El trasfondo que retrata Gabriel García Márquez en “Memoria de mis putas tristes”, lejos de la magia construida en la habitación del burdel de Rosa Cabarcas, revela la crueldad metódica de un escenario propio de la posguerra.
La diferencia entre la ficción y la realidad es que, en la novela, el dinero del cliente se traduce en música, flores y un despertar romántico tardío, mientras que, en la vida real, el sexo pagado era la última frontera contra la inanición en la España de los años cuarenta del siglo pasado.
Jaén no fue ajena a una historia común en la que las mujeres, viudas de republicanos, huérfanas o represaliadas por el régimen, buscaban en la noche un trozo de pan duro para matar el hambre. Hay, incluso, un mapa que dibuja las calles convertidas en auténticas mancebías y protagonistas de aquella época, arropados con el anonimato, recuerdan los nombres de las protagonistas: La Fidela, la Sole, La Gallo...
No tenían el lujo de dormir plácidamente en una cama limpia. Su jornada empezaba en las colas de auxilio social o en los mercados negros del estraperlo y terminaba en pensiones lúgubres, esquinas vigiladas o casas señaladas convertidas, hoy, en edificios. Hombres del sistema, militares, incluso intelectuales de la ciudad de entonces y señoritos, ejercían sobre ellas un poder económico y político absoluto. La clandestinidad tolerada en el libro del colombiano contrasta, curiosamente, con la burocracia moral del franquismo.
En la novela, el burdel funciona al margen de la ley y bajo el consentimiento social de la ciudad. Sin embargo, en la vida real de España, y por supuesto de Jaén, el nacionalcatolicismo implantó una de las mayores distopías de la historia: La Iglesia condenaba el vicio desde los púlpitos, pero el Estado mantuvo la prostitución legal y regulada desde 1941 hasta 1956. La Obra de Redención de Mujeres Caídas, dependiente del Ministerio de Justicia y creada por decreto, puso el foco en las mujeres transgresoras de las normas sexuales, aquellas que ejercían la prostitución en el espacio público. Fue la respuesta de las autoridades al aumento del meretricio callejero en unos tiempos en los que ellas, sumidas en la pobreza, encontraban luz al final del túnel con el oficio más antiguo del mundo, que estuvo reglamentado y cuyo ejercicio no estaba considerado un delito. Sin embargo, podían llegar a entrar en la cárcel sin saber si su condena era de seis meses o de dos años.
Las fuentes consultadas por este periódico, que prefieren ocultar identidad, atestiguan que el mapa que acompaña a este reportaje fue tan real como la vida misma. En el casco antiguo de Jaén, fundamentalmente en la Judería y en San Juan, había viviendas en las que todos los jiennenses sabían a qué se dedicaban sus moradoras. El centro neurálgico del “negocio” se situaba en la calle Cruz Verde, ahora “Las Cumbres”, donde las tres o cuatro primeras casas estaban dedicadas a la prostitución. La primera, a la derecha, era la de “La Sole”, madre de dos hijos que vivían en el Cantón de Jesús. El niño, por cierto, llegó a ser torero mientras la “madame”, después de uno de esos tropiezos que da la vida, no tuvo más escapatoria que orientar su futuro con inteligencia. De vez en cuando acudía la brigadilla a aquellos burdeles para quitar del medio a los menores de edad. “La Sorda” y “La Mari Carmen” también eran conocidas en el entorno, aunque la número era, sin lugar a dudas, “La Fidela”, a quien los hombres la podían encontrar detrás de lo que hoy es la Escuela de Artes y Oficios José Nogué.
Había un bar cercano al que acudía una orquestina con laúdes, bandurrias, acordeones y otros instrumentos populares que hacían bailar y terminar, después, en aquellos hogares de obligada visita. No muy lejos, la taberna “El Taburete” se alzaba como otro punto de partida. Situada en una de las calles adyacentes a la Plaza de los Huérfanos, servía para los reencuentros antes de alargar la noche hasta la llegada del amenazante sol. Cerca se hallaba una de las casas más solemnes en esto de las mancebías: La de “La Gallo”, de nombre Paquita. Quienes la conocieron aseguran que todos los días, sobre las doce, se plantaba su media mantilla en la cabeza y, al mediodía, se tiraba de rodillas en la iglesia de Santa Clara una hora de reloj. Luego sabía cómo mandar a sus mujeres a buscar clientes en el bar de al lado para acabar como el rosario de la aurora tres puertas más abajo. Una noche, mientras “La Panocha” alternaba en “El Taburete”, entraron unos mozuelos a celebrar el fin del Servicio Militar Obligatorio y tanto se metieron con ella que, a la salida, uno de ellos, descendiente de un sastre, terminó con una puñalada clavada por el hijo de la mujer de “mal vivir”, apodado “El Panocho”. Era la otra cara, la más oscura, un drama continuo que todos sabían y todos, a la vez, callaban.
También en el extrarradio se localizaban algunos lupanares. Uno, en la Fuente de la Peña, una venta convertida en “La Cabaña”, a la que iban famosos cantaores de flamenco para amenizar las veladas. No eran prostitutas fijas. Iban y venían. Más tarde, ya en los años sesenta, al final de la carretera de Córdoba estaba “El Rancho”. También hay que destacar aquellas que buscaban hacer negocio en la calle, entre los olivares del entorno en el que hoy está el Hospital Médico-Quirúrgico. Una odisea.
El refranero popular refiere que, en los tiempos del “hambre”, había médicos que se dedicaban a las tres “P”: Parientes, pobres y prostitutas. Juanito el Practicante era uno de ellos. Era fácil ver a este jiennense siempre acompañado de un mozo y un maletín. Entraba en las casas de “La Postemosa”, “La Villa”, “La Ángeles”, “Dolores la Gitana”... con la única intención de someterlas a revisiones médicas. Está claro que el objetivo no era cuidar de ellas, sino garantizar que los hombres no se contagiaran de enfermedades venéreas. El cuerpo de la mujer era una mercancía fiscalizada por la sanidad del Estado y, a la vez, estigmatizada por su moral.
La literatura de Gabriel García Márquez humaniza al cliente buscando su redención a través del amor y, por el contrario, quienes ejercían la prostitución en el Jaén de la posguerra, lejos de ser personajes literarios esperando ser contemplados, eran supervivientes de una estructura política y económica que devoró sus vidas. La memoria de putas muy tristes.
Ya en torno a los años setenta, cuando todavía el entorno del actual Hospital Médico-Quirúrgico eran olivos, las mujeres ejercían la prostitución en la calle. Eran más mayores y sus clientes habituales eran los soldados del destacamento que había más abajo, en la parte de atrás del Museo Provincial de Jaén.
Contó Juan Eslava Galán en una entrevista publicada en este periódico que existió, durante un tiempo, “El Rancho”, un lugar donde las mujeres ejercían la prostitución. Fue en torno a los años sesenta y, al parecer, hay quienes dicen que en su interior no había camas, sino una silla para copular.