Con los primeros aires de otoño y el progresivo acortamiento de las jornadas, regresa la habitual modificación en nuestros relojes para adaptarnos al horario invernal. Sin embargo, el ajuste de este año llega acompañado de una duda que lleva tiempo sobre la mesa: ¿estamos ante el último cambio de hora en el calendario oficial español?
La normativa marca que el paso al horario de invierno se efectúa siempre en las primeras horas del último domingo de octubre. En esta ocasión, la cita tendrá lugar en la madrugada del sábado 24 al domingo 25 de octubre de 2026. El proceso es sencillo: a las 3:00 de la madrugada el reloj debe atrasarse a las 2:00 (en el caso de Canarias, el ajuste se realiza de las 2:00 a las 1:00). Este retraso nos regala 60 minutos extra durante esa noche, traducidos habitualmente en una hora más de descanso. No obstante, la consecuencia directa desde el propio domingo será un adelanto tanto del amanecer como del atardecer, reduciendo de forma notable la claridad al final de la tarde.
Si bien contar con una hora más de sueño resulta atractivo a priori, romper de golpe con la rutina horaria suele descolocar nuestro reloj interno. La menor exposición a la luz solar en las tardes y la alteración de los ritmos circadianos pueden desencadenar diversas reacciones fisiológicas y emocionales:
— Variaciones en el estado de ánimo: La brusca caída de luz diurna repercute en la secreción de melatonina, la hormona que regula el descanso. Esto puede desencadenar episodios de desánimo o desgano en personas propensas al denominado Trastorno Afectivo Estacional (TAE).
— Cansancio y pesadez: Los horarios de las comidas y el sueño necesitan cierto margen para reajustarse, por lo que es habitual sentir cierta apatía o somnolencia durante las primeras jornadas.
— Falta de foco e irritabilidad: La adaptación del organismo a los nuevos patrones de luz puede derivar en altibajos emocionales y dificultades puntuales para mantener la concentración en el trabajo o los estudios.
Ajustar el reloj no es una costumbre global ni mucho menos; de hecho, más del 60 % del planeta prescinde de esta medida.
— Europa: La Unión Europea aplica este mecanismo de forma coordinada bajo directivas comunes. Islandia, por ejemplo, al no pertenecer al bloque, mantiene su horario fijo todo el año.
— Norteamérica: Tanto Estados Unidos como Canadá adoptan el horario de verano e invierno, aunque con un calendario propio que difiere en semanas respecto al europeo. Aun así, regiones como Hawái y Arizona en territorio estadounidense, o Saskatchewan en Canadá, han optado por no alterar sus relojes.
— Hemisferio Sur y Oceanía: En Australia (en estados como Nueva Gales del Sur o Victoria) y Nueva Zelanda también se realiza la transición, pero al revés: al encontrarse en el hemisferio sur, adaptan sus horas en función de sus propias estaciones.
— Resto del planeta: La inmensa mayoría de los territorios en Asia, África y América Latina no cambian de hora. Ejemplos como Japón, China o India jamás modifican sus relojes, mientras que países como México (salvo su franja fronteriza norte) o Brasil han abolido recientemente esta costumbre.