José Calabrús Lara: “El Derecho es la única solución para vivir en paz como sociedad”

Hoy recibe el Premio a la Trayectoria Profesional un jiennense de Torredonjimeno con más de cincuenta años de experiencia en un oficio que heredó de su padre y que ejerció de forma “artesanal” dentro y fuera de su despacho

15 ene 2026 / 18:31 H.
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LA ENTREVISTA

Tiene la capacidad de emocionarse cada vez que habla de la defensa que ejerce, desde que tiene uso de razón, de una profesión fundamental en un Estado de Derecho. Heredero de un oficio necesario para que la sociedad pueda vivir en paz, tiene la suerte de haber tocado todos los palos en un intenso y largo recorrido con un despacho “artesanal” como base de operaciones de un trabajo que hoy será reconocido. José Calabrús Lara (Torredonjimeno, 1949) recibe esta tarde en Granada el Premio a la Trayectoria Profesional en el marco de los II Premios de Justicia de Andalucía. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

—¿Por qué es usted abogado?

—Antes tenía una respuesta y ahora, otra. Mi padre murió cuando yo contaba con 10 años, pero conservaba una colección de libros de Aranzadi, “Repertorio de Legislación y Jurisprudencia”, en la que yo veía que él resolvía todas las dudas. Lo idealicé, por ausencia, y me decanté por seguir sus pasos. Esa es la razón por la que me hice abogado. Si me pregunta ahora, 54 años después de empezar a ejercer y 60 de mi bautismo en primero de Derecho, estoy convencido de que ni en Aranzadi hay solución a todos los problemas, pero si he podido resolver conflictos humanos, con vocación y conocimiento, me doy por bien pagado. La única solución que tiene la sociedad para vivir en paz es a través del Derecho bien aplicado.

—¿Cuál ha sido su mejor paga en su trayectoria profesional?

—Mi mejor paga ha sido el reconocimiento de muchos clientes y, después de ganarme la vida honradamente, el social.

—Dijo usted, cuando le dieron la Medalla de Honor de San Raimundo de Peñafort, que agradecía a quienes le habían soportado trabajar de forma salvaje...

—No lo recordaba, pero si lo dije, quizás es que pensaba en mi mujer y mis dos hijos. Hoy en día no hubiera utilizado ese adjetivo, pero si el protocolo notarial de la hemeroteca lo revela, no lo pongo en duda. Mi padre tenía un despacho de pueblo, con pocos clientes, y yo llegué a Jaén en 1972... Tengo que reconocer que me ayudaron al principio Lidio y César Carazo y la verdad es que he trabajado mucho. A un funcionario lo nombran un cargo público y alguien lo sustituye, pero yo tenía mi despacho y luego me iba al Colegio de Abogados, después me encomendaron funciones en los órganos de la Abogacía, estuve siete años en el Consejo General, otros tantos en el de Andalucía, veintisiete en la Mutualidad... Todo eso son tareas añadidas al trabajo en un despacho artesanal como el mío, porque siempre estuve solo, salvo cuando tuve pasantes que, hoy en día, son magníficos abogados. Eso ya hoy no se estila, porque el propio ordenamiento jurídico exige la especialización, pero se pierde, en parte, la relación personal.

—¿Cuál es la “Doctrina Calabrús” de la que llegó a hablar Pío Aguirre?

—Es una teoría de Derecho Administrativo. En nuestras leyes, todavía, el denunciante que sufre un problema, en este caso era una denuncia contra un abogado que se había comportado mal, tiene la facultad de denunciar, de declarar y, después de la resolución, de recurrir, y ahí se acaba. La revisión jurisdiccional, fuera de los órganos administrativos, vale para cualquier institución, pero no tiene acción para un ciudadano. Aquello me parecía una barbaridad y mis compañeros llamaron a mis reivindicaciones Doctrina Calabrús, pero el verdadero autor de la frase fue José María Davó, decano de Málaga que nació en la Plaza de San Ildefonso. Pío Aguirre lo dijo porque por aquella época empezaban a funcionar los juzgados de lo contencioso y aludiría a ella como diciendo que si aplicamos la Doctrina Calabrús, entonces apaga y vámonos.

—¿Cuál es la razón de ser de un Colegio de Abogados?

