos, somos obreros de un conocimiento mayor, de una felicidad imposible de deportar o censurar, de un algoritmo en el que aún es posible convivir en paz. Hay una herencia invisible que no podemos dilapidar de todas las presencias inocentes eliminadas por los grandes sátrapas de la Historia: la dignidad. La dignidad de cuidar el viejo fermento del pan que nos sienta a comer sin recelos en la misma mesa, donde pasado y porvenir son metales indivisibles en el acero de los días que asoman. La dignidad de quedarnos sentados cuando la exaltación del mal imprima en nosotros su codazo cómplice, incluso aunque la serpiente acerque su manzana inclinando el árbol de la genealogía civil más próxima a nosotros. Todavía estamos a tiempo de estrenar militancia en el viento que levanta la página en blanco de todos y cada uno de los diarios interrumpidos por las ráfagas del autoritarismo. Toda libertad es una mano abierta al camino contrario, que no nos confundan, aunque el lenguaje aprendido inunde nuestros pies sobre los puentes que todavía resisten el cambio de máscaras, la pesada metalurgia de un nuevo carnaval donde no apetezca el baile, sino el diálogo.

Pound y su esposa Olga Rudge vivieron apartados de toda disciplina mediática. Solo Pasolini consiguió acceder a su hermético confinamiento intelectual en uno de los grandes abrazos intelectuales al respeto y la conciencia moral, por encima del prejuicio y el proselitismo maniqueo. “L’amore di Pound per il momento puramente fatico della lingua (cioè per la sua funzione di chiachiera) è uno dei fenomeni più grandiosi della letteratura moderna”, aseveró Pier Paolo en 1967. No encontramos su casa. La decadente Venecia es la mejor metáfora de su difícil, hermosa y truculenta memoria. Y la del viejo mundo que al estirar la mano para el selfie va perdiendo la sonrisa de lo que ha dejado de salir en el negro abecedario de la verdad que nos concierne en aquello del ratsach de la Torá o lo que es lo mismo: alentar o violar el quinto mandamiento.


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