Juan Rubio Fernández: “Cuento la vida y muerte de doce mártires y su contexto”

Justo en el momento en el que se dio cuenta de que había quienes desconocían la persecución religiosa que hubo en la Guerra Civil, el sacerdote y también periodista comenzó a escribir un libro que el pasado viernes, en la residencia San Juan de Dios de Andújar, empezó un recorrido que a nadie dejó indiferente

04 ene 2026 / 13:00 H.
Ver comentarios

VÍDEO

LA ENTREVISTA

Puede que no sea consciente de que, cada vez que abre la boca, atrae todos los focos. Si, además, lo hace con un libro como excusa perfecta para hablar de lo mucho que sabe, las atenciones están garantizadas. El sacerdote, periodista y escritor Juan Rubio Fernández (Fuerte del Rey, 1958) presentó este viernes pasado “Testigos del Amor Crucificado”, una crónica sobre los once clérigos y un laico asesinados “por odio a la fe” entre el 15 de agosto y el 17 de octubre de 1936 en Andújar, doce de los ciento veinticuatro mártires jiennenses beatificados el 13 de diciembre en la Catedral de Jaén. La residencia San Juan Dios fue testigo de la primera parada de un recorrido literario que no pasará desapercibido.

—Lo primero, de obligado cumplimiento, preguntar por la salud.

—La salud, bien, con una neumonía que me ha tenido recluido, pero he aprovechado para trabajar.

—¿Cómo se siente un periodista al ser entrevistado por otro, otra en este caso?

—Más libre a la hora de responder.

—Siempre lo ha sido...

—Siempre he sido libre escribiendo, preguntando y haciendo. Otra cosa es que, a veces, la urbanidad y el respeto hacen que frene esa libertad. Yo estoy convencido de que, cuando lo que es verdad se dice sin caridad, deja de ser verdad.

—En su vocación interna, ¿despertó antes el sacerdocio o la vocación periodística?

—El sacerdocio. Eso sí, desde el Seminario Menor, el Bachiller, que lo hice en Montilla, en Córdoba, yo era el encargado del periódico “Mural”, con todas las secciones. Antes de ser cura hacía mis pinitos, con Cartas al Director, artículos...

—¿Había periódicos en casa?

—No, pero los periódicos llegaban a la tienda de un tío mío, que era falangista, y yo iba allí y los leía. Por otra parte, tuve la suerte de que, cuando mis padres vivieron en Barcelona, mi padre estuvo cinco años de repartidor de Prensa de Sabadell y, con un sello que prohibía su venta, uno se lo quedaba todos los días.

—Mójese, porque las dos son profesiones. ¿Cuál le hace más feliz?

—Le podría responder acudiendo a un periodo de mi vida muy concreto, en el que compaginé intensamente el periodismo con el sacerdocio: los cinco años que estuve en la Sierra de Segura. Entonces, lo que no podía decir en el púlpito, pero que tenía que denunciarse, lo decía en el papel. Tuve conflictos. Aquella página que yo publicaba los jueves era la voz de los sin voz y yo lo tomaba como parte de mi ministerio sacerdotal. Allí estaba suelto, libre, y Antonio Garrido no me ponía pegas.

—Dicen de usted que ejerció la libertad en tiempos eclesiales complicados. ¿Cree que ahora hay más facilidad para sentirse libre dentro de la Iglesia?

—Bueno, en la Iglesia que yo he vivido la libertad vino con el Vaticano II, no la libertad de decir todas las cosas que te salgan del cuerpo, sino la de pensamiento dentro de la Iglesia. Hoy creo que hay una gran atonía en la que no es que se haga difícil hablar con libertad o ser libre, sino que no se entienden las razones por las que en este momento eso que dices es fruto de una libertad necesaria. Es decir, hoy la Iglesia en general, más que involucionista, está en hibernación, con el miedo en el cuerpo, de tal forma que, para hacer las cosas importantes, ya ni consultan ni rezan, sino que están pendientes de lo que digan las redes sociales. Los obispos tienen más miedo a internet que a la condenación eterna, y en la formación de los seminarios tenemos jóvenes de una generación a la que no se le ha enseñado a pensar y es muy difícil que cultiven la libertad, con lo que hay una atonía que no es que permita o no permita la libertad, sino que te lleva a pensar... ¿y para qué?

