La doctrina del shock
Tomás Gutiérrez Roa/Desde Jaén. Estamos en shock. La sociedad yace inerte tras el impacto psicológico provocado por una crisis que nadie esperaba y que se ha cobrado ya demasiadas víctimas. Al contemplar el sufrimiento de muchas de las familias españolas que hace algunos años podían permitirse más de un capricho y que ahora se asoman con miedo al umbral de la pobreza, sin duda víctimas colaterales de una crisis que nunca llegaremos a comprender en su totalidad, la sociedad se paraliza como consecuencia del miedo y la agonía que supone no poder pagar el siguiente vencimiento de la hipoteca.
Este shock tan profundo es utilizado por nuestros gobernantes para implantar medidas y reformas impopulares y muy perjudiciales para la clase media sin ningún tipo de resistencia. Esta idea no es nueva. Naomi Klein ya la explicó en su famoso libro “La doctrina del shock, el auge del capitalismo del desastre”. En él, la reputada periodista de investigación demuestra, basándose en algunos hechos históricos, que los gobiernos que quieren llevar a cabo transformaciones económicas no favorables a las clases medias se aprovechan de la conmoción que provocan en estas algunas catástrofes, tanto naturales como de otra índole, para poder llevar a cabo dichos cambios sin ningún tipo de respuesta social. Algunas de los mayores desastres aprovechados por las autoridades para realizar reformas impopulares fueron el 11-S, el huracán Katrina o las persecuciones políticas que llevaron a cabo las dictaduras militares de Videla y Pinochet en Argentina y Chile respectivamente. El padre de esta doctrina fue el Premio Nobel de economía Milton Friedman, que abogaban por los mercados libres y por la no intromisión del estado en la economía, defendiendo que solo la liberalización económica puede llevar a la democratización política. Y ese es nuestro pan de cada día. Bajadas de sueldo a los funcionarios, recortes en la sanidad y en la educación pública, reforma laboral y muchas más medidas “anti-crisis” que se aprueban sin ninguna resistencia ciudadana, aprovechando la parálisis y el entumecimiento de la clase media. Estamos inmersos en la doctrina del shock. Mientras los medios de comunicación nos bombardean con alarmantes cifras del paro, reportajes de desahucios y noticias sobre una economía que parece agonizar, introduciendo en nosotros la horrible idea de que el próximo despido puede ser el nuestro, los gobiernos reforman y moldean la economía al gusto de los más ricos y poderosos, implantando un capitalismo mucho más liberalizado donde, a la vez que los mercados disfrutan de su situación hegemónica, las coberturas y los derechos sociales menguan día tras día. Y lo hacen sin resistencia, porque los ciudadanos nos encontramos asustados y paralizados ante una apocalíptica realidad en la que ya no distinguimos lo real de lo ficticio. La doctrina del shock funciona, porque el miedo al desastre es mucho más poderoso que el desastre en sí.