Reconoce con naturalidad que hay ocasiones en las que le falla la memoria. Quienes están a su lado ríen abiertamente cuando olvida un año, un apellido... Basta con decir que el 29 de agosto cumplió 101 años. Todos los días pasea, lee el periódico, ve algún partido, dibuja en su ordenador y rastrea en una búsqueda incesante por todo lo que huele a su tierra. Santiago Quesada de Pedro es el único superviviente de la primera promoción que tuvo la vieja Escuela de Peritos de Jaén. Su vida da para escribir un libro.
En su cabeza tiene intacto el recuerdo del retrato fijo de una vieja ciudad, calificada por él mismo como “un pueblo grande” en el que, aunque no pasó hambre, sí se enfrentó a la miseria. Eran otros tiempos. Hijo de un litógrafo con plaza en la imprenta de la Diputación Provincial, aquella que imprimía los boletines oficiales de la provincia, su vida se truncó cuando su padre, Santiago Quesada, murió por culpa de una sencilla hernia. Su madre, Carmen de Pedro, no tuvo más remedio que tirar del carro de dos hijos con una pensión de quinientas pesetas. En un piso de la calle San Clemente empezó a caminar un centenario que puede presumir de una lucidez espléndida después de una trayectoria de trabajo, esfuerzo, sacrificio y rectitud. Justo enfrente, un sacerdote que después fue canónigo de la Catedral, le enseñó a santiguarse y a refugiarse de las bombas que, más abajo, en La Fontanilla —Roldán y Marín— anunciaron los aviones al mediodía. “Los tres años de la Guerra Civil los recuerdo perfectamente, pasamos mucho”, subraya, aunque huye en ahondar en la oscuridad.
“Empecé a trabajar en lo que pude”, señala Santiago Quesada. Estudió en un colegio público y, más tarde, con el profesor Manuel Moya en la calle Espartería. Apuntaba maneras con el dibujo y, aunque su sueño era acceder al Instituto de Enseñanzas Medias para cursar Bachiller, se tuvo que conformar con la Escuela de Artes y Oficios: “Allí íbamos los que no teníamos ni un duro”. Añade: “Me hice un gran delineante”.
Tenía ansia por continuar con los libros. Probó a estudiar libremente en la única Escuela de Peritos que había en la provincia, la de Linares, gracias a una prima que, cada día, le llevaba el plato a la mesa. Sin embargo, la misión fue imposible. Tuvo que esperar a que, pasados unos años de la contienda, reabriera sus puertas el edificio que ocupó, durante cincuenta años, la gran manzana que hoy es El Corte Inglés. “Pude matricularme”. Perteneció a la primera promoción de la Escuela Técnica de Peritos Industriales de Jaén. “Éramos diecisiete alumnos”, recuerda. No fue fácil el camino. La formación recibida, su dominio del dibujo y estudiar, incluso, cuando las circunstancias no eran favorables hicieron que pudiera cumplir el sueño de obtener una titulación. Antes, había trabajado en estudios de arquitectura, incluso en el Ayuntamiento de Jaén, donde estuvo como delineante contratado y, sin embargo, otro que llegó por la puerta de atrás ocupó la que tenía que haber sido su plaza. “Había un titular que era tan titular que no dibujaba nada, lo hacíamos los demás, pero tuve la mala suerte de no tener padres que me pudieran enchufar”, ironiza. Una puerta se cerró y se abrió la de los cinco años de carrera que desembocaron en la docencia, porque sí tuvo la fortuna de terminar los estudios y quedarse en la misma escuela como profesor. Santiago Quesada estuvo como interino hasta que la necesaria búsqueda de estabilidad lo llevó a hincar codos hasta aprobar las oposiciones de la Escuela de Maestría Industrial, el edificio en el que hoy está el instituto San Juan Bosco, donde dio clases de Formación Profesional. Ya se había casado con Inmaculada García Campos, una jiennense de ojos azules con la que tuvo tres hijos —Santiago, Francisco y Salud María— y, ahora, tres nietos. “Nos fuimos de viaje de novios a Punta Umbría, porque una tía de mi mujer nos prestó su casa, y nos tuvimos que volver porque estaba pendiente de salir la plaza que luego conseguí”, rememora. La conversación con este centenario ilustre fluye con la confianza de quien se enfrenta a un conocido de toda la vida y, como son tantas historias que tiene que contar, de pronto se acuerda de aquel viaje de fin de curso en el que viajaron en dos taxis. “Fue muy simpático”, apunta.
No quedó ahí su historia. Se veía capaz de evolucionar en su formación y, ya con dos hijos en el mundo, decidió matricularse en la Escuela de Aparejadores de Sevilla. Estaba mediada la década de los años sesenta del siglo pasado y, en 1967, un curso después, abrió la de Granada. “Fue un respiro para todos”, señala su esposa, pendiente en todo momento de la entrevista, quien interviene para explicar una curiosidad: “Un señor que trabajaba con él, el contratista que construyó El Corte Italiano, Luis Vázquez de la Torre, le regaló su primer coche, un Renault Ondina. Con él viajó a la capital vecina hasta que consiguió su segunda titulación universitaria. No hay que olvidar que su dedicación no era sólo la docencia, porque Santiago Quesada también se encargó de obras particulares que dibujaron una ciudad nueva en unos años revolucionarios desde el punto de vista urbanístico. Uno de sus ejemplos está en el Pasaje Lis Palace, aunque también en grandes naves del polígono industrial de Los Olivares, unas veces como perito y otras como arquitecto técnico. “Me dedicaba también a obras particulares, que me proporcionaron muchos ingresos”, señala. Un accidente marcó un antes y un después en su trayectoria profesional. Pisó la viga que no debía y cayó desde una planta hasta la de abajo. Se salvó de milagro y, desde entonces, impulsó la seguridad laboral cuando nadie había escuchado las palabras “prevención” o “inspección” en las obras. En 1979, el número 198 llegó a ser presidente del Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Jaén, donde dimitió al año siguiente porque no podía con las sinrazones. Creó una bolsa de trabajo y el servicio de inspección y, cuando vio que no había justicia con las adjudicaciones, declinó continuar en un cargo que aceptó para trabajar por el presente y el futuro de la profesión. “Yo siempre he ido con la ley por delante”, indica. Añade: “La gente se extrañó, porque había tenido mucho respaldo”. El año pasado recibió un caluroso y merecido homenaje, una deuda que tiene pendiente la Universidad de Jaén, una institución que considera el motor de desarrollo de su tierra.
Se jubiló con la edad reglamentaria de los sesenta y cinco años y, desde hace tres lustros, vive en el municipio malagueño de Torre del Mar, donde la ausencia de cuestas le permite pasear cada día. Dibuja en ordenador, pinta al óleo y, sobre todo, es un seguidor acérrimo del Real Jaén. Nunca olvidará, cuando era pequeño y el campo de fútbol estaba en Peñamefécit, cómo esperaba en la calle a que saltara la pelota para recogerla y poder entrar dentro. Un siglo de vida, y un año más, con Jaén siempre en su corazón.