Abriendo compuertas

27 feb 2026 / 08:31 H.
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La primera vez que pisé el embalse del Tranco fue por una excursión del colegio. Los Salesianos nos llevaron en autobús para visitar —por fuera y por dentro— la presa y “la central”. Recuerdo aquella impresión —más de pequeñez propia que de miedo— cuando atravesamos las angostas y rezumantes galerías de sus entrañas y como el eco de nuestras voces se apagaba con la vibración de los generadores y el ruido ensordecedor del agua moviendo las turbinas. Se bajaba —y supongo que se seguirá bajando— por un ascensor, como si fuéramos mineros, desde una sala de control con las paredes llenas de lo que serían indicadores de presión, de temperatura, de voltajes o de amperajes. Vaya usted a saber. El que no lo haya visto, si puede y le dejan, que lo vea.

Años hace ya también que regresé, esa vez para casarme en su “catedral” con una nativa de habla madrileña que había conocido allí mismo en una noche de verbena, cuando me servía —y me cobraba— las copas, con la torre del muro recortada como fondo detrás de la barra. Y poco a poco fui descubriendo lo que no se ve. La gente de allí entre la que destacaban algunos personajes especialmente entrañables, fantásticos, peculiares, ingeniosos y originales. Cualidades que, según me explicaban, eran fruto de la influencia que en sus cerebros ejercían los electrones que se escapan de la central. Esa formidable obra de ingeniería, iniciada por unos y terminada por otros —como suele pasar con las grandes obras— que con quinientos hectómetros cúbicos de capacidad ha servido para dotar a media España de energía y para regar gran parte de Andalucía. Riqueza que, por cierto, ha servido bastante más al desarrollo de esas otras regiones que al de la propia comarca donde se genera. La imagen más clara la ofrece Antonio Arroyo en “Vidas y costumbres borradas” —de obligada lectura— cuando recuerda sus noches de estudio a la luz de un candil, a pocos metros de donde pasaban los cables de alta tensión. En general, la historia de esta sierra ha tenido más de sombras que de luces, más episodios de expolios que de restituciones, y durante demasiado tiempo las decisiones se tomaron lejos, con administraciones distantes y ayuntamientos que, por sumisión o por dejación, fueron perdiendo capacidad para defender lo que les era —y les sigue siendo— propio.

Por eso es justo reconocer hoy la decisión adoptada por el Ayuntamiento de Hornos y la Junta de Andalucía para regularizar la situación de las viviendas del poblado. No es una simple actuación administrativa sino una cuestión de dignidad que viene a refrendar que quienes han cuidado esas casas durante varias vidas, puedan ser, por fin, sus propietarios. Y puede ser también el principio de una nueva era en la que además de su casa, la gente sea dueña de su futuro, formando parte de una entidad municipal propia, de una aldea de vecinos con sus obligaciones correspondientes y sus derechos inherentes. Da gusto andar por allí estos días. El Tranco se está llenando de agua, pero también de esperanza. Y es que con esta medida se podrán ir abriendo las compuertas para que sean los propios vecinos, junto a su alcalde, quienes lideren un cambio histórico. Ojalá se llene también de inversiones, de trabajo y de vida. Después de tantos años dando tanto, ha llegado el momento de que empiece también a quedarse algo para sí mismo el propio Tranco.

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