—La formación especializada, el control deontológico y la razón principal por la que nunca desaparecerán los Colegios de Abogados en el mundo civilizado y en la Vieja Europa: la defensa de la profesión. Cuando un letrado llega a pedir justicia, representa a un pobre ciudadano que no tiene más garantías que tener un abogado y, en este sentido, este profesional necesita libertad para defender a su cliente sin presiones ni condiciones. Está de actualidad lo que ocurre con el fiscal general del Estado. El Colegio de Abogados de Madrid dijo que no se puede coger el correo electrónico de un cliente y pasárselo al fiscal, quien, en cumplimiento de un deber de obligación de un superior general, se lo ha dicho al otro... Eso no se puede hacer. Si mañana un tribunal le quita la razón al núcleo de esta sentencia, es decir, si dice que un fiscal que recibe un correo electrónico o una confidencia, que eso se puede hacer público, ahí no hay Estado de Derecho. De ahí la importancia de esa última función, también el control deontológico, que lo puede hacer un juez o unas juntas paritarias, y la formación, que está ligada ahora a la Universidad.

“Una máxima en mi vida ha sido no hacer el papel de la mujer de Lot que, junto a Poncio Pilatos, son los dos personajes más desgraciados de la Biblia. Cuando cierro una puerta, no miro atrás”

—¿Cómo lo ve desde el chalé de Carmelo Torres?

—Es mi chalé y mi colegio (ríe). ¿Cómo ve usted a sus hijos? Cuando yo llegué, en diciembre de 1991, el presupuesto era de 19 millones de pesetas. Cuando cesé era de 130 millones. Al año siguiente cambiamos al euro y ahora parece que hablamos de calderilla. Sin embargo, no sólo me refiero a eso, sino que tenía 400 abogados y ahora 2.000 o 4.000, porque ya no sé por dónde va el número.

—¿Le quedó algo en el tintero?

—Esto es como lo que pudo haber sido y no fue. Dediqué diez años de secretario y otros diez como decano y lo dejé en las mejores manos, las de Javier Carazo, un político ahora de los que se mojan, eso sí que es importante, porque aunque hay muchos políticos abogados, los abogados políticos son muy malos, porque no saben mentir, porque si saben mentir es que no son buenos abogados. Una máxima en mi vida ha sido no hacer el papel de la mujer de Lot que, junto a Poncio Pilatos, son los dos personajes más desgraciados de la Biblia. Cuando cierro una puerta, no miro para atrás.

—¿Recibió alguna vez una oferta para ser político?

—Sí, pero yo no soy partido, soy entero. Cada vez que puedo, en mis columnas, digo no a la guerra, y ni he sido ni soy comunista. Yo defiendo a capa y espada la vida humana desde la concepción hasta su fin natural. Tampoco he sido nunca de Vox... Me resulta muy difícil. Siempre decía que una criatura de ciento veinte quilos no cabe en ningún sitio, ahora peso noventa y seis y sigo sin caber. La política me interesa, me crispa cuando se hacen barbaridades, las haga quien las haga; me crispa ver algunos informativos; me crispa cuando se hacen las cosas mal y no se arreglan; me crispa cuando veo que para resolver los problemas de Jaén, en vez de acercarse a la solución, corren de ella; me crispa el conformismo de Jaén con el tren, porque la noticia está cuando llegue puntual, ya que lo normal es quedarse en Almuradiel... Hay mártires que van con frecuencia en el chucuchú y los admiro, porque no funcionan ni los enchufes de los asientos, pero tenemos lo que queremos, porque eso era para que se hubieran puesto de acuerdo todos los partidos y decir que Jaén merece otra cosa, ni más ni menos.

—¿Qué significó para usted su paso por la Mutualidad?

