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sábado, 20 julio 2019
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URGENTE
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Salvo recuento de última hora, vistos los fallos de sistema y el necesario recuento con ábaco, el PSOE ganó las elecciones en la capital. El vuelco fue notable aunque en los mentideros políticos —que pueden ir de la taberna del Panaceite de la Diputación a la pachanga de los sábados— se vislumbraba que era el ahora o nunca para Julio Millán. Si vale el símil taurino era el momento de triunfar, salir por la puerta grande o, irremediablemente, enfilar la puerta de enfermería. Arriesgó con la cuadrilla y no descartó plaza, aunque fuera portátil, para lucir traje de luces. Está contado que el alcalde en funciones, Javier Márquez, sin embargo, apostó por una “no campaña” y el toreo de salón. Si hay humo es que han fumado o si se prefiere, más elaborado, habrá que acordarse de Sherlock Holmes que utilizaba el método: “Una vez que eliminas lo imposible, lo que te queda, por muy improbable que sea, solo puede ser la verdad”. A la desigual campaña, se le une un desgaste político del PP en Jaén que pasó factura y, ahora, llegan los vencimientos de pago. En la noche electoral cada familia del PP tiró para un lado y no, precisamente, por divergencias en dónde se tapea mejor. Si la alegría por el “descalabro” tuvo que ser comedida “en los otros”, sobre todo con el último concejal que cayó del lado de Vox, tampoco es difícil imaginar que aún queda fuego de mortero por estallar en un PP que en esta travesía sufre con una falta de liderazgo evidente.

Y aquí entra, por segunda vez, en escena Ciudadanos. El precedente en la pasada legislatura fue tremebundo, de ahí que sea meritorio que la marca se sobrepusiera, con fichaje vecinal de María Cantos mediante, para conseguir cuatro ediles. Pero Ciudadanos ya no volverá a pasar por el mismo río, ni la formación ni el agua de la política jiennense son las mismas. Siendo el pensamiento de Heráclito cojonudo, mucho más a tener en cuenta aquí es la opinión del respetable que está en la orilla, los vecinos de Jaén, no de Madrid ni de Sevilla. Con el quilombo reciente de los no adscritos y el apoyo expreso de uno de ellos a la acción de Gobierno popular, ¿se plantea ahora la formación naranja un pacto con el PP y un Vox liderado por la exciudadana Salud Anguita? ¿quedará hipotecado el futuro del partido en la capital para los restos? De momento, silencio.

No esperemos grandes momentos de lecciones éticas cuando somos capaces como sociedad de ser transversales en el reparto de miseria moral, para que no nos falte a cada uno nuestra ración. Todo limpio, aunque no indoloro, a través de una siempre profiláctica cadena de Whatsapp para llevar al suicidio a una mujer por un vídeo sexual. El “Odio nacional” —uno de los capítulos de la serie Black Mirror, un catálogo de los desmanes que nos permite la tecnología— se queda corto en como banalizamos al que está detrás de la pantalla y aunque al protagonista se le vaya la mano bien podríamos dar por bueno su manifiesto digital: “Forzar a las personas a enfrentarse a las consecuencias de sus actos y opiniones sin esconderse del anonimato que proporcionan las redes sociales”. Esto, de un lado, y, de otro, los retos virales que logran democratizar una vieja figura que creíamos sepultada por la modernidad, la del tonto del pueblo. La creíamos en franca decadencia y, sin embargo, hay hordas de criaturas de Dios, sin importar la edad, dispuestas a pelear a brazo tendido porque le asignen el cargo. Esperando, a que como en el cuento de Cela, muera el titular para poder optar a la plaza. Aquel pueblo era pequeño y no daba más de sí que para un tonto, pero en pueblos grandes y ciudades se multiplican las posibilidades de obtener la plaza. La última gran hazaña entre la chavalería es asfixiarse hasta perder el conocimiento para poder subir con prontitud la gesta a la red social de turno. De tal palo tal “instagramer”. Cuando muera el tonto titular, Perejilondo, todos queremos ser Blas.

redes. el disputado
cargo de tonto del pueblo