LA ENTREVISTA
Escaseaban las mujeres en los puestos más altos de la Judicatura cuando consiguió aprobar unas duras oposiciones. Despuntó en un mundo de hombres y, en silencio, llegó hasta el lugar del que se despide por cuestiones de ciclos vitales. Jueza, magistrada, presidenta y, ante todo, una buena persona, querida, respetada y admirada dentro y fuera de la Audiencia Provincial de Jaén... Esperanza Pérez Espino (Villacarrillo, 1954) renuncia a sus vacaciones para gozar de una merecida jubilación a partir del 27 de julio. Quienes la quieren compartirán un almuerzo, mañana, como homenaje de justicia.
—¿Por qué es usted magistrada?
—Por pura vocación, porque desde pequeña siempre quería ser juez. Cuando estaba en el instituto, los profesores que impartían el curso de orientación universitaria, COU, me indicaron que podía hacer perfectamente Derecho porque me veían dispuesta para la profesión y, desde entonces, siempre he tenido el deseo de ser magistrada. Aprobé la oposición en 1983, empecé a ejercer en Baeza y guardo un cariño especial de mi primer destino.
—El terreno en su hogar era propicio para ello, ¿no?
—Sí. Mi padre fue funcionario de Justicia y sentía pasión por lo que me contaba de los juicios.
—Cuando llegó usted a la Audiencia Provincial dijo, en una entrevista, que había rapidez y eficacia judicial. ¿Cómo está en este momento?
—En las secciones penales, que es en la jurisdicción en la que yo me muevo, tenemos rapidez en las resoluciones, vamos señalando para cuatro meses los procedimientos y, en juicios, vamos por el mes de octubre, por lo que se puede decir que hay agilidad.
—¿En qué ha cambiado la Administración de Justicia desde que usted llegó a ella, hace más de cuatro décadas?
—Ha cambiado en materia de informática, cosa que no se exige en las oposiciones y, además, tampoco he procurado yo estar al día. Mis resoluciones las hago de puño y letra y los funcionarios me las pasan. Sé que es un trabajo añadido para ellos, pero no he cambiado en esa idea. Ahora cuando me vaya, quizás respiren en ese aspecto, pero mi idea es muy clarita.
—¿Considera que es el momento de colgar las botas?
—No, ni ahora ni nunca. Ha llegado la edad de la jubilación, porque así lo señala la ley, yo ya he prorrogado la estancia en mi profesión y ya no hay más, el límite está cumplido, pero por mí nunca las hubiera colgado.
—¿Siente la satisfacción del deber cumplido?
—Estoy satisfecha, porque me he entregado a esta profesión con mucha dedicación, he trabajado todo lo que he podido en mis horas de descanso y de sueño y me he acostumbrado a trabajar de noche para no restar tiempo a la familia y procurar estar más tranquila a la hora de tomar decisiones.
—¿Qué balance hace de su carrera judicial?
—El balance es siempre positivo, he conocido a muchos compañeros, funcionarios, abogados, procuradores... Tengo un camino de mucha satisfacción, no sólo por el conocimiento de las personas, que es lo más importante de esta profesión, sino porque me ha dado la oportunidad de poder resolver las cuestiones que han sometido a nuestro estudio a los ciudadanos. Mi idea siempre ha sido que la gente se vea con respuesta a los problemas por los que ha acudido a la Justicia.
—¿Qué le ha quedado por hacer? ¿Hay espinita clavada?
—No recuerdo que tenga espinitas clavadas, porque todo lo que tenía que hacer lo he hecho, en mayor o menor medida, dentro de lo que he podido, lo mejor que he sabido, por lo que si me he equivocado aprovecho para pedir perdón, porque habrá sido sin intención alguna. Creo que he cumplido con mi deber, me he entregado a mi trabajo en cuerpo y alma y estoy muy satisfecha.
—Llegó usted a la Justicia en un momento en el que predominaban los hombres. ¿Ha sufrido algún capítulo de desigualdad o discriminación?
—No, en absoluto, siempre mis compañeros me han tratado perfectamente, ni me han discriminado ni me han tratado especial por ser mujer.
—¿Ni los usuarios?
—No, tampoco.
—¿Cómo valora el papel de la mujer en su profesión?
—Muy positivamente, porque en las carreras judiciales y fiscales hay un número elevado de integración, de hecho, en las promociones el porcentaje supera la mitad, un signo de que la mujer tiene más voluntad, constancia y paciencia para el estudio. No le resto mérito a los hombres.
—Baeza, Bilbao, Alicante y Jaén. ¿Era su sueño regresar a la provincia, a casa?
—Sí, era mi sueño. De hecho, cuando estábamos en Alicante, donde nació mi hija, siempre decía que mi fin sería Jaén y los dos estábamos convencidos de que teníamos que volver a nuestra tierra. Allí he sido muy feliz, he tenido grandes compañeros y amigos, pero no era mi tierra, mis padres estaban en Villacarrillo y tenía el inmenso deseo de estar cerca de mi familia, disfrutar de nuestras cosas y de nuestras gentes.
—¿Cómo se ve la provincia desde el lado más crudo?
—Últimamente sí aprecio un tipo delictivo muy puntual, porque vemos muchas agresiones sexuales y delitos contra la salud pública. No sé las razones, la verdad. La provincia, eso sí, es tranquila. De hecho, los índices que señalan los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado son muy óptimos gracias a los profesionales que, día a día, nos cuidan.
—¿Algún caso que le haya marcado especialmente?