—El compromiso con la previsión de los compañeros y los infortunios. Es delicada esta pregunta y será examinada mi respuesta. La Mutualidad fue una gran idea y hoy es una entidad aseguradora solvente y seria. Antes funcionaba como la Seguridad Social y tenía fondos semipúblicos para ello a través de los recursos impersonales, los abogados pagábamos una cuota baja pero, cuando se iniciaba un pleito, el letrado cedía de sus honorarios una parte y con eso, por ejemplo, pagué el cincuenta por ciento del Colegio de Abogados de Jaén. Cuando esa fuente se agotó tuvimos que convertir una entidad hipersolidaria en una institución solvente y garantizar las pensiones, de tal forma que cada uno tiene lo que ha puesto. En 1985, la jubilación era de 100.000 pesetas y, ahora, entre 600 y 800 euros, que son pensiones de hambre. Comprendo a mis compañeros que, como la cigarra de la fábula, en lugar de ser hormiguitas, han vivido para sus clientes y malcobrando, porque en la Abogacía yo he llegado a hablar de proletariado, por la carga simbólica de un concepto que ya está pasado de moda. He sido veintisiete años responsable, precisamente, de la obra social. Ahora, como la gran mutualidad es la sexta entidad en previsión de vida del mundo asegurador, tiene que competir con los seguros de todos los bancos y con las exigencias de solvencia actuales, por lo que no puede pagar lo que la gente quiere. Confieso, y me acuso, de que debimos ser más exigentes en la gestión de la mutualidad, sobre todo a partir del año 2002, pero no se puede coger de la oreja a nadie. Conseguimos que las cuotas de las mutualidades fueran el ochenta por ciento, al menos, de la aportación de un autónomo, lo que nos trajo la enemistad de todos los abogados tiesos, entre comillas. Voy a recordar una frase de Antonio Pedrol, ojalá hubiera muchos Pedroles ahora: “La Mutualidad ha salvado muchos goles en la línea de meta de los abogados”. No me ha gustado hablar de esto...

—Se ha convertido, con su respuesta, en la mujer de Lot...

—Sí, por primera vez he mirado para atrás. La verdad es que no me arrepiento de nada de lo que he hecho por y en la Mutualidad. He estado veinte años yendo a Madrid todos los jueves, como los toreros, por los gastos.

—¿Cómo le gusta que le recuerden en la Universidad?

—Me gusta que me recuerden por la calle mis alumnos, cuando me paran y me dicen que era un profesor muy humano, que les enseñé el Derecho en pequeñito... La Universidad no ha sido una buena madre conmigo.

—¿Por qué?

—Porque me llamaron para resolver un problema. En una habitación pequeña, con cuatro mesas, nos sentamos los profesores de Historia, de Romano, de Política y de Derecho Natural. El gerente del Colegio Universitario nos regaló a cada uno un taco de quinientos folios, una caja de bolígrafos y un aparato de poner grapas y luego dijeron que podíamos comprar libros hasta tanto. Había que investigar en Granada, cuando no existía internet, lo que quiere decir que los medios eran distintos a los de ahora. Cuando nació la Universidad de Jaén como tal, empezó a formar su propia estructura y nació lo que yo llamé en una columna como “el doble Guadalajerismo,” un concepto que inventó el Conde de Romanones, porque los políticos que no se podían colocar ya en Madrid los colocaban en Guadalajara y luego no iban y ya está. En este caso, los que no cabían en Granada, los mandaban aquí, de tal forma que los primeros catedráticos eran como meteoritos.

—¿Por qué fue mala madre?

—Porque el 20 de agosto me dijeron que el mes siguiente no me renovaban el contrato. Yo era profesor asociado doctor y tenía de sueldo 33.000 pesetas, con sus retenciones y transparencia fiscal, que se sumaban a mi base como abogado y letrado de plantilla del Banco Exterior de España. Lo único que le debo a la Universidad es que me ha complementado las cotizaciones.

“Con jueces corruptos, que no conozco a ninguno, y abogados íntegros, puede funcionar la Justicia, pero sin abogados no hay buenos jueces, porque
a ellos les tenemos que suministrar la información”

—Abogado de largo recorrido, litigante, estudioso del Derecho... ¿Nunca se cansó de defender el papel de la Abogacía en un Estado de Derecho?

—No (se emociona), de eso no abdicaré jamás. Sin Abogacía, no hay Estado de Derecho. Con jueces corruptos, que no conozco a ninguno, y abogados íntegros, puede funcionar la Justicia, pero sin abogados no hay buenos jueces, porque a ellos les tenemos que suministrar la información, tienen que aplicar la presunción de inocencia y la demostración de lo contrario tiene que llegar de un letrado o de un fiscal, que no debe ser, no debe ser, no debe ser, repito tres veces, el abogado del Gobierno, sino el del Estado.

—¿Qué caso le ha marcado personalmente?

—Un asesinato de Alcalá la Real.

—¿Se siente mejor en la defensa o en la acusación?

—He acusado muy pocas veces. No me he dedicado al Penal, lo hice cuando entendía mi obligación de estar en el turno de oficio, pero fuera he hecho pocas cosas como para acusar.

