Madre Chon, la alegría y fortaleza de la fe

Asunción Colomo Lara, religiosa tosiriana de la Residencia Nuestra Señora de los Desamparados

02 feb 2026 / 13:40 H.
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Alegre, servicial, agradecida, humana, bromista, siempre pendiente de los demás, cercana, generosa... Así es como se recuerda a Asunción Colomo Lara, conocida por todos como Madre Chon en su Congregación Madres de los Desamparados y San José de la Montaña de Torredonjimeno. La orden gestiona en esta localidad el Colegio de San José de la Montaña, al que asisten 245 niños de 3 años a cuarto de la ESO, y la Residencia y Centro de Día para Mayores Nuestra Señora de los Desamparados, con 33 residentes y 15 ancianos más que acuden al centro de día. “El apostolado de Madre Chon era cuidar y acompañar a las personas mayores, pero también se integró muy bien en el colegio”, recuerda la guatemalteca madre Mayra, titular de la casa, superiora, y directora del colegio, para quien la vida de madre Chon fue “ejemplo de vocación, servicio y amor al prójimo”.

Fallecida el pasado 14 de enero a los 65 años de un cáncer de ovarios, Madre Chon era una tosiriana orgullosa de su pueblo. Fue la menor de siete hermanos de una familia muy católica y desde pequeña mostró ya ese carácter tan suyo: alegre, bromista, siempre sonriente y con una curiosidad especial por la vida religiosa. Así que cuando a los 18 años salió de Torredonjimeno para ingresar en la Congregación en Valencia, no fue ninguna sorpresa para sus amigos y allegados. Lo esperaban.

A partir de ese momento vivió “siempre con la maleta debajo del brazo durante más de 40 años”, como ella decía. Estuvo en distintas comunidades de Valencia, Málaga, Barcelona y Jaén. En particular, se recuerda su trabajo como Superiora en Martos, donde llegó en el año 2000, pero su destino más esperado fue el que le llevó al otro lado del charco, cuando ya apenas confiaba en ver cumplido su sueño de ser misionera. En 2019 lo consiguió. Se fue a El Guamo (Colombia), que para ella supuso una oportunidad porque pudo compartir vida con los más pobres en un ambiente de violencia por la guerrilla.

En una presentación que redactó para dar testimonio de su labor como misionera, madre Chon escribió: “El tiempo que estuve allí me ha enseñado a valorar la vida, a mi familia, lo que tengo y lo que soy con gratitud”. Contaba también cómo muchas familias abandonaban a su suerte a los ancianos en pequeñas aldeas, donde los mayores construían sus chabolitas para refugiarse. Allí iba a visitarlos la religiosa tosiriana y, cuando no podían valerse y alimentarse por sí mismos, los llevaba a los hogares de la orden.

Madre Maite, una malagueña que ejerce como profesora de religión, encargada con madre Mayra de su cuidado en sus últimos meses de vida, recuerda que le detectaron el cáncer de ovario allí, en Colombia. Pese a su gravedad, “no quería venirse a España para tratarse, pero en una de las visitas de la Madre General, responsable de las comunidades, le dijo que tenía que volver para hacerse una revisión médica en condiciones y, como unas sobrinas suyas iban a hacer la primera comunión, se vino y la Madre General insistió para que fuera al médico, aunque ella quería volver a Colombia”. Tenía 63 años. Aún no sabía la gravedad de su dolencia, pero pronto se hizo evidente y no le quedó más remedio que resignarse. Se quedó en Torredonjimeno. “Su cáncer era muy agresivo – explica madre Mayra - pero ella luchó hasta el último día y, al final, lo hizo como su apostolado. No lo vivió con tristeza o como una desgracia, sino al contrario. Siempre estaba animada, con esperanza y dando gracias por todo”.

Madre Maite, que no pudo contener las lágrimas en varios momentos de nuestra conversación con ella cuando recordaba la trayectoria de su compañera, subraya cómo cuando “estaba ya con dos bombas de morfina, porque tomaba la morfina por vía subcutánea, además de inyectarle por la mañana, le decíamos que tuviera cuidado para no resfriarse estando tan mala como estaba, pero a la que te descuidabas la tenías recorriendo toda la casa”.

Subraya madre Mayra que era “una mujer luchadora, valiente, con mucha fortaleza y que vivía con pasión su vocación de servir a los demás. Incluso estando enferma sacaba fuerzas para poder cumplir con nuestros apostolados”. Madre Maite coincide con ella: “Como vivía para los demás, incluso estando enferma, cuando le preguntaban por cómo estaba ella siempre le daba la vuelta a la conversación y terminaba preguntando a la persona con la hablaba cómo estaba, si necesitaba algo... y le hacía un seguimiento. Le llamaba para ver cómo iba todo. Ella siempre intentaba mantenerse en un segundo plano”.

Madre Chon luchó para vivir su última Navidad, una celebración muy importante para ella y toda su congregación porque la orden nació un día de Navidad. Así que la arroparon y acompañaron cuanto pudieron. “Como ella estaba malita, y no bajaba mucho a la residencia, le puse en su cuarto un Belén, que quería tener siempre iluminado. También el árbol, las luces...”, cuenta madre Mayra.

Cuando supo que la muerte se acercaba, quiso morir en su casa, en Torredonjimeno, pero la víspera de Reyes tuvieron que ir al Hospital de Jaén porque los dolores eran tremendos “y la doctora de paliativos tenía que ajustarle la medicación, a ver si conseguían estabilizarla, pero no pudo ser”, cuenta madre Maite. Y finalmente, su amiga, a la que conoció cuando tenía solo 14 años, falleció el 14 de enero de 2026.

Como deseaba la religiosa, su funeral se ofició en su querida iglesia de San José de La Montaña, en Torredonjimeno. “Sabíamos que iba a venir mucha gente a despedirla, porque tenía amigas, familiares y mucha gente que la conocía desde pequeña en el pueblo, así que nos sugirieron que lo hiciéramos en la Iglesia de San Pedro o Santa María, que son más grandes. Pero ella era muy devota de San José de la Montaña y quiso que se hiciera todo aquí, en su casa”, explica madre Mayra. Así que su pequeña iglesia se llenó totalmente y, tras el funeral, pasaron un par de días de locos con la casa llena de gente que vino a despedirla, a darles el pésame, entregarles ramos de flores...

Hoy todos la siguen llorando, pero quienes más la echan de menos son las personas mayores de la residencia, a los que les arreglaba con toda la paciencia del mundo el móvil cuando se les desconfiguraba algo, o los ponía a bailar o cantar, si los veía apagados.

Ahora quien se ha apagado es ella. Ya son sólo 6 las madres de la Congregación en Torredonjimeno. Y todos echan de menos a la séptima porque vivió para ayudar, acompañar y amar a los demás. DEP.

Obituario escrito por Carmen Jiménez

Jaén
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