—Son muchos y complejos, tienes que imponer penas, a veces, de duración larga, por lo que te preocupa la familia, los hijos que pueda tener esa persona... No podría decir uno concreto, pero sí recuerdo que una señora que no veía resuelto su problema, en Alicante, habló conmigo, me contó que llevaba mucho tiempo para conseguir un desahucio de alguien que estaba disfrutando de su vivienda sin pagar la renta y por fin pudimos conseguir que esa persona demandada fuera citada, se celebró el juicio y ella pudo recuperar su casa. La mujer, al tiempo, me mandó una dedicatoria que decía: “Encontré justicia y verdad”. Nunca lo olvidaré, siempre lo llevaré en mi corazón, porque considero que a muchas más personas habré podido ayudarles en la vida.
—¿Cómo se gestiona emocionalmente el preso de tomar decisiones que pueden cambiar la vida de las personas?
—A veces cuesta mucho trabajo y preocupación. Lo que pasa es que, una vez que estudias el caso y analizas la pena que pueda corresponderle, tienes que pensar que te espera otro y hay que pasar página con la convicción de que la resolución fue la correcta. Aquí vemos homicidios, asesinatos en tribunales de jurados, en juicios orales de salas vemos agresiones sexuales, salud pública, falsedades, estafas... Las penas son muy duras, pero son las que marcan la ley. Puedo pensar que las personas pueden tener otra oportunidad para no tener que sufrir esas condenas, pero hay que acotarse a la legislación.
—¿Duerme a pierna suelta?
—No me siento nunca cansada o con la idea de haber desarrollado algo penoso, disfruto trabajando aunque no se entienda, de tal forma que llega un momento que pienso que tengo que dormir para descansar, por lo que me acuesto y me duermo en un segundo. Si eso es dormir a pierna suelta...
—¿Hay justicia para todos?
—Yo la aplico igual para todos, hay que dejar subjetividades y olvidarse de las personas, porque somos todos iguales ante la ley.
—¿Qué necesita el sistema para que el ciudadano deje de percibir lentitud en la Justicia?
—Más jueces y más medios materiales. Ahora, con la implantación de los tribunales de Instancia, estamos revisando el sistema y hay convocadas setecientas plazas para jueces y fiscales, por lo que es necesario que la ratio se amplíe y se consiga más rapidez, porque cuando la justicia es lenta deja de ser justicia.
—Se perderá la reconversión.
—Sí. Ya no existe el nombre de juzgados, sino que ahora es sección civil y de instrucción del Tribunal de Instancia de determinada ciudad, son plazas... Se han modificado muchas más cosas, como la manera de distribuir los asuntos, los funcionarios y son cuestiones que yo ya, como me voy, no tengo que examinar mucho. Que empuje la gente joven para que funcione todo esto bien.
—Se jubila también sin ver la Ciudad de la Justicia...
—Me gusta el Palacio de Justicia y mi despacho, pero entiendo que se llegará a hacer algún día, porque están las promesas, los proyectos y Jaén necesita tener todas las sedes judiciales unidas, no por nosotros, sino por todos los profesionales y por los ciudadanos.
—¿Cómo es la relación entre jueces y ciudadanía?
—Muy cercana, tratamos bien a la gente en los juicios, hacemos que se sientan cómodos y, cuando lloran, los calmamos. Yo trato muy bien a la gente y la gente me trata muy bien a mí.
—¿Hay independencia judicial?
—Sí. Tenga en cuenta que el principio fundamental de la Constitución Española es administrar justicia en nombre del Rey de manera responsable e independiente y sometida al imperio de la ley, tal y como está recogido en el artículo 117. Bajo ese principio tenemos que responder, porque juramos hacerlo cuando tomamos posesión de nuestros destinos.
—¿Se puede hacer carrera judicial en la provincia?
—Llegué a Jaén ya como magistrada, por lo que llevo desde 1990 en tribunal colegiado y deliberando con compañeros, de tal forma que me he acostumbrado a contarles todo lo que estudio. El límite está en la Audiencia Provincial, ya no hay más.
—¿Qué ventajas ofrece Jaén?
—La calidad de vida. Yo me he podido marchar al Tribunal Superior de Justicia, pero he optado por quedarme en mi casa, en Jaén.
—¿Quién es su referente?
—Mi madre, Ana Espino, y mi padre, Ángel Pérez, que fue una persona dedicada profundamente a facilitar la vida desde su profesión. Siempre me he fijado en ellos, en sus valores.
—¿Le han señalado alguna vez con el dedo por la calle?
—No, o al menos no me he dado cuenta. Alguna vez me han dicho “esta esa mi jueza”, pero en el buen sentido. Supongo que habrán pensado también lo malo, porque siempre hay dos partes y a las dos no las puedes contentar, a una le darás la razón y a la otra se la quitarás, siempre con la aplicación de la ley que es para mí lo esencial, equidad y humanidad.
—¿Algún error confesable?
—Seguro que sí habré tenido en mi trabajo, porque en la vida no. Dios me ha bendecido, me ha dado lo mejor que puede tener una persona, una vida estupenda, un marido, una hija... La felicidad completa no existe, pero siento que Dios me concede todo lo que le pido, me escucha.
—¿Su mejor momento?
—Aparte del día que me casé, que fui feliz, cuando nació mi hija y cuando aprobó las oposiciones, que fue maravilloso, porque sé que será una gran juez, ya que tiene unos sentimientos de responsabilidad muy grandes.
—¿Lo peor?
—Nada, he tenido mucha suerte.
—¿A qué se dedicará ahora?
—Tendré que aprender a vivirlo. Me encanta mi casa, me dedicará a leer, coser, pasear y dedicar más tiempo a mi familia.
—¿Un sueño?
—Que funcione mejor la justicia y podamos dar a las personas respuestas más rápidas. El respeto es lo más importante.