—¿Qué le diría a los abogados jóvenes que están empezando?

—Que se formen, que pregunten, que no recurran a la Inteligencia Artificial, porque la natural de los compañeros es la que vale. San Google no es el patrón de los abogados, aunque peor es que lo fuera de los médicos... Que estudien y se esfuercen, no es necesario que memoricen y, sobre todo, que cuando les quite el sueño la defensa de un inocente que vea él que va mal, sabrá que es buen abogado; cuando le quite el sueño algo que haya hecho él, sabrá que es mal abogado; cuando duerma a pierna suelta será un gran abogado.

—¿Hay polarización en el oficio, de izquierdas o de derechas?

—Yo no la he percibido, aunque hay notorios militantes de todos los partidos, pero cuando se ponen la toga no hay política. En la Abogacía somos muy especiales. Yo no conocía a Marcos Gutiérrez Melgarejo en el otoño de 1992. Luchamos los dos por el Decanato de forma brava y utilizamos todos nuestros recursos, sin la ofensa ni el insulto, porque eso estaba esencial y radicalmente excluido. Cuando fui proclamado decano, el primer abrazo sincero que recibí fue el de él, que apretaba. Pienso que no hay polarización, pero tampoco pongo la mano en el fuego.

—Salta a la vista que es usted un inquieto seguidor de la actualidad y columnista de pocas concesiones. ¿Qué le motiva?

—Mis motivaciones han sido rotatorias. Entré a colaborar en Diario JAÉN en 1993 en aquellas tribunas que publicaba de temas de Abogacía. Un día me dijo Esteban Ramírez que escribiera sobre Jaén, pero no por imposición, sino como un deseo que él tenía, sin concesiones. Nunca me han rechazado una columna, nunca, en las cinco o seis mil que he publicado. Es que estoy dispuesto a pagar, incluso, por escribir de lo que me da la gana. Lo que ocurre es que la diferencia entre ser joven y viejo es que antes contaba por días y, ahora, por semanas o por meses. Estoy muy atareado, más que antes, y hay veces que me veo apretado, porque me gusta pulir y adaptarme a los mil doscientos caracteres.

—También hay quienes le consideran una voz de referencia en ese marco de pensamiento liberal. ¿Es una responsabilidad?

—Sí. Abogado de referencia no sé si soy, pero siempre digo que soy libre porque mi madre me parió así. El estado natural del hombre es libre y soltero. Luego llegan otras limitaciones, como el matrimonio, que es limitante y un sacramento para mí. Volviendo a lo serio, sí, soy consciente, y a veces quito cosas de mis columnas, porque me gusta pulir mis opiniones.

—¿Qué significan las raíces, Torredonjimeno y sus gentes?

—Me da usted la respuesta, son mis raíces, allí soy feliz con cualquier cosa, aquí también, pero es que la luz de Torredonjimeno es distinta, su amplio valle tiene un color especial hasta de noche. Somos puñeteros, me gustaría que mis paisanos y yo fuéramos de otra forma, pero somos así.

—Cuando usted cumplió 50 años, en un artículo, reivindicó un cambio de actitud de la sociedad jiennense. ¿Lo logró?

—No. La sociedad jiennense, se fuera de otra forma, nos iría de otra forma. Hay mucha gente comprometida, pero predicamos en el desierto. Es una pena. Jaén tiene que despertar, que ya lo dijo Miguel Hernández, porque Jaén levántate brava no es una frase de izquierdas, pero es que la provincia no se levanta ni con una bomba. Jaén se movilizó una vez con la PAC. Yo pienso, es una broma, que fue el obispo Santiago García Aracil quien movió a la gente, algo que he comparado ahora con la Magna. Lo de los trenes es de vergüenza, lo mismo que la autovía, la A-306, yo creo que han previsto en el protocolo que no hable mañana por eso mismo.

—¿Cómo se ve la provincia desde el cortijo El Fraile?

—La provincia se ve como es, de gente trabajadora, sencilla, buena, lo que Dios quiere que haya. Jaén es la gente que publicáis vosotros en las procesiones, en la sierra... Lo que hace Diario JAÉN es impagable, porque está sacando a esa buena gente.

—¿Qué supone el premio que recibirá esta tarde?

—Es la trayectoria profesional, por lo que tiene para mí el valor de una vida en bloque.

Jaén