Manuel Ruiz de Adana: “No sé cuánto tiempo vamos a mantener este estatus artificial, la gente vive gratis”

En su haber, una retahíla de polémicas periodísticas y una pluma que llama a las cosas por su nombre, con un lenguaje excelso pero claro y en su debe, una profesión por la que está dispuesto a dar la batalla

09 ene 2026 / 08:57 H.
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Comparto con Ruiz de Adana una razón fundamental de vida, la del periodista curtido en unas cuantas guerras sonadas que aún después de ir y venir muchas veces en esto de la pluma y los navajazos, sigue dispuesto para la batalla que se tercie. Pero sobre todo, brota entre ambos, una vida parcelaria en común, la de la soledad machacona y la bajada en picado y sin frenos del redactor jefe, ese jefe de Personal de algo tan intangible como una Redacción llena de periodistas “de tomo y lomo” (frase suya) donde no hay monsergas ni banderas cuando llega hora del cierre y sí muchas miserias, las propias de cada oficio. Criticado y a los pies de los caballos en más de una ocasión porque no es que nunca rehuyera la polémica, es que la creaba él mismo, Manuel Ruiz de Adana representa para Jaén el periodismo en estado puro; no se entienden los años setenta y ochenta, la transición y la llegada de la democracia sin su opinión privilegiada. Vivió en primera persona ese cambio radical de sintonía política desde un puesto de primer orden, la de redactor jefe del periódico, en manos del Movimiento en aquellos tiempos, y con hilo directo con todos los jerifaltes del Régimen.

Llegó y no dio respiro alguno a los novísimos apátridas del Jaén aceitunero y casposo y se autoproclamó “el último flecha”. Aquello sonaba a vindicación cuando era una clara provocación por el cambio constante de chaqueta de los personajes de la época. “Umbral había dicho que era el último niño de derechas y cuando veía aquella Jaén de 1976, donde nadie había sido falangista, me dije, aquí hay que llamar la atención —aclara ahora Ruiz de Adana—. Se alcanzó cierta sorpresa en la derecha, que estaba escondida debajo de la mesa y, en la izquierda, a algunos les sonó a escándalo, aunque yo creo que los listos, sobre todo en la clase política, entendieron que yo no era flecha de nada”.

Está retirado del mundanal ruido periodístico, vive en su pueblo, en Porcuna, desde que se jubiló en la Seguridad Social (los empleados del periódico pasaron a la Administración pública en 1984, cuando se privatizó la cabecera) y ahora ni se asoma ni escribe en ninguna tribuna de Prensa con esos artículos ácidos, mortales y mordaces de necesidad, que no dejaban a nadie impávido; es más, a alguno que otro lo dejaba tuerto, figuradamente. Será por esa ausencia larga ya en el tiempo, que en este nuevo careo del Diario de un Náufrago el entrevistador apenas pregunta. Se le nota a las claras su necesidad de comunicarse; Ruiz de Adana habla y habla, hasta por los codos. Será por eso y por la primera regla del interrogatorio severo en Prensa, que él mismo transcribe en una dedicatoria en un libro del Quijote que me regala en una sobremesa plácida y larga: “Nunca hagas una pregunta si no sabes la respuesta”. A él se le adivinan los dardos incendiados, fueron miles los artículos de mando en plaza en su época al frente del periódico y, ya en democracia, volvió a sus orígenes y compatibilizó su puesto de funcionario, sus asesoramientos a la cúpula de la Patronal jiennense y también unos artículos en esta casa que le costarían a la larga la cabeza en la segunda de sus pasiones, la Confederación de Empresarios de Jaén. Porque escribir es casi siempre sufrir y a veces morir, morir metafóricamente; algo del alma se escapa cada vez que expresamos nuestros recovecos más recónditos y allí está, presto, el azuzador deseoso de cabezas frescas. Escribir es por encima de todo, compromiso y crítica. Escribimos para comunicar. Escribimos para contar. Escribimos para decir cosas; algo no muy claro en Jaén donde hay periodistas y articulistas maestros en escribir y escribir líneas y nunca decir nada (vamos, nunca sabes si suben o bajan). Reflexiones en voz alta, “Adanarios” de Adana, que se hacían luz a través de la propia luz del periódico y a Manolo esa luz le cegó de diáfana que la transmitía.

Ha sido reservado para las pequeñas cuestiones, las insignificancias, pero no ha robado adjetivos nunca, en positivo y en negativo; es más, los sustantiva para recrearse en esa realidad que nos circunda y que tan poco reflexionada está. Sigue así, como los viejos toreros, sacando punta a la espada en la muleta: “La sociedad de ahora está enferma; la enfermedad de Jaén, como la de España, es la aristofobia, o sea, el odio a los mejores, de ahí la prevención que hay en contra de personalidades, esos individuos señeros en cualquier orden de cosas”. Y a la soflama anterior que basa en la sociedad subsidiada —”más del 30 por ciento de los jiennenses vive de la sopaboba”—, suma otra mucho más ardiente sobre esta Jaén nuestra: “No sé si vamos a poder mantener ese estatus económico que tenemos ahora, que yo creo que es el mejor de la historia; es un estatus económico artificial, que se nos puede ir de la noche a la mañana, porque no tenemos una base sustentadora de ese bienestar general y sobre todo, en los pueblos, donde prácticamente la gente vive gratis”.

Alaba el dejar hacer de la UCD de entonces en el periódico de los 70, cuando la costumbre era dirigir desde el Gobierno Civil todos los escritos que se publicaban y habla de esa época como de germen democrático ante las viejas camisas azules que habían cambiado de bando. “Un periodista de raza, independientemente que sea de izquierdas o de derechas, lo que quiere es la libertad de expresión, es su alimento, lo que le hace vivir. En la Escuela de Periodismo enseñan que la información es el reflejo de la situación de poder, pero nosotros forzamos las máquinas y gracias al Gobierno de la UCD, el periódico JAEN de esa época no hizo mal papel al lado de los compañeros de otros periódicos”. “La sociedad de Jaén de entonces —apostilla— era cerrada, elitista, en el peor sentido de la palabra. Una sociedad de los mismos con las mismas, o esa maldad que sigo yo a veces, los mismos sobre las mismas. Parecía eterna, y ese Jaén eterno se derrumbó con la llegada de la democracia, tuvo miedo al cambio, un miedo tremendo y quería fidelidades de gente que no le íbamos a aceptar esa fidelidad que ellos pedían”.

¿Es consciente que le teme por lo que sabe? Se lo pregunto a bocajarro, en un descuido con sus papeles, y la respuesta es de maestro: “En este mundo, todos sabemos de todos, como le decía el campesino castellano a don Miguel de Unamuno. No creo que yo sepa algunas cosas que no se sepan o se las figure alguien”.

Crónica publicada el viernes, 25 de febrero, de 2005 por el director de Diario JAÉN, Juan Espejo.

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