—Siempre rompió usted moldes.

—Mucho. Recuerdo, en el mes que decidí irme de “Ideal” a Diario JAÉN, fui a hablar con Santiago García Aracil y le pedí traslado a San Ildefonso. Nunca me puso obstáculos. Se metió por medio Esteban Ramírez y, desde entonces, estoy estigmatizado en el clero por mi trayectoria periodística. No entienden que soy un cura que escribe, no un periodista que dice misa. Veo y noto perspicacia y comentarios en las nuevas generaciones. Y, además, como el periodismo hoy es algo perverso, me asocian a él.

—¿Por qué?

—Por los bulos de que atiendo más al periodismo que al ministerio. Cuidado, ese baldón lo llevo sin trauma, hago lo que tenga que hacer.

—Más de cuarenta años de cura...

—(Interrumpe). 43 años de sacerdocio y 45 escribiendo.

—¿Qué sitio le ha marcado más?

—De todos, algo. Me marcó mucho mi paso por la Sierra de Segura. Viví muy feliz en Baños de la Encina. En Andújar, donde hace treinta y ocho años puse mi residencia, de todo. Desde el momento en el que eres el puto amo, arcipreste, vicario... hasta que no te hablen por la calle ahora. No puedo decir que, aún habiendo optado por vivir y morir aquí, sea el mejor sitio de mi trayectoria. Fui muy feliz, en los años primeros, en Santa María, pero la segunda etapa, a la vuelta de Madrid, no, no. Andújar, aunque alguien se moleste, es una copa de veneno con miel en los labios. Esta frase me la dijeron a mí, yo no lo sabía ni me había dado cuenta, me molestó al principio, pero le di vueltas y he ido comprobando que el dicho lleva gran parte de razón. En Fuerte del Rey nací, pero a los cinco años nos vinimos a vivir a Jaén y, aunque me he interesado mucho por su historia y soy cronista, no he tenido gran relación.

—¿Hay alguien que se conozca más el costumbrismo jiennense, del que usted tanto ha escrito, que un sacerdote?

—El costumbrismo jiennense, por ser gran parte de él referido al ámbito religioso, el sacerdote puede entenderlo mejor. Sin embargo, luego hay escritores costumbristas buenos, aunque quedan pocos.

—Capellán diocesano del Monasterio de las Monjas Trinitarias. ¿Qué significa esta parada en el camino vital?

—Es el último trayecto. Cuando le pedí al obispo dejar la parroquia, le solicité celebrar una misa diaria como capellán de las Monjas Trinitarias, a quienes me une una amistad desde hace muchos años. Así que, todas las mañanas, los 365 días del año, a las 8:25 horas, celebro mi misa. Es una experiencia muy bonita. Me preparo las homilías una vez a la semana todas, para que lleven el mismo hilo.

<i>El sacerdote, periodista y escritor Juan Rubio Fernández, autor del libro “Testigos del Amor Crucificado”.</i>
El sacerdote, periodista y escritor Juan Rubio Fernández, autor del libro “Testigos del Amor Crucificado”.

—Año nuevo y libro nuevo, “Testigos del Amor Crucificado”. ¿Por qué decidió ocuparse de los mártires de Andújar?

