Mi abuelo era ferroviario. Ingresó en los ferrocarriles durante la Segunda República y, en la inmediata posguerra, con la creación de la Renfe, lo destinaron a su pueblo de Daimiel, provincia de Ciudad Real. Era un forofo del Real Madrid, y desde finales de la década de 1940, viajaba gratis en tren hasta la capital para ver los partidos que jugaba el equipo merengue. Mi padre, que en esa época contaba con siete u ocho años de edad, lo acompañaba gracias al billete kilométrico que privilegiaba económicamente a los familiares de los trabajadores de la compañía. Pero sólo mi abuelo entraba en el estadio de Chamartín, pues a su humilde economía se sumaba lo agarrado que era. Mi padre, sin una perra gorda en el bolsillo, se dedicaba a callejear y a saciar su sed bebiendo en las piletas. Transcurridas dos horas, él iba al lugar previamente acordado y, si el Real Madrid había ganado, mi abuelo llegaba contento y lo convidaba a un bocadillo de jamón que comían a medias, de pie, apoyados en la barra de un bar. Fueron varios los años que mi padre acompañó al suyo a Madrid —sin un céntimo para gastar en sus caminatas—, y de ahí le vino un exacto conocimiento del callejero madrileño, la afición por el jamón serrano y el placer de recorrer la Mancha y buena parte de la geografía española en ferrocarril. Él, por cierto, me transmitió la afición por las películas de trenes y el amor por viajar sobre raíles. No he traicionado ninguno de estos quereres.
Finalizando la década de 1950, a mi abuelo lo destinaron como jefe de estación de tren en Jaén. Hasta aquí se trasladó la familia, y mi abuela, modista, montó un modesto taller. Mi padre, recién terminado el instituto con buenas notas, tenía vocación castrense y quería ingresar en la Academia General Militar. Sin embargo, al proceder de familia humilde y numerosa —eran cinco hermanos—, no podían costearle el curso preparatorio de acceso en una de las academias privadas de Zaragoza. Los únicos estudios a su alcance eran los existentes en Jaén: la Escuela de Magisterio y la de Peritos. Como había salido de Ciencias, se hizo perito eléctrico-industrial.
Mi abuelo, que se jubiló como jefe de estación en Jaén, tenía colgado en la sala de estar de su casa el título enmarcado de funcionario de la Renfe, equivalente para él a un título universitario, y sentía por la compañía un apego que desbordaba lo meramente profesional y se adentraba en lo sentimental. La Renfe era su vida, su pasión, sus desvelos, su orgullo, algo muy suyo. Era una concepción del trabajo semejante a la tradicional identificación emocional de los japoneses con la empresa a la que han dedicado su vida. Pues bien, mi padre recibió una transfusión de sentimientos amorosos hacia la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles que circuló por su sangre hasta su muerte.
Muchos de los viajes y momentos más especiales de mi vida han transcurrido en un tren: un expreso a Barcelona para residir allí durante una temporada tras ganar mi padre unas oposiciones; incontables viajes a Madrid por placer o por actos literarios; traslados hasta San Lorenzo del Escorial, el kilómetro cero de mi historia sentimental; viajes nocturnos a París en compartimentos con litera que me recordaban escenas de amor de Con la muerte en los talones; recorridos por Galicia desde Santiago de Compostela; salir por la tarde de Málaga y despertar en Bilbao para visitar el Guggenheim... Y cuando me montaba en trenes en otros países, me parecían viejunos e incómodos comparados con los nuestros. Es más, hace años, fui desde Londres hasta Oxford, y el tren en el que me subí en la estación de Waterloo se me antojó propio de las películas de Harry Potter.
De niño, me llamaba la atención esa especie de altar kitsch en el salpicadero de algunos coches consistente en las fotos de carné familiares enmarcadas con la leyenda: Papá, no corras. Yo prefería el anuncio en televisión de los años setenta Papá, ven en tren, que ejemplificaba la calidad, puntualidad y seguridad de nuestra red ferroviaria, principal representante internacional de la marca España.
En cuestiones ferroviarias, en Jaén, como en tantas otras, no hemos hecho sino empeorar como pago a nuestro espíritu poco conflictivo y muy trabajador. Me subí en varias ocasiones en el Platanito —aquel modelo experimental— hacia Madrid, y muchas veces en el Talgo (la vanguardia de la tecnología española); pero en las últimas décadas, y con independencia de si el Gobierno era zurdo o diestro, a nuestra ciudad entre olivares la han colocado en el furgón de cola del transporte. Nos han ido quitando los mejores trenes de los que disponíamos para sustituirlos por otros de inferior categoría, hemos perdido frecuencia de trayectos y recortado itinerarios hasta suspenderlos del todo. Hoy la Renfe ha trocado el viaje en tren por el autobús. Y respecto a la superferolítica estación intermodal proyectada de la que se apresuraron a publicar infografías hace año y pico, la propia Adif, en un informe elaborado el pasado verano, reconoce que es inviable por no disponer de terreno suficiente para albergar conjuntamente la estación de buses. Son incompetentes a tiempo completo y malgastadores a espuertas de un dinero público que, según la máxima acuñada por las lumbreras de su cuerda, no es de nadie. A Jaén le han aplicado una eutanasia ferroviaria y su tren fantasma es a ninguna parte.
El AVE inaugurado para los fastos del 92 por el gobierno de Felipe González supuso la envidia del Primer Mundo, el símbolo de la modernización de un país, la garantía de viajar a velocidades de ciencia ficción con total seguridad y un lujo al alcance de las clases medias. Los años de gobierno de Pedro Sánchez han convertido al AVE en un viaje acelerado al Tercer Mundo y en una ruleta rusa, como demuestran los pavorosos accidentes de Adamuz y Urda, consecuencia de la criminal falta de inversiones del Ministerio de Transportes en el mantenimiento de una red ferroviaria ayer modélica, y hoy, a la altura de la República Democrática del Congo en número de muertos.
El exceso de nostalgia deviene en una parálisis de la voluntad de progresar y de la capacidad de disfrutar del presente. No añoremos los tiempos y trenes pasados e intentemos labrarnos un futuro colectivo, porque eso sí está en nuestras manos. Ahora bien espero que, la próxima vez, el exministro de la Morgue Sostenible no haga gags televisivos con bailecitos que ofendan a las víctimas de los accidentes ferroviarios, sino que haga chistes sobre el perro Excálibur, la mona Chita o su madre.
Toca arremangarse. La violencia, el vandalismo y el acoso son propios de la gentuza. El trabajo, la convivencia y el ejercicio de los derechos democráticos son propios de la gente, del pueblo. Y los jiennenses sólo sabemos ser pueblo pacífico.