URGENTE

San Pablo, tenaz batallador en la lucha contra el hambre

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El próximo día 29 de mayo, aniversario de su ordenación presbiteral, recibida de manos de Mons. Giacinto Gaggia, obispo de Brescia, en 1920, se celebrará por primera vez la memoria litúrgica del papa san Pablo VI, uno de los grandes paladines de la Iglesia del siglo XX. En la ceremonia de beatificación, el 19 de octubre de 2014, Francisco dijo de este egregio pastor que fue un cristiano comprometido, un timonel que supo guiar la barca de Pedro, en medio de una sociedad secularizada, con sabiduría y «con visión de futuro —y quizás en solitario— sin perder nunca la alegría y la fe en el Señor». A medida que pasa el tiempo, se ve con mayor claridad la ingente tarea misionera que Montini llevó a cabo para descubrir al mundo caminos de convivencia serena, de fecundo e integral progreso y de intensa preocupación por los menos favorecidos de la tierra. En este sentido, hay una dimensión de su rica biografía que quisiera subrayar ahora que la Iglesia se apresta a celebrar por primera vez la memoria: su denodada lucha y su denuncia valiente del hambre como flagelo que avergüenza a todo el género humano y como verdadero pecado estructural que viene a ser la consecuencia de inicuas actitudes, de egoísmos y frecuentes omisiones, sobre todo de desmesuradas injusticias, que, a su vez, traen consigo todo un cortejo de funestos males. A menudo Pablo VI aludió a esta triste temática pero, sin duda, Populorum progressio resalta por el acierto y clarividencia de sus afirmaciones, por lo cual sigue siendo un documento paradigmático en este sentido. En esta encíclica, el Papa hacía una llamada apremiante a toda la humanidad para que esta tomara conciencia de esa lacerante tragedia, que, antes y ahora, se ceba sobre todo con las personas más débiles y postergadas: «Hoy en día nadie puede ya ignorarlo: en continentes enteros son innumerables los hombres y mujeres torturados por el hambre, son innumerables los niños subalimentados, hasta tal punto, que un buen número de ellos muere en la tierna edad» (PP n. 45).

Pero hay un discurso del Pontífice, pronunciado el 9 de noviembre de 1974 ante los participantes en la Conferencia Mundial de la Alimentación, reunida en Roma bajo los auspicios de la FAO, que constituye un testimonio sobrecogedor por la profundidad y audacia de sus palabras. Buscando que el drama del hambre no pasara desapercibido y menos aún olvidado, Montini remarcaba que «la humanidad dispone de un dominio sin igual sobre el universo; dispone de instrumentos capaces de hacer rendiral máximo los recursos del mismo. Los poseedores de dichos instrumentos ¿quedarán paralizados ante lo absurdo de una situación en la que la riqueza de unos pocos permita la persistencia de la miseria de la gran mayoría?, ¿en la que el consumo de alimentos altamente enriquecidos y diversificados por parte de algunos pueblos considere suficientes los mínimos vitales concedidos a todos los demás?, ¿en la que la inteligencia humana, aun pudiendo sustraer a su suerte a tantos enfermos graves, se inhiba ante la obligación de asegurar una alimentación adecuada a las poblaciones más vulnerables de la humanidad? No se podría llegar a tal situación sin haber cometido graves errores de orientación, aunque a veces no fuese más que por negligencia u omisión; es ya hora de descubrir los fallos de los mecanismos para rectificar, o mejor, para enderezar totalmente la situación. Porque hay que satisfacer finalmente el derecho de cada uno a alimentarse según las necesidades específicas de su edad y actividad. Este derecho se funda sobre el destino primario de todos los bienes de la tierra a un uso universal y a la subsistencia de todos los hombres, por encima de cualquier apropiación particular». Duele mucho constatar que las consideraciones realizadas entonces por Pablo VI ante los males del mundo siguen teniendo plena actualidad. Es realmente escandaloso comprobar que, no obstante todas las buenas intenciones, el hambre y la miseria golpean cruelmente en nuestros días a 821 millones de hermanos nuestros y no dejan de causar estragos en tantas partes del planeta. ¿Qué sordera aqueja a la humanidad que no es capaz de escuchar el grito apesadumbrado de los pobres? Da la impresión de que el dolor de muchos sigue pasando desapercibido, de que la indiferencia y el egoísmo logran desbancar la solidaridad. Sin embargo, no podemos dejarnos vencer por el pesimismo o la desidia. No es hora de escurrir el bulto o pensar que ya habrá alguien que se hará cargo de solventar las desdichas que antes como ahora nos afligen. Es tiempo de actuar en positivo. Cada cual puede hacer algo, cada uno de nosotros puede ofrecer su contribución, por humilde que sea. Una actitud esperanzada, bien enraizada en nuestra fe y adecuadamente sostenida por una honda espiritualidad personal, ha de llevarnos a todos a cambiar de rumbo. Se trata de coordinar esfuerzos, englobar iniciativas, juntar ideas. Nadie sobra. Todos somos necesarios. Los muchos pocos suman mucho. Es cuestión de compartir, de amar con hechos palpables y concretos, de hacer propios los problemas de nuestros semejantes. Todos, organismos públicos y personas privadas, entidades gubernamentales y corporaciones de la sociedad civil, todos estamos llamados a crecer en solidaridad y compromiso en favor de los que carecen de recursos y medios para llevar una existencia digna.