—Fue una idea que me vino de pronto, cuando vi que hay quienes desconocían los grandes hitos de la Guerra Civil y, sobre todo, la tremenda persecución religiosa que hubo. Por otro lado, me movió a ello la satisfacción de ver que después de muchos años sin querer hacerlo, la Iglesia ya se había decidido a elevar a los altares a gente que murió en la contienda, porque hasta que falleció Franco se negaban los obispos a que se abrieran procesos. Yo no solamente quería contar la vida y sobre todo la muerte de esos doce, sino también el contexto. Por eso el libro está dividido en tiempos de la liturgia: vísperas, solemnidad y octava. Vísperas, toda la época republicana, cómo iba siendo, silenciosamente, la Iglesia un problema a solucionar, a la que había que ponerla bien lejos. Cuando el Frente Popular gana, la mayoría está dominada por comunistas y anarquistas. Son los que creían que la República necesitaba dar un giro, no podía ser pactista como lo había sido con Manuel Azaña, sino que tenía que seguir por la senda revolucionaria de Rusia, por lo que casi o veinte o treinta viajaron hasta allí para conocer la experiencia rusa. Entonces la política dejó de ser pactista y empezó a ser revolucionaria y la religión dejó de ser un problema. A la Iglesia no había que aparcarla, sino que a la religión había que erradicarla de raíz y la Iglesia, borrarla del mapa. Esa es la diferencia entre el primer y el segundo periodo de la República. Todo esto va contextualizado a través de doce mártires y, además, aquellos beatificados de Andújar y los seglares que, injustamente, han olvidado los organismos pertinentes de la Diócesis, que son los que dicen quiénes han de ir en las listas. Yo fui el primer actor de proceso de estas beatificaciones. El Consejo del Presbiterio, en 2005, donde yo era consejero, me eligió a mí para ser el promotor de las beatificaciones del obispo Basulto y cinco o seis sacerdotes más mártires. Trabajé durante un año con Roma. Hubo un sacerdote que tenía muchas ganas de hacer a su sobrino santo y empujó, con malas artes, hasta que se quedó con el cargo y yo me quedé en mi parroquia, tan a gusto... Y no he recibido medalla.

—Once sacerdotes y un laico. ¿Qué biografía le marcó más?

—Por el estilo de vida, la del laico, el cartero. Por las formas en que lo mataron, como si fuera un marrano, el párroco de Santa María, un hombre con cuatro doctorados que, siendo cura en San Bartolomé, era el consiliario del sindicato de derechas agrario. Me asombró mucho el estilo de vida de uno de ellos, porque era de una familia pobre, sus tíos eran del Partido Comunista, su padre, del Partido Socialista, anarquista su hermano y, cuando lo detienen, su tío llega con una escopeta para cargarse a aquel que lo hubiese detenido... Esa vida me llamó la atención.

—En el libro habla de testimonios orales recopilados a través de entrevistas de familiares que relataron lo que no figura en los archivos. ¿Cómo lo vivió?

—Los archivos, en este caso, hasta ahora se usaban como causa general, pero eso no deja de ser un juicio civil de faltas al que acuden muchos a vengarse, pero los tribunales militares, después de la guerra, son los que hacen los juicios de verdad, sobre todo a los que eran autoridades. En esos juicios hay testimonios de gente respondiendo a las acusaciones que les hacían y es ahí donde ves muchas cosas que no se sabían porque no se decían en la causa general. Por otra parte, en tres casos, los testimonios hablan de la manera de la muerte. Era una cosa curiosa, porque en dos meses se los cargaron a todos, empezando por los párrocos, siguiendo con los que fueron más influyentes en los confesionarios y, desde el primero al último, siguieron un protocolo muy estricto. Los comunistas, que son los que se hicieron cargo en el Frente Popular de las milicias populares, habían trazado su protocolo para la ejecución de desafectos al régimen de clérigos. Las milicias estaban compuestas por un jefe, que es el que decía quién de la lista negra; por un capitán, que es el que indicaba dónde, y el piquete de milicianos, que siempre eran forasteros a los que les daban cuartillas de vino, les correspondía el cómo, de ahí tanto salvajismo. Ese protocolo está escrito, por mucho que diga Luis Segura en su libro lo contrario.

—Propone usted algo así como una enmienda a la totalidad de la memoria histórico y aboga por el término de memoria agradecida ¿Puede explicarlo?

