Tal y como publicó este periódico hace quince años, el 9 de agosto, imaginación no les faltaba y ganas de trabajar tampoco. Un grupo de padres y niños del barrio del Pilar del Arrabalejo trabajaban, desde hace unos días, para crear su propio centro social. Ya tenían nombre y tareas asignadas como, por ejemplo, adecentar sus calles para no sufrir accidentes cuando jueguen.
El número 1 de la calle Quero, en el barrio del Pilar del Arrabalejo, fue el punto de encuentro de una veintena de niños que, en aquel entonces, trabajaban muy duro para crear su propio centro social. Tenían muy claro qué era lo que querían y cómo lo querían y contaron con el respaldo de sus padres y amigos. María del Carmen Barranco, una de las madres, fue la que, desde el principio, coordinó a todos los pequeños y la que ponía orden en el día a día, tarea que los menores facilitaron en su momento gracias a las normas de conducta que establecieron.
Entre ellas, algunas curiosas, como que los turnos de palabra se organizaban por estricto orden de edad —del más pequeño, primero, al más adulto—, que el grande debía proteger al chico o que quien no trabajase no participaba en el centro. Todos estaban muy concienciados y lo que buscaban era crear un espacio seguro y propicio para jugar, además de organizar actividades que les sirviesen para adquirir conocimientos. María del Carmen Barranco recordaba que, desde hace tiempo, los vecinos habían denunciado la “peligrosidad e insalubridad” generada por el derribo de parte de un muro de cinco metros de la calle Hospital San Miguel y, entonces, a la espera de que el nuevo equipo de Gobierno les dieran una respuesta, decidieron actuar por sí mismos.
Lo primero que hicieron fue arreglar, limpiar y “embellecer” las calles de alrededor, que les servían de improvisada sede social hasta que acondicionasen el garaje de la casa de Barranco. Taparon agujeros en la vía pública, pintaron medio muro de rosa para que quede más bonito y enlucieron una pared de una obra que les serviría de tablón de anuncios y de pantalla para el cine de verano que pretendían crear. Pero sus objetivos no se quedaban ahí. Contaron con la colaboración de Diego del Campo Varas, un músico vasco que les enseñó lo que él sabía, como él reconoció. Tenía previsto organizar clases de danza, de flamenco, de guitarra y de todo lo que pudieran. Por eso, María del Carmen Barranco, que aseguró que no quería subvenciones “ni políticos que fuesen a hacerse la foto”, sí pedía, a todo aquel que pueda, que si disponían de material sobrante como, por ejemplo, instrumentos de música, se los dejasen a los niños. Les quedaba un largo camino porque su propósito era que la idea no se quedase en un proyecto de verano sino que perdurase. Y por eso ya tenían elegido un nombre que, en realidad, son dos: “El Mundo de la Imaginación Libre” y la abreviatura, “El grupo mil”. Hoy, aquella calle Quero es una zona residencial y el número 1 es un edificio de viviendas.