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lunes, 24 junio 2019
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URGENTE

“Cataluña seguirá dentro de España”

Rafael de Mendizábal
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El que fuera presidente de la Audiencia Nacional y magistrado del Supremo y el Constitucional lamenta cómo se ha gestionado el caso del impuesto de las hipotecas y la “mala imagen” en que deja a la Justicia

Nació en Jaén en 1927 “para asistir al estreno de la primera película hablada”, asegura, y aunque tuvo que cambiar el mar de olivos por Madrid solo siete años después, ejerce de “jaenero”, como gustaba titularse su padre, Federico de Mendizábal, el poeta madrileño autor del “Himno de Jaén”. Ha ocupado cargos trascendentales en la judicatura y la política españolas y, a sus 91 años, derrocha lucidez y buen humor y se deshace en elogios hacia su patria chica.

—Su familia vivía en Madrid. ¿Qué lo trajo a nacer en Jaén?

—Mi padre era, fundamentalmente, escritor, poeta y periodista. Pero, para comer, tuvo que hacer una oposición y se hizo funcionario de Hacienda. Llegó a Jaén destinado y yo tuve la suerte de nacer allí.

—¿Qué recuerdos guarda de aquellos años en la capital jiennense?

—Los más maravillosos que puede tener un niño. Mi padre, al llegar, no era conocido, pero pronto empezó a serlo como “el padre del niño torero”, porque yo daba pases en cualquier parque. También recuerdo, como un flash, la proclamación de la república; mi padre trabajaba en la Delegación de Hacienda, que entonces estaba en la Diputación: había mucha gente, y me cogió sobre sus hombros para que lo viera todo. Él repetía mucho el viejo adagio de “En Jaén se entra llorando y se sale llorando”, y es verdad, porque es una provincia increíble y una ciudad muy cariñosa, que no es ninguna de las andaluzas, no es la maravillosa Córdoba ni Sevilla, pero vista cuando se viene de viaje, con la ladera de la montaña, Jabalcuz, el Castillo... es maravilloso. En mis memorias de juventud cuento que De Gaulle, cuando cesó, fue a Jaén y estuvo en el Parador. Pensó quedarse una noche, pero yo imagino que cuando abrió el ventanal y vio todos los olivares de Jaén, se quedó un montón de días escribiendo sus memorias. Jaén es de una belleza increíble y una gran desconocida, por cierto.

—¿Vivió usted el proceso de creación del “Himno de Jaén entre su padre y Emilio Cebrián?

—Recuerdo los ensayos de la banda, en los sótanos del Ayuntamiento, y a Emilio Cebrián dirigiendo a los músicos. Mi padre y él hicieron mucha amistad, y lo encaminó en cuanto a temas; por ejemplo, la marcha militar “Bailén”, de Cebrián, fue idea de mi padre, que era un enamorado de ese municipio. También hicieron dos pasodobles muy conocidos, e incluso la marcha “Nuestro Padre Jesús” la compuso Emilio Cebrián inspirado en un poema de mi padre. Luego escribieron el “Canto a Jaén”, que estrenaron en el teatro Cervantes, pero Cebrián, ante el éxito obtenido, dijo: “Lo hemos estrenado aquí, y el pueblo también merece escucharlo”. Cogió a un grupo de gente, salió del teatro y fue sumando personas hasta llegar a la Plaza de Santa María, donde lo interpretaron y, rápidamente, se empezó a corear en la ciudad. El himno es muy curioso, no tiene ninguna connotación política, y eso que se estrenó proclamada ya la república, cuando los bloques izquierda-derecha funcionaban ya en España.

—¿Cómo era su padre?

—Era un idealista, un hombre enamorado de la belleza, la poesía, la música y las causas nobles, cercano al socialismo, pero creyente. Era bien parecido, tenía una formación cultural muy completa y le gustaba resolverlo todo pacíficamente —“vale más la peor paz que la mejor guerra”, le decía su progenitor—. Siempre mantuvo contacto con el Santo Reino, incluso recibió Diario JAÉN hasta el último día de su vida. Yo le adoraba y le admiraba, y a él le debo mi afición a escribir.

—Sin embargo, no siguió sus pasos y optó usted por el Derecho.

