Recuerdos desde Expoliva
Soy jiennense y, por variados motivos, personales y profesionales, con bastante relación con el mundo del olivar, por lo que he visitado Expoliva en, prácticamente, todas sus ediciones.
En cada ocasión me ocurre igual, e inconscientemente, cada stand me obliga a hacer un recorrido por mi memoria. Sin embargo, nunca, como en esta última ocasión, me ha resultado tan asombroso lo profundamente que han cambiado las cosas en el entorno del olivo. Irremediablemente, su visita me transporta al recuerdo de cuando acudíamos a nuestra cooperativa a retirar el aceite para todo el año, para lo que debíamos ir provistos de las oportunas ánforas, o cántaros de lata, porque, por extraño que hoy pueda parecer, en aquel entonces no había indicios, ni remotamente, de que en algún sitio se vendiera el aceite ya envasado.
Y lejos me lleva el recuerdo de cuando el transporte de la aceituna, desde la finca hasta la fábrica, se hacía en sacos, los cuales requerían casi de un curso especializado para que fueran atados debidamente, a fin de que no se desparramara su contenido en el trayecto.
Y madre mía, la de artilugios y aperos que han ido desapareciendo por el camino y que en otro tiempo resultaban de imperiosa necesidad, como la famosa “criba”, para no llevar la carga a la fábrica con demasiadas hojas y piedras. Hoy en día es una gozada visitar Expoliva y comprobar cuántos inventos creados destinados a servir a este sector. Pero la novedad que más ha llamado mi atención este año ha sido la harina hecha con semilla del hueso de la aceituna, y destinada al uso alimenticio.
Sus ventajas son que tiene pocos azúcares y es baja en hidratos de carbono, por lo que puede llegar a ser una revolución en el mundo de la repostería. Recuerdo que en cierto artículo de opinión que escribí en este medio, hace ya un tiempo, aludí al poco provecho que Jaén sacaba de nuestros productos olivareros. Pues bien, hoy no puedo decir lo mismo. Lo único que falta ya es que le demos a estos productos la comercialización que se merece.