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URGENTE

Los playeros de Alcalá

Un término que hace referencia a un camino que recorría la parte oriental del municipio que conducía a Vélez Málaga y que servía de marca de deslinde con la provincia de Granada
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14/07/2019

Si uno se acercara una persona a preguntar sobre el término playero, de seguro que lo relacionaba con el mar, en concreto con las playas mediterráneas; a lo más que le vendría el vocablo de playera, referido a un tipo de calzado relacionado con la etapa estival para pasear por las arenas. Sin embargo, esta palabra se remonta al túnel del tiempo, y son muchas ciudades que hicieron uso de ella en su lenguaje comercial. En Alcalá la Real siempre ha llamado la atención el camino de los Playeros, citados por los libros de Veredas. Camino que recorría la parte oriental del municipio alcalaíno, y, adentrándose por el camino que conducía a Vélez Málaga y las costas malagueñas, servía también de marca de deslinde con las tierras granadinas de la ciudad de Granada, Montefrío y del marquesado de Priego. Incluso conectaba con otras vías hacia el norte en dirección con los pueblos del centro Jaén y de la Mancha. También es de sobra conocida la actividad de los playeros, que respondía al sector terciario, y solía estar copada por arrieros, moriscos, judeoconverso y comerciantes de este pueblo que ampliaron sus labores de la agricultura tras la conquista de Granada y su conversión al cristianismo abriéndose horizontes hacia las rutas mercantiles.

No es de extrañar que esta ruta de playeros fuera exclusiva de nuestras tierras, sino que Amalia García Pedraza en su libro Actitudes ante la muerte en la Granada del siglo XVI, cita en concreto el testamento de algunos moriscos que ejercían de playeros (Sebastián Oraybit, Alonso Cartit y Álvaro Xaquiz). Eran personajes que ubicados en el barrio del Albaicín, parroquias de Santa Isabel y san Luís, y se dedicaban a los intercambios comerciales entre Granada y la costa de Granada y otros pueblos malagueños y granadinos, como Motril, Salobreña, Almuñécar, Vélez, Torre del Mar, la propia capital y Torrox, trasladando el pescado fresco y seco, y otros productos como la caña de azúcar a través del Valle del Lecrín.

En el caso de la ciudad de la Mota, era notoria la presencia de estos playeros a través de la ruta comentada, e intercambiaban el pescado de la Costa malagueña con otros productos alcalaínos. Pero no era este el único trato, sino que es interesante comentar la presencia de los playeros y su procedencia. Por un documento del escribano Luís de Pareja, en 24 de noviembre de 1550, se encuentra un poder para la venta de esclavos que nos ilustra de otro tipo de comercio diferente al pescado por parte los playeros. Se trata de la venta de un esclavo indio. Y desvela el entorno de los playeros, ya que no era necesario que procedieran de la costa. En concreto el que porta el poder del contrato de compraventa y el playero procedían de Antequera, el primero era Francisco Maldonado; el playero el antequerano Pedro Díaz. El comprador era el cordonero alcalaíno Alonso del Salto. El objeto del contrato de compraventa era “ de nombre Jorge , esclavo de Pedro Díaz, de nación india, de color loro, de edad de veinte y cinco años poco más o menos, herrado con unas letras que dicen Antequera, de guerra, feo de rostro, mediano de cuerpo”. Lo vendía por cautivo sujeto a servidumbre habido de buena guerra y no de paz, e lo aseguro de deuda vieja, e nueva, e os lo doy con todas las tachas buenas e malas que tiene” al precio de 9.735 maravedíes.

Los playeros se mantuvieron hasta el siglo XX, del transporte con animales de carga (mulos, asnos...) se pasó a las carretas y los camiones y solían intercambiar la carga por los cereales de nuestra comarca. Curiosamente los playeros también cambiaron de procedencia y lugar de origen, los arrieros fueron sustituidos por los tenderos del mercados, es verdad que se traía el pescado pero los transportistas y compradores eran ya alcalaínos, como los Rueda, o los Rosales entre otros, y ya no sólo comerciaban el pescado lo hacían también con las frutas. Atrás quedaron los años en los que introdujeron, junto con sus relaciones comerciales, otras costumbres y elementos del folclore andaluz. Por los playeros, los vestidos y los fandangos de la zona de la Sierra Sur se introdujeron con su canto verdialado, que cantaban los aceituneros en tiempos de recolección, y, en la fiesta del remate, los mozos y las mazas acompañaban con danzas y música de candil. Muy conocido es el de la aldea de Charilla, cuyo encanto se manifiesta en su melodía y en la letra, como estos versos que cantaban: La luna se va, se va, / déjala tú que se vaya, que la luna que yo espero, sale por esa ventana...”.

Esta zona se mantuvo hasta el siglo xx y tuvieron distintos fines a lo largo del tiempo