—Quería estudiar Filosofía y Letras, pero mi padre, prácticamente, me lo “prohibió” y me dijo que tenía que hacer “algo más útil”, dados mis conocimientos adquiridos ya gracias a la lectura. Yo desconocía la carrera de Derecho, incluso tenía un concepto un tanto despectivo de ella. Pero mi padre, siguiendo consejos de sus compañeros de Hacienda, me matriculó en Comercio —lo que ahora es Empresariales—; entre las asignaturas había una llamada Rudimentos del Derecho, que incluía un libro tan maravillosamente escrito que me lo leí, me empapé, aprobé y decidí estudiar Derecho. Me di cuenta de que era lo que me gustaba. Tanto, que mi amor han sido, fundamentalmente, la literatura y el Derecho, y además he logrado mezclarlos. Todo el mundo conocía mis sentencias sin necesidad de leer mi firma, porque estaban escritas como literatura, usando la técnica jurídica pero con un estilo asequible.

—¿Qué logros destaca de su etapa como subsecretario?

—Con José Luis Millán Palasí como ministro de Educación y Ciencia, que entonces incluía Cultura y Bellas Artes, fui subsecretario para poner en marcha la Ley General de Educación, cuya síntesis recoge hoy el artículo 27 de la Constitución: enseñanza obligatoria y gratuita, además del sistema de conciertos, para mantener la pública y la privada; aunque para nosotros, desde el ministerio, primaba la pública, nos ayudaba que hubiera privada y que los niños pudieran elegir. Luego, ya como subsecretario de Justicia, la creación de la Audiencia Nacional es lo que yo dejé.

—¿Y de su paso por la presidencia de la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo?

—En el Supremo, por ejemplo, dejé una jurisprudencia, muy completa en sus matices, en la cual igualaba la potestad sancionadora del Estado con la potestad penal, que era una cosa muy progresiva pero que nadie había dicho en nuestro entorno sociocultural y geográfico-cultural. Lo dijo posteriormente el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y luego lo aceptó el artículo 25 de la Constitución. Luego, esa misma constitución sirvió para luchar contra el artículo segundo de la Ley de Prensa, el “ominoso” le llamábamos, que favorecía la censura. Me fui cargando las sanciones del Ministerio de Información y Turismo. Fue una lucha por la libertad de expresión.

—Desde su experiencia como jurista, ¿cómo ve, por ejemplo, la actuación del Supremo en el caso del impuesto por las hipotecas, que tanta polvareda ha levantado estos días?

—Conozco el tema mal en cuanto al fondo, porque esas leyes son posteriores a la época en la que yo estaba en activo, pero me ha desagradado la forma en que se ha llevado el asunto, con poca mano izquierda; en este conflicto no sé cómo no ha tomado cartas en el asunto el presidente del Supremo para explicarlo todo. El Tribunal ha quedado muy mal.

—Y el proceso catalán. ¿Le ve una salida satisfactoria para todos?

—Rajoy lo hizo muy mal, aplicó un artículo 155 que dejó el problema peor que lo había encontrado, y ya en época de Jordi Pujol y Felipe González se gestó. Cuando el chulo del bar grita y no pasa nada, se crece. Pasó igual en la etapa del terrorismo, y en el fondo ambos casos tienen muchas similitudes, se trata de irse de España: si el PSOE y el PP hubieran estado unidos de verdad en la idea de que lo primero es España, la unidad y la Constitución, cientos de muertes se hubieran ahorrado, y también todo lo ocurrido en Cataluña. Pero tantas vueltas... La línea del Gobierno actual es zigzagueante pero, en cualquier caso, no soy catastrofista y creo que, a medio plazo, esto se resolverá y Cataluña seguirá como siempre, en España. Al que no le guste, que se vaya por ahí y funde la república catalana. Seguro que le dan subvención.

—Usted que la vivió en primer plano, ¿cree que la Transición podía haberse hecho mejor?

—Todos renunciamos a las aspiraciones máximas para que pasara cualquier cosa, pero que no se repitiera una guerra civil, que es lo peor que le ha pasado a España desde que, en el año 711, los musulmanes la invadieron. Eso de que los españoles se exterminen unos a otros, unos por ir a misa y otros por no ir... Había que evitarlo, y ha sido un ejemplo internacional. ¿Quiénes quieren cargarse la Transición ahora? Pues los mismos que no la querían entonces, los comunistas, que hoy es Podemos.

Un currículo al alcance de muy pocos

Autor de numerosos libros, De Mendizábal es doctor en Derecho, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y doctor Honoris Causa en México. Exmagistrado del Constitucional, expresidente de sala del Supremio y expresidente de la Audiencia Nacional —que él mismo creó—, exjuez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, exconsejero del Tribunal de Cuentas, exsubsecretario de Educación y Ciencia y de Justicia, posee innumerables reconocimientos y condecoraciones nacionales e internacionales.

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