Sacando al payaso oculto

22 mar 2020 / 12:11 H.

Una semana convencional comienza el lunes, pero me voy a permitir el lujo de salirme de los formalismos, pues creo que la situación tan inusual lo permite, y marcar el inicio en el sábado, primer tras acudir por última vez a la redacción hasta no se sabe cuándo. El sábado siempre es un día importante en mi calendario, no por el hecho de no trabajar o salir de fiesta, sino porque —con alguna salvedad— comienzas los encuentros de baloncesto, una pasión que roza el vicio. Pero el pasado sábado no fue así, algo fallaba: las competiciones estaban suspendidas y el balón naranja no botó. Por suerte una semana antes este deporte puso en mi camino a un amplio número de locos con la misma tara que el que escribe que ante la situación del país decidieron realizar un maratón radiofónico dedicado al baloncesto femenino —porque tras cerca de dos décadas siguiendo hasta niveles insospechados las competiciones masculinas, desde hace algo más de un lustro mi atención se centró en los partidos jugados por mujeres, menos físico y con mayor importancia táctica y técnica— que no solo me ayudó a que las horas, desde las cuatro de la tarde, pasarán volando, sino que me invitaron a vivirlo desde dentro durante un largo rato. Sin duda los inicios siempre son los mejores y el de mi semana así lo fue. Además, era el día previo a la limpieza general dominical, obligatoria pero que nunca es de agrado —aunque la próxima, con más de una semana de confinamiento, no va ni a hacer falta, porque por ocupar el tiempo habría limpiado hasta la rueda de repuesto del coche si pudiera salir a hacerlo— y el prólogo a que la rueda comience a girar de nuevo con horas y horas frente al ordenador para llevar toda la información a los lectores de Diario JAÉN. Fue un día de pasar de la idea de pasar esta cuarentena solo en el piso a encontrarme con un compañero y una perra, que a la larga está siendo un salvavidas y no por el salir a pasearla.

Amanecía un nuevo día y con ella la rutina de encontrar qué contar sobre el mundo de la Cultura, pero no me detendré en los detalles labores, pues espero que esa lectura ya tenga el tic azul, día a día, en las páginas del periódico. Fue raro no salir a hacer una entrevista, cubrir una rueda de prensa o dar un paseo, pero lo peor no fue eso. A primera hora de la mañana, cuando tocaba ponerse se en marcha para comenzar el teletrabajo, mi portátil decidió que no quería despertarse —spoiler: siete días después está a punto de volver a ponerse a mis órdenes y darle caña más de 16 horas diarias— y toco buscar alternativas. Primera noticia positiva de tener compañía en el piso, o al menos de que tenga un ordenador que poder usar en el día a día.

Con el paso de las jornadas, como imagino que a todo el mundo, saliendo únicamente una vez al día para pasear a la perra —porque ha pasado a ser el bien más preciado de la casa, más incluso que el papel higiénico o la comida del congelador con la que podemos sobrevivir más de un mes—, las horas se han ido haciendo más largas y cualquier alternativa de ocio, aunque sea una bola de papel de plata, se convierte en un acontecimiento digno de remarcar. En este tiempo he vuelto a hacer malabares, casi una década después, aunque sin pelotas, con rollos de papel, que también sirven para hacer equilibrios o, en resumen, el payaso, porque es una oportunidad genial para dejar aflorar esas cosas “de niño” que dejamos en el olvido.

Sacando un lado un poco masoca —realmente pensando en el largo plazo— durante la primera semana me he resistido a empezar ninguno de los seis libros que tengo pendientes, pues en un futuro pueden valer su peso en oro; y no fue hasta el jueves por la noche que vi la primera película —imperdonable, pero tenía pendiente “La Trinchera Infinita”—, porque el ver cómo mi compañero de piso pierde constantemente al Fornite, de momento, me reconforta suficiente. Así, entre payasadas, limpieza y dar muchas vueltas por el piso pasaron siete días, los primeros de no se sabe cuántos, pero con alegría.