Terapia para acabar con el machismo más violento
Nuria Fernández / Jaén
El tiempo no hace desaparecer una personalidad agresiva. Por eso, Prisiones ofrece terapia a maltratadores, pero sólo desde hace un par de años y a hombres que ya han sido condenados. Hasta la fecha, la provincia no cuenta con recursos para frenar las primeras señales de ira machista lejos de una pena judicial.
Nuria Fernández / JaénEl tiempo no hace desaparecer una personalidad agresiva. Por eso, Prisiones ofrece terapia a maltratadores, pero sólo desde hace un par de años y a hombres que ya han sido condenados. Hasta la fecha, la provincia no cuenta con recursos para frenar las primeras señales de ira machista lejos de una pena judicial.
No hay un perfil de maltratador. El único factor común que comparte la mayoría —ni siquiera todos— de los hombres que ejerce violencia de sexo es una profunda concepción machista. En su papel de “macho” la dominación es casi un deber y las vejaciones y los empujones, herramientas para imponer autoridad. Por eso, la mayoría de los hombres que participan en la terapia que imparten los Servicios Sociales Penitenciarios externos no son conscientes de que su actitud sea delito, a pesar de que una sentencia judicial lo atestigüe.
Francisco Gonzalo y Beatriz están al frente de estas terapias grupales. Se trata de una medida alternativa a la prisión, condición para beneficiarse de la Suspensión de Condena, el programa que opera en Jaén desde 2005 y al que se pueden acoger los condenados a menos de dos años de prisión, que no cuenten con antecedentes y hayan pagado las indemnizaciones pertinentes a las víctimas. Entre dos y cinco años, esta persona deberá recibir una intervención terapéutica relacionada con el delito por el que se le ha castigado. El 95 por ciento de las suspensiones que se tramitan en la provincia son por vejaciones machistas.
Desde el comienzo del plan, en Jaén se ha atendido a veintiséis grupos, pero un análisis pormenorizado de cada individuo precede y sigue a la intervención.
“El trabajador estudia las carencias y necesidades de la persona que se va a someter al tratamiento. Se tiene en cuenta si presenta algún problema de drogadicción, de salud mental, su edad y qué ha hecho para pasar por juicio”, explica Gonzalo. “Después de una serie de entrevistas individuales, se agrupa a la persona con otras con características similares y se somete a una terapia de seis meses. Hasta completar el periodo de dos años, realizamos un seguimiento personalizado”, añade. Y hasta cinco, pues serán los que considere el juez y, si en este tiempo incumpliera alguna de las condiciones, como quebrantar la orden de alejamiento o abandonar el curso, el magistrado revocaría la suspensión y volvería a entrar en vigor la pena dictada en su día.
PREVENCIÓN. “Una temporada en la cárcel no rehabilita a nadie. Lo que realizan los Servicios Sociales es una actividad preventiva”, explica Miguel Mora, trabajador social y uno de los directores de los programas de rehabilitación para maltratadores que se realizan en prisión. Es la misma línea en la que trabajan Beatriz y Francisco Gonzalo.
“Si se detecta una conducta agresiva, es preciso modificarla para que no haya más víctimas. Si sólo se incide en la culpabilidad, habrá más agresores potenciales”, coincide el último. “Lo que tratamos es una conducta, y estas están determinadas por factores personales y sociales”, apunta Beatriz. Por eso, cada caso es único y no se puede hablar de un “patrón de maltratador”.
Entonces, ¿cómo se configura el tratamiento? Por un lado, se trabaja la asunción de la violencia como mecanismo de defensa porque “se autoengañan y piensan que lo que hacen es corregir los comportamientos de su mujer y que tienen derecho a ello”, explica el psicólogo. “Son pautas adquiridas de la sociedad que, hasta hace poco, estaban consentidas y ahora son delito. La mayoría no entiende por qué están aquí”, dice Mora.
Los estereotipos y la visión machista, las ideas distorsionadas e irracionales sobre la mujer y sobre la violencia son conceptos que justifican el derecho a gritar, insultar y amenazar y los que se pretenden borrar a través de los cursos de rehabilitación.
La cara oscura es que estas terapias son una imposición. En prisión, donde se realizan desde 2006, los internos se prestan voluntariamente a los cursos, que duran nueve meses. “Pero tampoco se puede decir que sea por iniciativa propia, porque no hacerlo puede perjudicarles a la hora de establecer el tercer grado, por ejemplo”, opina Mora. En torno al 20% de la población de la cárcel de Jaén está relacionada con un delito de violencia de sexo.
Si quisieran hacerlo, hay recursos públicos que lo posibilitan. Sólo psicólogos particulares, como Francisco González Segarra, ofrecen este tipo de ayuda y este también reconoce que casi todos acuden durante un proceso de culpa o instigados por su pareja. A pesar de que en apenas cinco años las terapias se han multiplicado, “tiene que haber un recurso previo y preventivo”, como dice Mora. Según Gonzalo, casi todos se dan cuenta de la utilidad del tratamiento.
“Me enfado porque no ha sido mi esclava, no porque no esté la cena” “El maltrato no es una patología. Se origina en la posición de masculinidad en el sentido de ejercicio de poder”. Así define la violencia machista Francisco González Segarra, uno de los pocos psicólogos que ofrece terapia particular. También es miembro de la Asociación Hombres por la Igualdad de Género.
Los hombres buscan terapia de manera voluntaria porque sienten el deseo de tener paz con su pareja y, normalmente, durante el proceso de culpa que los asola después de una agresión. “Ese es el momento más fácil de intervenir”, asegura González Segarra, “cuando toman consciencia de que utilizan la violencia contra alguien a quien quieren”. De todas maneras, reconoce que el número de personas que pide ayuda por su propio pie es demasiado bajo.
El experto asevera que la violencia machista no va asociada con una personalidad violenta, sino por dominación, y ese afán tiene rasgos machistas. “La violencia está institucionalizada” añade. “Históricamente, el hombre ha invisibilizado y sometido a la mujer, de manera que la su reflexión es: ‘Yo, como macho, como varón, tengo que dominar a la mujer, hacerla mía’, y todas las estrategias que emplea están destinadas a ello”, añade. Con el fracaso, llega la frustración, y con la frustración, la violencia. “Es por eso que un maltratador no se cabrea porque no tiene la cena en la mesa, sino porque su esposa no está siendo su esclava”, añade.
Así, las agresiones físicas son el último recurso, cuando los demás sistemas de control no han surtido efecto, y la separación, cuando la rebelión de la mujer adquiere la máxima expresión, cuando más peligra la vida de ella.
Las mujeres jóvenes se sublevan más, aunque el machismo sigue entre ellos. “Hay muchos novios jóvenes y el narcisismo es determinante para que las agresiones sean más violentas”.