—La memoria histórica no es patrimonio de nadie, sino de cada uno y de todos. Puede tener el colectivo de maestros, de periodistas... Eso por un lado. Por otro, para la Iglesia la memoria no es el recuerdo, sino la actualización del misterio de Cristo en una persona. Cuando yo arremeto contra esa memoria selectiva de las leyes que propician un nuevo relato es porque entiendo que es igual de abusiva, injusta y fascista que la que Franco difundió durante cuarenta años. La memoria de los vencedores es quizás hasta menos lesiva que la memoria que estos vencidos ochenta años después están propagando para hacer algo muy grave: cambiar la historia. Porque ya la historia de España ha pasado por los cuarenta años de conocer un solo relato, pero gracias a los historiadores británicos y otros más, la historia de la República y de la Guerra Civil está contada muy objetiva e intensamente. ¿A qué viene ahora el revisionismo histórico? Yo lo veo como fruto de lo que está pasando. En la Guerra, en la Transición, en el Franquismo... la división entre los españoles iba de abajo hacia arriba. Ahora, con Pedro Sánchez, la división viene de arriba hacia abajo, a los que no están divididos yo haré lo imposible para que se dividan y lanzo al ruedo una memoria histórica adulterada y vilmente cambiada.

—¿Cree que debe haber más beatificaciones?

—Yo creo que sí, muchos laicos de Acción Católica y de Adoración Nocturna que murieron mártires sólo porque eran militantes de algunos de los partidos de derechas. Hay que esperar un poco y hacer memoria de ellos.

—¿Acompañó la Iglesia a las víctimas o las abandonó?

—La Iglesia, que estaba viendo cómo a sus curas los mataban como a conejos y a sus monjas las violaban, nunca cortó el hilo de diálogo con el Gobierno. Incluso cuando empezó la guerra, Francisco Largo Caballero, para frenar tanta matanza de clérigos, puso de ministro a Manuel de Irujo, quien estableció condiciones. Gracias a él se frenó mucha persecución. A su pregunta, le responderé con las palabras recogidas en el documento de 1972 de la asamblea conjunta de obispos y sacerdotes, donde había un punto que decía: “Años después, pedimos perdón porque no supimos ser agentes de reconciliación entre los españoles”. No cabe duda de que los hijos pueden pedir perdón por cosas de los padres, pero por cosas de los abuelos cuesta más trabajo. Los nietos de la guerra, no, mucho menos los bisnietos, como David Uclés, que están fabricando un relato nuevo.

—¿Eso cree?

—Sí, por eso su novela no me gusta, me gustan mucho más las otras dos. Hay que leer todo, incluida la Prensa de aquellos años, informes, novelas, estudios..., pero no durante mucho tiempo, porque puede volver el rencor y no es bueno. Hay dos cosas que me asombran. La última Guerra Civil en España, la tercera carlista, acabó en 1876. Valle Inclán lo cuenta muy bien en uno de sus libros. No se acordaban que habían vivido unos años esa batalla, los muertos, las familias rotas... Segunda cosa que me he preguntado y a la que doy respuesta al principio del libro: ¿Cómo es posible que la ciudad más religiosa de la provincia que en 1926-27-28 hizo que, con motivo del centenario de la Virgen de la Cabeza, la gente viviera un ambiente de religiosidad impresionante, y en sólo cinco años, el mismo número de iliturgitanos que llenaban Colón era el mismo que, con puño cerrado, gritaban: “Las iglesias mejor quemadas que abiertas”? Tuve que leer a Elias Cannetti. En su libro “Masa y poder”, hace una explicación maravillosa de hasta qué punto si hacemos de la gente una masa, la controlamos y la llevamos mejor y le borramos la individualidad. Eso pasó. La ideologización hizo de los españoles una masa responsable de tanta muerte.

—¿Por qué hay que creer en Dios?

—Porque Dios cree en mí.

—¿Tiene que cambiar la Iglesia?

—Tiene que cambiar. Hay un dicho que dice que la Iglesia siempre tiene que estar reformándose. En lo externo, es necesario cuando una Iglesia minoritaria, seria, no folclórica, de pocos fieles, que compartan, que vivan el Evangelio, sea capaz de alumbrar a una mayoría. Ese es el cambio. La Iglesia se arregla desde el corazón de cada uno, desde las normas litúrgicas y de los decretos.

—¿Sigue intacto el espíritu de “flâneur” de Juan Rubio?

—Sí, pero ahora no paseo fuera de Andújar. Aquí hago de vez en cuando de “flâneur”, voy a lugares para ver lo que tantas veces he visto y no me he fijado. Echo en falta “flanear” en ciudades que no conozco, porque se me van las ganas de viajar, pero nunca de escribir.

Cultura
set (1 = 1)