Sin duda, la celebración litúrgica de San Pablo VI nos ayudará a recordar sus anhelos de una sociedad más fraterna y menos excluyente. También nos invitará a pedir su intercesión por toda la Iglesia y la humanidad, precisamente a él, al Papa que vivió muy de cerca las grandes encrucijadas de nuestro tiempo. En este sentido, su ejemplo ha de guiarnos e inspirarnos. Por su mediación se obtendrán muchas gracias y, entre ellas, quizás la de una humanidad con mayores dosis de solidaridad y menos indiferente al problema sangrante del hambre en el mundo. Una de las preocupaciones de este santo Pontífice fue la juventud. Con el fino sentido intelectual que le caracterizaba, el papa Montini intuyó que entre los jóvenes y la Iglesia se estaba creando un vacío que podría tener consecuencias gravísimas para el futuro del catolicismo en el mundo occidental. Precisamente a ellos, a los jóvenes, dedicó Pablo VI un párrafo memorable en su discurso con motivo del XXV aniversario de fundación de la FAO, pronunciado el 16 de noviembre de 1970. Son palabras que conviene atesorar, pues no han perdido su tenor: «Los jóvenes en particular son los primeros en entregarse con todo el entusiasmo y el ardor de su edad a una empresa a la medida de sus fuerzas y de su generosidad. Jóvenes de países ricos que se hastían a falta de un ideal digno de suscitar su adhesión y de galvanizar sus energías; jóvenes de países pobres que se desesperan por no poder obrar de una manera útil, a falta de conocimientos adaptados y de la formación profesional requerida: nadie duda que la conjunción de estas fuerzas juveniles pueda cambiar el futuro del mundo, si nosotros los adultos sabemos prepararlos a esta gran obra, mostrándoles el camino, proporcionándoles los medios para consagrarse con éxito. ¿No hay un proyecto capaz de suscitar la adhesión unánime de todos los jóvenes, ricos y pobres, de transformar sus mentalidades, de superar los antagonismos entre los pueblos, de remediar las divisiones estériles, de realizar en fin la instauración de un mundo nuevo, fraternal, solidario en el esfuerzo porque va unido en la persecución de un mismo ideal: Una tierra fecunda para todos los hombres?» Que estos jóvenes —alegres, intrépidos, generosos y tenaces— a los que se dirige también frecuentemente el papa Francisco con su propio lenguaje y con una familiaridad notable, sean los verdaderos artífices de un cambio radical de nuestro mundo, de nuestras estructuras y, sobre todo, de nuestros corazones, para que terminen de una vez por todas las visiones sesgadas y los intereses espurios, para que el hambre vaya desapareciendo de nuestros pueblos y para que todo ser humano pueda cubrir adecuadamente sus necesidades más básicas. Confiamos esta intención a la paterna mirada de Juan Bautista Montini, de san Pablo VI, cuya memoria litúrgica nos disponemos próximamente a celebrar.